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Shakespeare hace amigos en el trullo

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Quien no ha hecho la broma del jabón en las duchas de la cárcel. Que entre tíos enjabonándose siempre hay el tipo duro y gayer que espera su momento oportuno para descargar su trípode de manera salvaje en el pompis de algún novato inocente e indefenso. Sí, mal rollo, soez, de bajo fondo y demasiado tópico. Porque seguramente los que (todavía) no hemos estado en la cárcel vivimos a base de clichés de lo que allí ocurre, o de pelis norteamericanas en las que el típico héroe ha sido entrullado injustamente y consigue a) salir por medio de una abogada tetuda que luego se zumba o b) fugarse apelando a la épica del héroe que se busca las castañas cuando la vida le da la espalda.

Como suele pasar, en Europa siempre tenemos algún director sensible que es capaz de darle la vuelta, de abrir miras, ante este limitado espectro cinematográfico al que tratan de acostumbrarnos los yankies. Y es el caso de los hermanos Taviani que, ambos a sus más de ochenta tacos, se sacan de la manga Cesare Deve Morire, un docuficción que ensalza la verdadera dignidad de los reclusos más chungos y que plantea una serie de cuestiones nada livianas.

El planteamiento de Cesare Deve Morire es sencillo: un grupo de presos, de los que más pringan —tráfico de drogas, asesinato—, a los que les quedan sobre 20 años o más de condena, son llamados a un casting para protagonizar la obra de Shakespeare de título homónimo en una única función que será ofrecida a un público ajeno a la cárcel —familiares, conocidos, amantes, amigos dealers, por ejemplo—. Se presentan varias decenas, se selecciona a los necesarios, y a correr. Hasta aquí lo sencillo, porque ahora comienza la verdadera crema.

Nos encontramos con una serie de hombres bastante demacrados, con poco appeal, que poco a poco se entregan y se sumergen en este relato romano de alto vuelo. Desde el casting quedamos pasmados ante el natural talento de esta legión. A los reclusos-actores se les pide que reaccionen ante dos situaciones completamente diferentes: enfado y miedo. Emociones que muchos de ellos habrán vivido en la vida real pero que posiblemente nunca han fingido. Y lo hacen, vaya si lo hacen. Casting superado, entramos en una vorágine de situaciones en las que toda la cárcel se convierte en una gran sala de ensayo.

Por los pasillos, en las celdas; para los actores-reclusos (difícil saber qué son a estas alturas) solo existe la obra en su cabeza. Y lo más brutal: para el espectador, también. La estupefacción se apodera del espectador, que poco a poco se olvida de donde está, quién es, cuando se la chuparon por última vez o cuanta pasta le queda en la cuenta corriente. Somos el público de la obra, y sus primeros groupies. Atención maravillada y tensión teatral reinan a lo largo de este filme rodado en blanco y negro en los bajos fondos de una cárcel romana.  De golpe, el lenguaje florido y culto de Shakespeare se apodera de ellos, y de nosotros. Y no hay mayor y fascinante contraste que escuchar a la alta cultura en boca de los presidiarios más rastreros.

Y luego, acabada la movida, vienen las preguntas: ¿tan mala son esta gente? ¿Qué les espera tras la función? ¿Podrían hacer luego Mary Poppins?

Total, que si alguna vez acabamos en el trullo, todavía podemos optar a seguir siendo unos rockstars. Sin jabones en la ducha.

 

Publicado originalmente en Voluntas nº14

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