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La Grande Bellezza: entre la carne y el hueso

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La Grande Bellezza, por Francisco Bernal

Soy un envidioso. Aunque un envidioso tremendamente equitativo. Envidio por igual al famoso, al vagabundo, al pintor, al atleta, al físico, al cantaor, al asesino. Atrapado en mi cuerpo, miro con deseo la emoción ajena. Intento ocupar mi tiempo entrando en cualquier receptáculo de estímulos que no sea el mío, o investigando mi propio sistema en busca de zonas todavía no descubiertas. Mientras amplío la cartografía de mi espíritu, billones y billones de posibilidades van quedando atrás. Ya no seré esto, ya no seré aquello. Condenado a poder experimentar una mínima parcela de las sensaciones que este universo y esta mente pueden ofrecer, envidio las ajenas.

El cine es uno de mis refugios predilectos, aportándome ventanas a las que asomarme. No hay nada más cercano a una verdadera exploración de otra vida, sin la necesidad de implicarse en el compromiso del plano físico como ocurre en las relaciones interpersonales. Con la propuesta de un universo y unos personajes construidos desde cero, al espectador se le permite tomar distancia y, a la vez, servirse de la distancia ganada para profundizar en la exploración todo cuanto quiera sin arder, parapetado en la ficción. Pero hay películas que ofrecen algo más que una ventana hacia fuera, construyen también un apartamento hacia dentro. Películas en las que el espectador puede encontrar residencia, pasearse entre los muros de su propia vida, de todas las vidas ajenas en todos los mundos posibles.

Dentro de La Grande Bellezza (Paolo Sorrentino, 2013) se puede vivir. Sorrentino genera un espacio habitable gracias a su manejo del tiempo y del movimiento, librándose de la prisa y de la causalidad. Liberando a sus personajes de la tautología del objetivo y las motivaciones, estos se vuelven seres invertebrados que navegan la vida del protagonista. Se vuelven figuras con autonomía. Gep Gambardella, el protagonista, nos conecta con el universo que habita al tiempo que funciona como caja de resonancia de esas figuras que lo rodean, de sus risas, sus tristezas, sus gestos y sus miradas. Suspendidas en una estructura abierta, las situaciones no adquieren nunca un peso definitivo, se dilatan gozando de su gracia y ofrecen observatorios desde los cuales alzarse a contemplar lo acontecido y lo que vendrá. Cada elemento formal es una unidad significante donde parece contenerse el total del conjunto: cada arruga del rostro de Toni Servillo, cada pista de la banda sonora, cada pirueta visual, cada una de las extravagancias… como si al adentrarnos en el átomo nos topáramos con el universo.

Sobreviene, entonces, una continua sensación de «presente». Ese momento en el tiempo en el que cabría situar una mirada a las estrellas, al fondo de un vaso, a la noche, a la chica, a la madre, a la muerte. Va a ocurrir y, sin embargo, está ocurriendo ahora. Y, sin embargo, ya ha ocurrido. Entre la solicitud del impulso al cerebro y la contracción resultante, entre la carne y el hueso. Ese lugar privado en el que reside la melancolía.

Sorrentino, jugador del exceso, inventivo hasta la extenuación, supera definitivamente el riesgo de la frivolidad y alcanza trascendencia. La que venía rozando a lo largo de su carrera sin llegar a materializarse, quedando siempre el contenido algo supeditado a la forma. Esta vez, con Gambardella a bordo de su juego, Sorrentino parece encontrar la finalidad de una gramática que lleva articulando durante años, sin sacrificar un ápice de su amor por el exceso. Funciona la transversalidad de su relato, funciona su poesía. ¿Encuentra verdad? Encuentra sentimiento, entonces encuentra verdad.

Todo esto lo descubro, creo, en un momento determinado del film. Gep Gambardella, monologando sobre sus años de juventud y su llegada a Roma, pasea por la ribera del Tíber. Arropado por la pieza musical coral The Lamb (de John Tavener), el movimiento de la cámara y la musicalidad del italiano, el personaje observa el río, observa la vida, observa a tres corredores que pasan. Un barco aparece por detrás de Gep y va ganando paulatinamente su atención. Un barco vacío con un solo hombre en cubierta. La cámara encapsula la relación entre ambos cuerpos. Dos cuerpos a distintas velocidades, un caminante y un motor, que se han cruzado y ahora se separan. Es un detalle minúsculo sepultado bajo una maraña de personajes marcianos y situaciones extrañas, un pequeño cartucho de sencillez que logra conmoverme profundamente. Tan difícil me es explicarlo como difícil me sería no expresarlo; hay algo ahí que resume toda la película y que resume la vida, quizás. Esa relación entre dos figuras transitorias, que se atraen por un momento y que jamás volverán a encontrarse.

Asomado a la ventana de Gep Gambardella, cómplice desde mi sofá, dejo que resuene en mí todo lo sugerido en la película. Añado La Grande Bellezza a esa constelación de películas a las que retornaré eternamente, por todo lo que me ha dicho y por todo lo que todavía no me ha dicho. La próxima vez que la vea seré otro, y me subiré a su observatorio para contemplar de nuevo pasado y futuro. Quizá la escena del barco pierda su sentido, quizás adquieran sentido otras escenas que ahora paso por alto. Pero sin duda la revisitaré como otro de mis múltiples pisos francos. Y hasta esa próxima visita, seguiré muriéndome de envidia por el barbero, por la madre soltera, por el músico callejero, por el fugitivo, por el chamán, por el astronauta, por el ciego…

 

 

Publicado originalmente en Voluntas nº19

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