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Capítulo 1. Rocky road to Dublin

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Puente sobre el río Liffey (Dublín, Irlanda).

Mis últimos años han sido un viaje sin rumbo. La mayor parte del tiempo he caminado con la vista fija en mis pies, mirando hacia abajo, siguiendo un camino marcado por las huellas de otros.  A veces levanto la cabeza y miro alrededor, y sólo entonces soy consciente de la cantidad de cosas interesantes que pasan por mi lado cada día sin que yo les preste atención.

Hace unos meses comprendí algo: Las mejores experiencias nos esperan más allá de nuestro Statu Quo. No siempre es sencillo abrazar el caos. Una existencia rutinaria es como una droga que te atrapa sin que te des cuenta. Después destruye lentamente tu potencial y tu creatividad hasta que un día te das cuenta de que tu existencia es pura inercia. Empecé este viaje con la falsa idea de que la inmersión cultural provocaría un cambio inmediato dentro de mí, pero lo cierto es que por muchos kilómetros que corramos al final la única solución es luchar. Es imposible escapar de lo que está dentro y forma parte de nosotros.

Hace ya más de una semana que viajo por Irlanda. No tengo un rumbo fijo, ni planes para las próximas horas. Simplemente me limito a caminar y a decidir sobre la marcha cuál será mi siguiente paso. Cada mañana en el hostel es un calco de la anterior: movimiento, ruido, resaca, sabor a mierda en la boca… Duermo hasta pasado el mediodía porque siempre me acuesto de madrugada. Por las tardes me dedico a recorrer las calles y el puerto. Compro un par de latas de Guinness y de vez en cuando me paro a charlar con alguien o a leer. Dublín es una ciudad gris, pero sin embargo está llena de vida. Es la gente la que convierte este lugar sucio, lluvioso y lleno de iglesias en un sitio divertido y peculiar.

Cuando cae la noche me convierto en un mueble más dentro de los pubs. Ahora estoy apoyado en la fachada de uno, en Temple Bar, apurando el último trago de la que debe ser la quinta o la sexta pinta de la noche. Ante mi está Lily mirándome con sus ojos estrábicos, tratando de contarme algo que ni entiendo ni me importa. Joder, entre el puto acento irlandés y el pedo que lleva parece que habla en hebreo. Yo me limito a asentir y a fumar.  “Yes Lily… Oh, good... Nice!

Después de cuatro días de un tímido contacto con mi entorno decido que ya es hora de dejar de hacer el capullo y que tengo que hacer algo más que beber como un Bolchevique. Las fiestas de San Patricio se acercan, no he conseguido trabajo y los precios en Dublín empiezan a ser una locura. Miro en un mapa y empiezo a leer nombres de ciudades. Me llama la atención Drogheda, una pequeña localidad a 50 km al norte de la capital. Me hace gracia el nombre, es solo eso. Siguiendo este absurdo criterio me subo a un autobús y viajo.

Llego con la idea de estar un par de días y viajar a Belfast después, pero el destino tiene otros planes para mí. ¿Cuántas veces, cegado por la rutina, habré desatendido sus designios simplemente por considerarlos poco prácticos? Aquí no, aquí es diferente. Durante estas semanas me dejaré llevar. Ahora estoy en sus manos.

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