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Lo mejor del 2013 que se fue (y no volverá)

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Lo mejor de 2013, por Nacho Escuín

Hemos cerrado un año que no ha sido especialmente bueno. Comencé el año con el deseo de que pasase lo antes posible, que los días se fueran como las lágrimas en la lluvia, pero las lágrimas estaban ahí y me esperaban cada día al salir del trabajo. Luego las cosas se fueron arreglando, ya lo sabemos, no hay mejor medicina que el tiempo (y las pastillas para dormir) y cuando parecía que todo se arreglaba llegaron cosas que son inevitables, pero ya por entonces la luz al final del túnel se había puesto ante mí y yo le había mirado a los ojos quedado prendado para siempre.

En un año sin novedades literarias de esas que le hacen a uno temblar, el 2013 no terminó del todo mal, a mi juicio, ya que publicaron nuevo poemario cuatro de mis autores favoritos, a saber: Roger Wolfe, Karmelo C. Iribarren, David González y Vicente Muñoz Álvarez. Del libro del «perro de Kent», Gran esperanza un tiempo (Renacimiento) ya me ocupé desde este espacio que me regalan los chicos de Voluntas (y en el que tan feliz y libre soy), pero es, sin duda, uno de los libros del año (junto a Desdecir (Amargord) de Enrique Cabezón, quizá el mejor poemario publicado en nuestro país en 2013 y a 31 poemas de David Mayor editado por Pre-textos).

 

"Las luces interiores", Karmelo C. Iribarren

Comencé a leer los libros de Karmelo C. Iribarren hace más de una década, cuando todo era distinto y al mismo tiempo igual y yo era más joven e inexperto y amaba los excesos. Lo leía por la noche, por la mañana y por las tardes en los bares. Leer a Iribarren en los bares y compartir sus poemas y sus libros con el poeta Raúl García se convirtió en una costumbre magnífica y nos gustaba jugar con aquello del «san Benito de poeta» o los poemas de mujeres vistas desde la barra. Fuimos a San Sebastián a conocerle y después lo trajimos a Zaragoza, a nuestro ciclo de la uni, y paseamos con él por la ciudad y nuestro buen amigo Pablo Casares, y después vinieron aquellas cenas increíbles en las terrazas de San Sebastián, donde la brisa de la Concha humedecía nuestros labios.

Las luces interiores representa el penúltimo capítulo, hasta la fecha, de Iribarren tras la publicación del revisado y ampliado Seguro que esta historia te suena (su poesía completa recogida por Renacimiento) y lo que uno encuentra dentro es la esencia de lo que ha sido la poesía del autor siempre. Está su verso corto y ágil, esa mirada dura del que observa todo desde fuera y se sabe, a veces, fuera también de todo lo que le rodea. Es un lugar al que volver cuando uno queda desdibujado por el día a día, la lluvia, la niebla y la identidad de una ciudad que absorbe y aniquila y te hace sentir raro y distinto algunas veces: «Te sientes raro, distinto. / Abres el paraguas. Sigues / andando hacia la playa. De repente, / te apetece estar solo, ver el mar».

 

"Animales perdidos", Vicente Muñoz Álvarez

A veces, a lo largo de este año, también me apetecía estar solo, dejar que las horas se amontonasen sobre mí y presionaran mi pecho contra el suelo. Es algo parecido a lo que me sucede ahora cuando leo algún poema en el que aparezco y en el que me dicen que no he significado nada, que soy una especie de lacra en la vida de alguien, etc. En esos días recordaba las palabras y los versos de otro poeta que ya ha transitado por el espacio de este autorretrato con monstruo (y espejo), Vicente Muñoz Álvarez, que entiende bien la vida y a los que habitan en ella con sus debilidades y sus virtudes, y solo quería escribir sobre eso: «frente al folio / en blanco / estarás solo // y con los restos / del naufragio / podrás hacer / lo que quieras».

Animales perdidos (Baile del Sol) es un poemario especialmente cercano para mí. Vicente Muñoz Álvarez siempre lo ha sido, pero además este poemario tiene ese algo que lo hace universal, esa experiencia por la que todos hemos pasado y nos lleva a sentirnos abrazados cuando alguien dice exactamente lo que pensamos y no puede decirlo mejor. En este libro conviven los poemas de carácter autobiográfico («No eran buenos tiempos // Me acababa de separar de mi mujer / y había tenido que dejar mi casa en el campo / y alquilar un apartamento / en el extrarradio de la gran ciudad. / Escribía fumaba bebía / y de vez en cuando lloraba / al contemplar asomado a la ventana / la desolación del paisaje») y aquellos que también lo son pero podrían denominarse como «metapoéticos», donde el autor describe las causas por las que escribe y qué supone la literatura en su vida, si es que esta no es la vida misma en gran medida («el aullido interminable / lo que duele por dentro / lo que nos bloquea / lo que nos angustia / lo que hay que expulsar / la náusea el horror / el tedio el miedo [...] el abandono la sinrazón / el estigma la herida / la penumbra el frío // el oficio / de la literatura).

 

"No hay tiempo para libros", David González

Tenía que haber vuelto antes. Se lo dije a S., le dije: «me ha gustado volver a Gijón y volver» y era exactamente así, como si al caminar de nuevo por las calles de esa ciudad en la que las olas trepaban por el muro tomando el espacio asignado para los humanos, me hubiera encontrado al fin a mí mismo, porque me había perdido, porque no sabía nada de mí en demasiado tiempo, había perdido de vista lo que es tener dudas, la paradoja, la pasión y el miedo, la nada, también. Me gustó caminar solo por esas calles y caminar, después, junto a David González por aquella plaza y las callejuelas que llevan a Paradiso, ese pequeño gran tesoro de librería. Allí compré uno de mis libros favoritos de David, aquel que lleva por título el verso de Miriam Reyes, Anda, hombre, levántate de ti, y él lo firmó para LV., que quiere saber cosas de mí y entenderme, y para ello debe leer la poesía de David, claro.

Compré también No hay tiempo para libros y fue estupendo encontrarme con un David semejante al del libro ya citado, o a aquel que me volvió loco, y cambió mi concepto sobre la poesía, en Ley de vida (DVD Ediciones). Y a pesar del exceso de citas (algo que David ya había hecho en la interesante antología El amor ya no es contemporáneo, editada por Baile del Sol), esta vez situadas al final de los poemas, los poemas son, como casi siempre lo han sido, intransferibles, es decir, con esa voz y ese formato (incrementado ahora por el uso de los dos puntos de forma particular) que tan reconocible es para sus seguidores y tan peculiar para aquellos que lleguen a un libro suyo por primera vez. Su poesía sigue donde estaba, en el filo del realismo más brutal y eso que él ha denominado «poesía de no ficción», y es tierna y desbocada, y es un torrente de palabras y a veces es una voz que se silencia dejando hablar a otros, dejando que el aliento del lector complete el poema. Y está ese poema que titula poética: «escribo a mano / igual que si cavase / mi propia tumba:», con la cita de Louis-Ferdinand Céline «si no se pone la piel sobre la mesa, no se consigue nada:», que es una definición precisa de lo que representa para David González la poesía, su manera de entender la vida o, como en el caso de Vicente Muñoz, acaso sean lo mismo.

2013 se fue lento y terco, como una tarde de octubre. Se fue como se van aquellas cosas que deben irse pero les cuesta hacerlo. Se fue y no volverá, como aquellas personas que se van para no volver. Pero ese tiempo ya no nos pertenece, porque el pasado no nos pertenece, y solo quedarán de él los libros que se publicaron, los buenos y los malos, pero todos hemos leído libros malos, muy malos, y aburridos, muy aburridos, y no merece la pena perder un segundo más en ellos y sería una descortesía hacer una lista de los mismos. Pero seguro que alguno de vosotros tiene curiosidad por esto, por saber qué libros me parecen los peores del año, pero no lo diré, hoy no, porque me quedo con las cosas buenas de la vida, con los libros que hacen mejores nuestras vidas, con los autores que de verdad merecen la pena, con las personas que quieren estar conmigo y me acompañan.

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