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No lo llames cómic, por favor

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Como proscritos que escapan de una madurez mal entendida nos acercamos en la penumbra del viernes noche hacia la luz de la tienda especializada, o como sedientos en una tarde árida, sucumbimos al vicio puntual en un kiosko inefable. En otras ocasiones nos conformamos con recuperar alguno de nuestros tesoros, apilados llenos de polvo en un trastero o en la primera línea de las estanterías compartidas y saciamos así nuestras ansias. Allí están: los tebeos, el arte menor, la literatura de grapa o, si preferimos, la novela gráfica. Pero, sobre todo, no los llames cómics, por favor.

En el principio estaban la Marvel y DC, editoriales americanas que en España publicaban Fórum y Zinco -después un sortilegio múltiple hizo que los derechos pasaran de manos y uno no sepa muy bien quién se encarga ahora de poner los sueños en papel. Aunque leídos ahora los tebeos de La Patrulla-X o Spiderman resulten casi inocentes, sagas como Días del Futuro Pasado de Chris Claremont, el Daredevil de Frank Miller o el enfrentamiento contra Kraven el Cazador de nuestro trepamuros favorito son historias con un potencial visual y narrativo que siguen emocionando. En los años noventa evitaba la parte más gris y desprolija que la línea Vértigo de DC proponía en los años noventa, y cómo cambian las cosas, ahora colecciono con ansia completista todas las distintas interpretaciones del mito de Sandman de Neil Gaiman o la serie de El Predicador de Garth Enis. Puede que sea un signo de madurez o de simple búsqueda de emociones nuevas.

La brumosa maestría de Alberto Breccia, el hombre que mejor ha plasmado en viñetas rectangulares las retorcidas pesadillas no euclídeas de Lovecraft en los Mitos del Cthulhu, recuperados en forma de obras completas hace unos años por la editorial Sin Sentido y que pueden rastrearse en su formato original, por entregas en revistas del género como Creepy o Zona 84 en librerías de segunda mano. Breccia, que bebió el cáliz narcótico del viaje en el tiempo y enhebro junto a Héctor G. Oesterheld (guionista de otra maravilla, la primera luz en la postmodernidad, El Eternauta, junto al dibujante Francisco Solano López), Mort Cinder es uno de los grandes. Otro, Warren Ellis, con su serie Planetary, arqueólogos de lo imposible, una revisión de la cultura pulp y la intrahistoria de la humanidad cedida con cuentagotas por el autor de otros magníficos seriales como la primera época de The Autorithy (Warren Ellis es a Alan Moore como Planetary es a la Liga de los Seres Extraordinarios -que tras dos entregas decimonónicas se ha introducido en la swimming London y la psicodelia hace pocos meses- y The Autorithy a la crítica prenuclear de The Watchmen) o la culminación de la estética cyber-punk con las andanzas del periodista Spider Jerusalem en Transmetropolitan -imaginad el periodismo gonzo 2.0-, otro grande, Mike Mignola y su serie Hellboy que revisa el folklore mundial amparado en una estética de fuerte componente artístico. Hemos hablado antes de Alan Moore, el autor pagano, capaz de llevar el mito del superhéroe pulp a un estadio avanzando en su serie Tom Strong o Top 10. Moore ha sufrido adaptaciones mediocres de sus obras al cine, como es el caso de V de Vendetta o From Hell, pero que hace que su obra gráfica mantenga su frescura y capacidad de impacto hoy en día.

No podemos olvidar el tebeo como definición de movimientos alternativos: la contracultura con Shelton y sus Freak Brothers, el grunge y la escena Seattle en Odio de Peter Bagge, la movida y el rollo en la Transición Española desde el lado punk onírico de Makoki o el costumbrismo de la escuela Bruguera que traía el afilado colmillo de Jan en las primeras entregas largas de Superlópez, o el tránsito desde el "No future" hacia el desencanto la Inglaterra de los ochenta en Hellblazer (donde John Constantine, su protagonista, es un remedo de Sting perseguido por la sombra del "monstruo tatcheriano"). Sería imperdonable no recordar a Robert Kirkman ampliando el universo zombie de George Romero con su serie The Walking Dead (y convirtiéndolo además en una serie de televisión de éxito: muertos vivientes alimentándose de personas en el mejor horario de la cadena. Piénselo un segundo).

En España, por supuesto, los mutantes surgidos de fanzines como Subterfuge o Monográfico: la violencia intelectual de Paco Alcázar, el excesivo Miguel Ángel Martín o Mauro Entrialgo, que suavizó su discurso para las tiras diarias en el diario Público pero que que contaba con un bagaje realmente corrosivo con obras como El Demonio Rojo o Herminio Bolaextra, también Cels Piñol, que con sus narigudos personajes dibujaba las primeras estampas cotidianas de los fans de los tebeos en lo que era el primer ejercicio de metaliteratura aplicada al tebeo español (sus recopilaciones de Fan Letal/Fan con nata, tiras al modo periodístico que aparecieron a principios de los noventa en la última página de las colecciones de Fórum, siguen provocando la reflexión con una sonrisa en la boca) mucho antes de que Evan Dorkin lo hiciera con su obra El Club Eltingville.

Antes de que se me echen encima por cerrar este artículo sin nombrarlos, el arte europeo de Frederick Peeters y su Paquidermo o El vecino de Santiago García/Pepo Pérez, también los grandes títulos que todo el mundo citará, como Maus o Persépolis;  pero, seamos sinceros, no hay nada como un buen superhéroe con mallas o una nave espacial atravesando galaxias para hacernos felices unos minutos, aunque sea con un levísimo sentimiento de culpa.

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