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Adolescencia

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Giselalma:
Mi adolescencia se parecía a un continuo ir y venir desde mí al mundo y del mundo hasta mí, sólo que el mundo al que iba era muy reducido pero intenso y el mío era un mundo tabicado, diría más: cerrado. Aquél se limitaba al Instituto Goya de Zaragoza: las clases, los pensativos paseos solitarios, las bibliotecas públicas en las que estudiaba y leía, los fines de semana con cine de barrio, la alegría de ir con mi padre a La Romareda algún domingo, cuando fallaba su compañero de localidad y éste le dejaba su abono, para disfrutar del Real Zaragoza de los cinco Magníficos (Canario, Santos, Marcelino, Villa y Lapetra) y esperar la llegada del verano para huir a Uncastillo.

Dos poemas de idéntico título presidían mi estado de profunda desazón: “Adolescencia”, de Juan Ramón Jiménez, que comienza: “En el balcón un instante / nos quedamos los dos solos. / Desde la dulce mañana / de aquel día, éramos novios…”, y “Adolescencia”, de Vicente Aleixandre, con este arranque: “Vinieras y te fueras dulcemente, / de otro camino / a otro camino. Verte, / y ya otra vez no verte…”

En mi mundo cerrado, encerrado en mi mundo, llevaba una gran vida interior efervescente de ensoñaciones, proyectos, deseos impalpables, estrategias de supervivencia a la adversa incomunicación familiar y su insufrible restricción económica a la que me veía sometido y que hacía imposible mi relación con otros adolescentes.

Como no tenía tocadiscos, parte de mi exigua paga semanal se me iba en echar monedas a las sinfonolas para escuchar mis canciones preferidas (de Adamo, Aznavour, Sylvie Vartan, Françoise Hardy, Rita Pavone, Hervé Vilard, Beatles y Rolling Stones…) que yo cantaba a solas por las calles.

Mi cabeza era un laberinto recorrido por crisis que estallaban en encrucijadas para montar la película de mis días entre los catorce y los diecisiete años.

Crisis de identidad entre el rechazo a lo conocido cercano (una familia desestructurada por falta de amor) y la rebeldía frente a una educación autoritaria en un contexto social y político anestesiado. Buscaba la afirmación de mi personalidad en los cimientos de un yo doble: el yo oculto en el que indagaba y el yo visible (bueno, tímido e inseguro) que pretendía borrar.

Crisis de fe. El catolicismo militante heredado de mi abuela paterna se desmoronaba para dar paso a una duda viscosa que me anclaría en el agnosticismo hasta los veinticinco años.

Una crisis de ideología me enfrentó poco a poco al conservadurismo familiar, a la doble moral burguesa provinciana y a la irrespirable atmósfera de la dictadura franquista en todo el país.

Otra crisis de valores me orientaba a idealizar mi libertad individual, que requería independencia económica y una preparación cultural en los circuitos de la clandestinidad; la libertad social basada en movilizaciones de solidaridad, y la idealización de la amistad que yo buscaba de manera preferente en las chicas.

Durante todo el año que estudié el curso Preuniversitario mantuve semanalmente una enriquecedora correspondencia epistolar en francés con una joven llamada Josephine Zwickert, residente en Saint Girons (Dax). Intercambiábamos fotos, singles, libros y soñábamos con conocernos personalmente, sueño que nunca se cumplió.

La crisis de afectividad hacía de mi corazón una casa de cristal que transparentaba en la penumbra de mi mirada un hambre feroz de amar y ser amado.

Algunas otras crisis me sacudían como íntimos terremotos que agitaban mis hormonas y alteraban mi carácter. Pero de ellas te hablaré otro día.

No dejes que el frío, la lluvia y la niebla atlántica te inmovilicen, privando a Lisboa, al océano, al aire, al cielo y a la tierra de toda la belleza de tu cuerpo y de tu alma.

Ayyy. Te abrazo.

Ángel.

 

 


Publicado originalemente en Voluntas nº3

 

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