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La Grande Bellezza: entre la carne y el hueso

La Grande Bellezza, por Francisco Bernal

Soy un envidioso. Aunque un envidioso tremendamente equitativo. Envidio por igual al famoso, al vagabundo, al pintor, al atleta, al físico, al cantaor, al asesino. Atrapado en mi cuerpo, miro con deseo la emoción ajena. Intento ocupar mi tiempo entrando en cualquier receptáculo de estímulos que no sea el mío, o investigando mi propio sistema en busca de zonas todavía no descubiertas. Mientras amplío la cartografía de mi espíritu, billones y billones de posibilidades van quedando atrás. Ya no seré esto, ya no seré aquello. Condenado a poder experimentar una mínima parcela de las sensaciones que este universo y esta mente pueden ofrecer, envidio las ajenas.

Mad Men: en buenas manos

Old-fashioned: whisky/bourbon, amargo de Angostura, agua, azúcar, naranja, cereza.

Erik Truffaz sopla una trompeta distorsionada. En el Ronnie Scott’s me siento como rústico en Dinerolandia. Club de Jazz en el Soho de Londres. Periódicamente tengo que mandar callar a la clase alta: algunos no dejan de hablar mientras le dan la espalda al concierto, absorbidos en sus smartphones. El Erik Truffaz Quartet está desplegando un sonido arrebatador, pero ciertos individuos asiduos al club parece que perdieron la capacidad de valorar hace tiempo («la verdad salió perdiendo porque el dinero ganó», en palabras de Morente). Se me viene a la cabeza Shame (Steve McQueen, 2011) mientras disfruto de un old-fashioned: whisky/bourbon, amargo de Angostura, agua, azúcar, naranja, cereza. Me ha costado 9£, pero la ocasión lo merece aunque tenga que pasarme el resto de mi estancia en la ciudad a base de cous-cous de sobre y agua del grifo. Soy un neófito en materia de cócteles, pero me lo he pedido porque es lo que bebe Don Draper.

Holy Motors: sin contenido no hay forma

El texto contiene spoilers de la película

Pese a que ya ha pasado un tiempo desde su estreno (o su no-estreno, según dónde vivas), Holy Motors (Leos Carax, 2012) sigue siendo una película que hay que celebrar, sobre la que hay que hablar, sobre la que hay que escribir, a la que tendremos que volver y de la que aún no conocemos su alcance. Es un festival, un colisionador de hadrones que hace estallar los haces creativos de Carax y Denis Lavant en billones de partículas sensoriales, emocionales e intelectuales a velocidades de vértigo: colores, sonidos, intensidades, tempos… capaz de ser, a la vez, sólida e incongruente, de atreverse a ser ridícula, de atreverse a ser pretenciosa, a ser tierna, a resultar incómoda; en general, a ser única. Pero, por encima de toda la constelación de interpretaciones que dibuja (aquellas que recorreremos en las cervezas con los amigos, en la furia del teclado contra la página, en la oscuridad de la noche, tumbados en la cama), Holy Motors vuelve a recordarnos que, sin contenido, no existe la forma. Y que una película, por retorcida, críptica o poco ortodoxa que sea, siempre encierra una historia.

El cine progresa mientras los espectadores duermen

Antes, cuando detenías el coche en el semáforo y mirabas a tu derecha, veías al conductor del coche contiguo hurgándose la nariz, con suerte sacándose un buen moco. Mira ahora, verás al mismo conductor sacándose el móvil para mandar un whatsapp, twittear o apurar la partida a los marcianitos. El paradigma ha cambiado, y lo tradicional parece haberse quedado obsoleto. Y miramos a todo eso que se ha quedado atrás con mirada de superioridad mientras asumimos sin esfuerzo todas las micromutaciones tecnológicosociales que se producen cada día. Hemos abandonado las pantallas de cine.

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