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Mad Men: en buenas manos

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Old-fashioned: whisky/bourbon, amargo de Angostura, agua, azúcar, naranja, cereza.

Erik Truffaz sopla una trompeta distorsionada. En el Ronnie Scott’s me siento como rústico en Dinerolandia. Club de Jazz en el Soho de Londres. Periódicamente tengo que mandar callar a la clase alta: algunos no dejan de hablar mientras le dan la espalda al concierto, absorbidos en sus smartphones. El Erik Truffaz Quartet está desplegando un sonido arrebatador, pero ciertos individuos asiduos al club parece que perdieron la capacidad de valorar hace tiempo («la verdad salió perdiendo porque el dinero ganó», en palabras de Morente). Se me viene a la cabeza Shame (Steve McQueen, 2011) mientras disfruto de un old-fashioned: whisky/bourbon, amargo de Angostura, agua, azúcar, naranja, cereza. Me ha costado 9£, pero la ocasión lo merece aunque tenga que pasarme el resto de mi estancia en la ciudad a base de cous-cous de sobre y agua del grifo. Soy un neófito en materia de cócteles, pero me lo he pedido porque es lo que bebe Don Draper.

Don Draper es el personaje central de la serie Mad Men (Matthew Weiner, 2007– ). Mad Men es parte integral de este momento que experimento ahora. Los rojos lynchianos que bañan el club, la compañía, la música… el old-fashioned. Es la combinación que mantiene ocupados a mis sentidos. Variando cualquiera de sus elementos, la experiencia sería otra. Entonces, puedo decir que Mad Men ha influido en mi vida, y, por una cadena de causas y efectos que tienden a infinito, que Mad Men me ha cambiado la vida. Esto ocurre a finales de marzo, con la nueva temporada de la serie a la vuelta de la esquina. Estoy ansioso por volver a ese mundo, porque ha crecido en mí una sensación de pertenencia.

Y a todos nos pasa eso, en mayor o menor grado. Pasa con las series, con el cine, con la música, con los videojuegos… qué ganas tenemos de que empiece Juego de Tronos (David Benioff, D.B. Weiss; 2011–) para volver a casa. De la nueva película de Tarantino para volver a casa, del nuevo disco de Daft Punk para volver a casa. Del nuevo Halo o FIFA. No importa, queremos volver a encontrarnos con esas sensaciones entre las que nos encontramos tan a gusto, de revisitar lugares, personajes, sonidos… mientras nos topamos con lo nuevo, con lo inesperado. Nos sentimos en buenas manos, vulnerables; pueden hacer con nosotros lo que quieran porque confiamos. Mantenemos una relación con la obra, en la que damos y recibimos. En el caso de las series, hacemos del día del estreno un ritual. Cada uno elegirá una compañía distinta y un momento del día, buscará en el visionado temas de discusión y especulación, quizá después se pase horas en Internet contrastando sus conclusiones con otros, buscando amplificar la experiencia.

Volviendo a mi particular relación con Mad Men, confieso que no empezó nada bien. Las dos primeras temporadas las vi algo forzado, empujado por opiniones de personas a las que valoro que no podía ignorar. Y entonces, algún momento de algún capítulo que no recuerdo hizo click, y activó una reacción en cadena a través de la cual relacioné todo lo que había visto hasta ese momento en una red que, no solo tenía sentido, sino que ofrecía interpretaciones y posibilidades apasionantes. Hasta ese momento no me estaba dando cuenta de lo que era Mad Men, y la serie me obligó a cambiar mi punto de vista. Y que te demuestren que el equivocado eres tú es algo muy bonito, porque trae consigo una expansión de la conciencia. Más terreno por explorar.

De repente encuentro mi sitio en la serie, en sus ambigüedades veo las grietas por las cuales me puedo introducir como espectador, donde puedo jugar con las interpretaciones, fantasear sobre lo oculto, construir y deconstruir el puzle de cada personaje y de cada relación que se produce entre ellos. He encontrado un buen hogar.

Y es que no solo me siento en buenas manos con Mad Men (con Matthew Weiner y su equipo), sino que considero que Mad Men está en buenas manos conmigo. Hay mucha creatividad en juego a la hora de ser un buen espectador. Toda esa creatividad que manifestamos al hacer el desayuno o en conversaciones con los amigos, ese tipo de creatividad sin un fin aparente, es la que da color y recubre de gesto poético nuestras pequeñas interacciones con el mundo. Así que una serie como Mad Men funciona como plataforma para integrar nuestra manera de ver las cosas en una realidad diferente, otorgando nuevos valores a nuestras ideas que después podemos reintegrar en nuestra vida cotidiana. Y quizá sea ese el papel último de la ficción, a veces relegada a la categoría de pasatiempo. Volcar nuestra identidad en un libro o en una película puede llegar a ser una experiencia sanadora, y por eso hay que valorar a aquellos que manejan con delicadeza y buen gusto esa responsabilidad. Me bebo este cóctel old-fashioned con Don Draper como prescriptor. Alimento el momento, le saco jugo a mis emociones. Me siento en buenas manos, encantado de que, cada lunes por la tarde, hagan conmigo lo que quieran.

 

Publicado originalmente en Voluntas nº 16

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