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El cine progresa mientras los espectadores duermen

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Antes, cuando detenías el coche en el semáforo y mirabas a tu derecha, veías al conductor del coche contiguo hurgándose la nariz, con suerte sacándose un buen moco. Mira ahora, verás al mismo conductor sacándose el móvil para mandar un whatsapp, twittear o apurar la partida a los marcianitos. El paradigma ha cambiado, y lo tradicional parece haberse quedado obsoleto. Y miramos a todo eso que se ha quedado atrás con mirada de superioridad mientras asumimos sin esfuerzo todas las micromutaciones tecnológicosociales que se producen cada día. Hemos abandonado las pantallas de cine.

Llevamos años diciendo que el público ya no está en el cine. Entonces, ¿por qué ese público que ahora está en otros soportes sigue usando como referente la cartelera? La relación entre lo más visto en cine y lo más descargado lo deja claro: es mentira que el espectador haya cambiado. Solo se ha reubicado. Ahora que tiene acceso a absolutamente todo, sigue tomando las mismas decisiones. Las mismas que tomaba cuando tenía que comprar el periódico para mirar las sesiones. Continúa jugando a los marcianitos.

Teniendo el mundo a golpe de pulgar, se sigue buscando en el cine una fuente de entretenimiento. ¿Por qué pausar la vida durante 90 minutos para entretenerse? Ahora que estamos inflados de redes sociales, de aplicaciones, de información… el entretenimiento es una necesidad de sobras cubierta. Pero aun así seguimos reuniéndonos para asistir a la película-evento, la cual haremos trending topic al salir de la proyección. ¿Será que solo buscamos una excusa para tener algo de que hablar?

Una sociedad así crea nuevas necesidades. Por eso, quizá deberíamos reivindicar el cine como paréntesis de un estilo de vida que se mide por la velocidad de los ceros y los unos. Quizá necesitemos, ahora más que nunca, un espacio de descubrimiento y de auto-descubrimiento; que nos imponga sus propios tiempos, que nos enseñe lo subjetivo de nuestras propias reglas, que nos preste un par de nuevos ojos para aplicarlos al mundo. El cine tiene todo lo necesario para suplir las necesidades espirituales del nuevo milenio. Esas necesidades de las que apenas somos conscientes, por la propia arrogancia adquirida.

Cosmopolis (David Cronenberg, 2012) es ese árbol que cae en medio de un bosque y que nadie escucha. La película proyectada ante una sala vacía. Puede que sea el ejemplo más sangrante hasta el momento de la arrogancia del neoespectador. Hay muchas películas que nadie ve, pero que la crítica especializada (o aquellos que sí la han visto) se encargan de arropar mínimamente. Lo justo para que a los  espectadores potenciales les pique el gusanillo. Esta vez, se le ha dado la espalda. Abucheos, malas críticas, puntuaciones bajísimas… a una de las películas más importantes de los últimos tiempos. Resultado de un mundo que ha perdido la paciencia y la humildad. La crítica especializada lo mide todo de acuerdo a sus referentes y se ha olvidado de que cada nueva película exige unos ojos nuevos. Ya no solo se usan las etiquetas para el cine comercial, sino que se compartimentaliza cada vez más lo diferente. Lo nuevo tiene que seguir unos cánones, para que sepamos que cuando algo se sale de esos cánones es malo. Ahora que la tecnología se encarga de igualar la guerra entre el dinero y el arte, que cualquiera puede lanzarse a la calle con una DSLR a hacer cine, aquellos que lo hacen siguen con los mismos códigos en mente, haciendo lo mismo de siempre pero con menos dinero. De todo hay excepciones, pero la realidad es que, más que ideas, se necesita gente que responda a esas ideas. Ese es el papel del espectador del presente, nuestro papel.

Pongámonos una peli. Una que despierte nuestra curiosidad, no es necesario guiarse por nada más. Prejuicios fuera, a ver qué es lo que nos ofrece. Guardémonos el ansia de juicio, ya criticaremos luego. Referentes fuera, pensemos que es una película única, que no rinde cuentas ante nada ni ante nadie. Nosotros somos pequeños, mucho más pequeños que lo que tenemos en pantalla, que pertenece al mundo del inconsciente, de los sueños, de las sensaciones, de todo aquello que no comprendemos. El cine es una forma infinita. El cine puede ser infinidad de cosas. El cine será lo que nosotros queramos que sea.

Es mentira que el cine está en baja forma, es mentira que está muerto. Es verdad que al menos cuatro de las películas más interesantes de 2011 no se estrenaron en salas españolas o tuvieron un estreno muy minoritario (Once Upon a Time in Anatolia, de Nuri Bilge Ceylan; L’Apollonide, de Bertrand Bonello; Alps, de Giorgos Lanthimos y The Turin Horse, de Béla Tarr). No confiemos en el filtro del tiempo. Estamos solos, capacitados para emprender la búsqueda. Yo solo tengo un puñado de interrogantes, es todo lo que tengo. Esta vez, es posible que el tiempo no vaya a hacernos el trabajo. Porque hay demasiadas cosas, demasiadas, como dice Benno Levin en Cosmopolis.

 

Publicado originalmente en Voluntas nº 13

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