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Saber, crítica y acción social

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Hablar a la luz de las ideas sobre la Weltliteratur gestadas en el romanticismo alemán, con la convicción de que nuestro discurso deberá convivir con otros discursos y tendrá que derivar de la coexistencia y colaboración de las diferentes sociedades y culturas y no de la exclusión y eliminación de unas por otras, todo ello como fruto de una tradición cosmopolita que en Occidente se remonta a los pensadores cínicos y estoicos de la Antigüedad griega y llega hasta Goethe, Marx, Nietzsche, Adorno o Habermas. Recuperar un escenario político en el que se afronten los problemas y conflictos que nos conciernen a todos y se puedan discutir las soluciones, un espacio desde el que pueda proyectarse un futuro común y compartido de la humanidad.

La universidad debería asumir un cierto protagonismo en ese escenario, recuperando su compromiso con la sociedad a la que se debe, en un momento en que se están produciendo procesos de convergencia hacia lo que se ha dado en llamar Espacio Europeo de Educación Superior (EEES), maniobras que en el fondo persiguen transformar las enseñanzas universitarias en mercancías de intercambio comercial, derivar los estudios hacia investigaciones de mercado condicionadas por la rentabilidad y subordinar el presupuesto público a la previa obtención de financiación privada, a costa de una enseñanza que acusará muy pronto un considerable déficit formativo pues se basa fundamentalmente en la asimilación de aspectos instrumentales, ligados a la práctica profesional, despreocupada por el fomento del conocimiento y el espíritu crítico. En realidad, se trata de un proceso de reconversión según el cual el desarrollo de las diferentes titulaciones quedará ligado a los intereses de las empresas, de tal modo que aquellos estudios que no resulten rentables a corto plazo serán eliminados; no hay privatización sino —lo que resulta más cómodo y barato— explotación de una infraestructura personal y material consolidada a lo largo de siglos que, con dinero público, se ha orientado hacia el logro de objetivos sociales de interés general. Este modelo se está extendiendo en muchos centros de educación superior con la creación de fundaciones que entienden el trabajo universitario como una actividad al servicio de las demandas empresariales, es decir, valoran la educación como una mercancía capaz de producir otra mercancía —el conocimiento— que puede a su vez generar plusvalías económicas. Y este proceso persigue el estrangulamiento de una educación crítica contraria a que el conocimiento y la ciencia sigan compartiendo intereses con el poder y la riqueza. A una sociedad y una economía de mercado les corresponde una universidad mercantilizada, desideologizada, vaciada de todo elemento crítico, esa es la lógica profunda y aplastante de Bolonia.

Frente a ello, la alternativa pasa por oponer una resistencia universitaria creadora, aliada con otras fuerzas, agentes y tejidos que traten de hacer más saludable la vida en el campo social, organizados como un contrapoder frente a esas otras “figuras de la soberanía” que no dejan de construir mundos —el universitario es solo uno de ellos— que respondan a sus intereses. Ante un panorama como el que se avecina, una culura y una universidad críticas deberían rebelarse contra el papel de formación de masas que desde el poder se les ha asignado y, al hilo de aquellas consignas más o menos libertarias de mayo del 68 o de esas otras que han podido leerse o escucharse últimamente en nuestras calles y plazas —“sed realistas, pedid lo imposible”, “tomo mis deseos por realidades porque creo en la realidad de mis deseos”, “cambiar la vida, transformar la sociedad”, “libertad, entre tus márgenes vive la belleza”—, luchar por una sociedad en la que lo utópico y lo irrealizable designen territorios prohibidos y no espacios inconquistables. Cabría así —con el objetivo de avanzar hacia una sociedad más justa e igualitaria— recuperar el auténtico sentido y alcance de eso que hoy llamamos “opinión pública” y que los griegos denominaban isegoría (mismo valor para voces diferentes en la asamblea como condición imprescindible de la democracia), una opinión pública educada en el fomento del espíritu crítico y no lobotomizada o encapsulada por los narcotizadores medios de comunicación, rescatar —como recomendara Adorno en Minima moralia— los materiales de deshecho y los puntos ciegos que han ido quedando al borde del camino, bucear en los huecos de la historia, esos agujeros negros que la memoria oficial ha condenado al silencio, recuperar las voces de los excluidos y reventados por el poder. Como hemos podido comprobar estas últimas semanas, la universidad ha perdido protagonismo en esta lucha por una organización social más habitable, que ha pasado a librarse en las plazas de nuestras ciudades, recuperadas de un modo horizontal, pacífico y asambleario por la sociedad civil.

 

 

 

Publicado originalmente en Voluntas nº10

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