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Breaking Bad

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“Anda caliente el cartel
al respeto le faltaron

Hablan de un tal ‘Heisenberg’
que ahora controla el mercado

Nadie sabe nada de él
porque nunca lo han mirado

A la furia del cartel
nadie jamás ha escapado

Ese compa ya está muerto 
No más no le han avisado.”

Así suena el narcocorrido de los Cuates de Sinaloa en honor a Walter White, alias “Heisenberg”, el gringo que con su cristal (meth) azul químicamente perfecto ha ascendido súbitamente y con mano dura a capo de la droga de Nuevo México.

Pero volvamos unos cuantos meses atrás en el tiempo. Walter es un anodino profesor de química de un instituto cualquiera de Albuquerque. Casado y con un hijo con discapacidad motriz, vive en una urbanización corriente y tiene un coche gris. En casa es su mujer la que manda, se siente infravalorado por un trabajo que no explota su otrora brillante mente científica y, para colmo, su hijo tiene como héroe y figura paterna a su cuñado, agente de la DEA (Drug Enforcement Administration). Y también padece cáncer. Términal. Uno o dos años le dan.

Un día decide acompañar a su cuñado a una redada para añadir un poco de acción a su soporífero transcurrir por la vida. Y a partir de ahí se desencadena la historia. Un antiguo alumno suyo escapa de la redada y ambos cruzan miradas por un segundo. Es Jesse Pinkman, un bala perdida que sin embargo tenía algo de talento para su asignatura. El embrión de una idea está empezando a crecer en la mente de Walter. No tiene muy claro como lo hará, pero se convertirá en traficante de droga y ese chaval será su pareja de baile. Tiene un motivo racional: conseguir una suma importante de dinero que dejar a su familia una vez que haya muerto. Pero también un motivo pasional que por el momento desconoce: sueña con que su trabajo se valore de alguna manera, ser alguien importante, saber que su existencia no ha sido un simple paseo hasta el cementerio. En definitiva, ahora que sabe que va a morir, necesita vivir.

Esto es solo el primer capítulo de Breaking Bad, una serie que crece temporada tras temporada a ritmo exponencial para ser, respiren hondo, la mejor serie que se puede ver actualmente y una de las mejores de todos los tiempos. Muchas veces habrán oído esto de una serie, pero lean mi opinión (subjetiva por definición) cuando les digo que esta es.

Echémosle la culpa al duelo interpretativo que Bryan Cranston y Aaron Paul bordan a cada minuto. Echémosela al saber hacer de Vince Gilligan tras las cámaras que nos regala paisajes de documental y escenas que no tienen nada que envidiar al mejor cine. O si no maldigamos las escenas finales de cada, repito, cada capítulo, que terminan como una pequeña detonación en tu mente de la que es difícil recuperarse.

Altamente tóxica, sin contraindicaciones.

 

Publicado originalmente en Voluntas nº 7

 

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