Puntos de distribución
Pepe Colubi "Mientras follas sólo puedes follar, no escuchar música"
¿Qué pasa con PXXR GVNG?
Haria: Instinto de avanzar
Los bocazas
Fist Fuckin Man
Seguid gritando

Holy Motors: sin contenido no hay forma

Compartir en MenéameCompartir en TuentiCompartir en Buzz it!Compartir en FacebookCompartir en Twitter

El texto contiene spoilers de la película

Pese a que ya ha pasado un tiempo desde su estreno (o su no-estreno, según dónde vivas), Holy Motors (Leos Carax, 2012) sigue siendo una película que hay que celebrar, sobre la que hay que hablar, sobre la que hay que escribir, a la que tendremos que volver y de la que aún no conocemos su alcance. Es un festival, un colisionador de hadrones que hace estallar los haces creativos de Carax y Denis Lavant en billones de partículas sensoriales, emocionales e intelectuales a velocidades de vértigo: colores, sonidos, intensidades, tempos… capaz de ser, a la vez, sólida e incongruente, de atreverse a ser ridícula, de atreverse a ser pretenciosa, a ser tierna, a resultar incómoda; en general, a ser única. Pero, por encima de toda la constelación de interpretaciones que dibuja (aquellas que recorreremos en las cervezas con los amigos, en la furia del teclado contra la página, en la oscuridad de la noche, tumbados en la cama), Holy Motors vuelve a recordarnos que, sin contenido, no existe la forma. Y que una película, por retorcida, críptica o poco ortodoxa que sea, siempre encierra una historia.

Como espectador, uno se pregunta durante el visionado si todo ese despliegue de ritmos y micromundos es algo más que puro exhibicionismo, si hay algo más allá que la búsqueda de la pirueta. Si bien, en artes como la pintura o la música, nos sentimos cómodos ante el abstracto y la sucesión de sensaciones, al cine le exigimos un fondo, que nos cuente algo. Quizá porque nos exige centrar nuestros sentidos durante un tiempo que muchas veces pone a prueba nuestra atención y vejiga. Conectamos, en el mismo viaje, a una vieja vagabunda con la danza tecnológica del motion capture, para después sumergirnos en las profundidades de lo grotesco de la mano de ese gran personaje que es el Señor Mierda (M. Merde). Después, asistimos a una escena terrorífica entre un padre y una hija (terror que será mayor o menor según los ojos de quien mire) en la que se destruye la pirotecnia estilística para introducir la belleza desde el interior, donde los silencios comienzan a comerle terreno al ruido. Y, entonces:

Entre’act.

El entreacto desdobla la película. A partir de ese momento, en el que la montaña rusa sensorial alcanza su cénit (qué mejor manera que con un número musical), la forma empieza a dejar paso al fondo, la piel va desvelando la carne. Holy Motors se nos revela como la historia de Monsieur Oscar, personificación de la soledad: sin identidad, sin hogar, sin pasión.

En el siguiente evento, M. Oscar termina malherido, algo que no formaba parte del plan. Un fracaso que nos desvela al humano, a pecho descubierto, calvo, que justifica su trabajo ante su superior. Cada personaje que interpreta nos deja ver más y más a la persona, hasta que llegamos a la escena clave, donde el telón cae a través del personaje interpretado por Kylie Minogue. Es ella la que termina de colocar las cartas sobre la mesa. Un momento sencillo y triste, una canción que atenúa las luces del resto del relato para centrar el foco en el acto de sinceridad. Una coreografía perfecta entre la cámara y dos personajes desnudos: de esto va la película. Entonces, ¿por qué hemos pasado por todo lo anterior? Porque exactamente de eso trata la forma, de entrar en el espectador, de derribar sus barreras conscientes para resonar en su subconsciente. Es un multiplicador de significado, el resplandor de la verdad: la belleza. El arte se define por elevar el total más allá de la suma de sus partes. Ya se desvelaba el personaje de Monsieur Oscar en momentos que corren el riesgo de pasar desapercibidos. Dejando de lado miradas y gestos, el primero es aquel en el que expresa su añoranza por el bosque, y justo antes del entreacto vemos cómo arroja su peluca con furia, después de hacer de padre. Se expresa de nuevo negándose a cenar y bebiendo whisky; incluso asistimos a uno de sus sueños.

Con el caos ordenado ya en entropía, vemos a nuestro protagonista compartir unas risas con Céline, su chófer, su amiga, su única amiga. Probablemente, el único momento saludable que atraviesa Monsieur Oscar en toda la película y antes de llegar a su último evento. Baja de la limusina por última vez en el día, besa tiernamente a Céline, mira con abatimiento la casa donde pasará la noche. De nuevo el ritmo de la película centra la atención en todo lo que le pasa a ese hombre por dentro, de nuevo la música ejerce un importante papel narrativo. Duda antes de entrar en la casa, tose. Una tos que invalida la interpretación de un nuevo personaje, que descubre a la persona, una identidad que trata de escapar de un cuerpo por la vía fisiológica. La tos es Monsieur Oscar. Después: una imagen capaz de recorrer la distancia entre lo ridículo y lo demoledoramente triste en un pequeño cambio químico en el cerebro del espectador. Una familia de chimpancés que ilustran de manera retorcidamente brillante la soledad. La película es un cajón de arena para el espectador con ganas de jugar, con una infinidad de elementos que dan para debate fílmico y filosófico, pero la grandeza es que todos ellos juegan a favor de la emoción. La soledad de Monsieur Oscar, sin hogar, sin identidad, sin pasión.

 

Publicado originalmente en Voluntas nº15

{jcomments on}

Encuentranos en Facebook
Follow Us