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Pérdidas y hallazgos

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Traducir es escribir. Eso sí, en un discurso segundo y referido, subsidiario y deudor, en el que nunca debe perderse de vista el texto original, al autor que un día buscó sus propias palabras para expresar una idea, una emoción, un sentimiento, que tal vez quedasen a mitad de camino en las posibilidades que la escritura puede ofrecer a su paso. Habría que preguntarse, no obstante, si ese discurso primero que se quiere creación no es también un discurso derivado, condicionado por la tradición, por las posibles influencias, por el contexto en el que se escribe, por los factores sociales y culturales que lo circundan.

Escritura y traducción poéticas no van a diferir en lo esencial: la escucha atenta de una voz que busca la fidelidad para reflejar un mundo propio, o ajeno, y su plasmación en un lenguaje que desea decir algo inequívoco sobre las cosas, con las herramientas que le han sido dadas o que ha elegido para ello.

"Traductores y poetas casi no tienen que sentirse diferentes. Forman parte de la misma comunidad", decía Yves Bonnefoy en La comunidad de los traductores, una de sus reflexiones sobre la traducción poética, conferencia dictada con motivo de las XIII Sesiones sobre la Traducción organizadas por el Colegio Internacional de Traductores Literarios de Arlès, hace ya diecisiete años. Y es en ese decir donde se sitúa la clave del problema que nos ocupa desde las primeras reflexiones que hicieran los autores de la Roma Antigua, preocupados por la forma de su discurso, sabedores de que es tan importante lo que se dice como la manera de hacerlo llegar al interlocutor. Decir es ante todo dar forma, convertir lo intangible en un cuerpo hecho de voz, una cadencia que arrastra las imágenes, las figuras, las intenciones, hacia un lugar que nunca podrá contemplarse como definitivo, por estar sujeto a continua revisión, a una relectura que el tiempo actualiza y vuelve a situar en un instante futuro, un cambio de estación en el que apreciamos la permanencia de lo esencial, pero también la renovación constante de sus componentes, de sus matices, del mismo modo que sucede en la recepción que cada lector hace de una obra dada.

La traducción es pues, en primer lugar, una lectura. Y todas ellas traen consigo una versión diferente del autor por el que nos interesamos. Bien sabe el escritor de poesía que el poema, por mucho que esté gobernado por una manera de decir, un estilo, una música particular, una marca personal, es un organismo autónomo que funciona según sus propias leyes e imposiciones, hermano de otros o pariente lejano, con el que puede compartir una colección determinada, pero diferente en su forma de ser y en sus comportamientos, en sus gustos y en sus expectativas. El traductor de poesía tiene la obligación de escuchar con atención, intentar comprender lo que dice y, ya que hablamos de lenguaje, detenerse en sus detalles, sus ritmos, sus repeticiones, sus estados, sus connotaciones.

Para abordar con éxito la labor de la traducción es entonces imprescindible comprender, para luego interpretar, y solo así podrá llegarse a la meta deseada, hacer entender al lector al que va destinado su trabajo. Esta tarea hace de la figura del traductor ante todo un lector, después un crítico y, en última instancia, atendiendo al proceso estricto de trasvase, una especie de doble del poeta que se pone en su lugar, tres facetas para un único fin donde intervienen múltiples factores que desbordan el ámbito de la lingüística para adentrarse en los dominios de la filología y de la estilística, de la filosofía, de la antropología, de la historia, etc.

Para los traductores que no trabajan por encargo, que no hacen de esta tarea su profesión, traducir a un autor de su elección supone un compromiso previo, un contrato de impostación, el respeto de su lengua poética, de las propias elecciones que éste haya efectuado en su lengua de origen, una relación que oscilará siempre entre la teoría y la práctica, entre la pérdida irremediable y la alegría por el hallazgo.
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