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"American Gothic" de Grant Wood y "Ángeles" de Raúl Cañestro

Jamás se me había averiado el coche. Ni una reparación, ni un problema en la revisión. Nada. A decir verdad, tampoco sabía cómo cambiar una rueda o dónde estaban los fusibles de repuesto. Encontrarme sola en mitad de la nada me desconcertó. Mi brillante móvil de última generación también me había abandonado, y muy a mi pesar decidí utilizar el único medio de transporte que me quedaba: mis pies. 

El calor era sofocante, y las prendas de abrigo se iban acumulando en mi cintura conforme avanzaba. Varias horas después divisé lo que imaginé como una granja o un gran establo. Mis ánimos me permitieron ir un poco más deprisa gracias a la absurda esperanza de que en ese desvencijado lugar encontraría una forma de volver a casa

La carretera seguía desierta, y habría perdido la noción del tiempo si no fuera porque mi reloj de pulsera todavía colgaba de mi muñeca. Conseguí acceder a un camino secundario que me condujo hasta las inmediaciones del edificio. Me sorprendió el hecho de que no hubiera vallas ni ningún elemento que delimitase el terreno. Tampoco duró mucho mi preocupación, puesto que una verja habría supuesto un obstáculo más para mis pies plagados de ampollas y llagas.

Cada vez me encontraba más cerca. Apreté el paso, y también la cojera. Atisbé cierto movimiento junto a la puerta, y comencé a gritar para llamar la atención. Pude distinguir un hombre y una mujer con un aspecto algo anticuado. Sobre la mano del granjero se dibujaba una especie de horca con algo clavado en ella. Se detuvieron al verme, y esperaron pacientes a que llegara hasta la puerta. Mientras corría, las figuras de mis futuros salvadores se iban perfilando, y traté de adivinar qué tenía colocado el caballero en la horca.

Nunca había visto hortalizas con ojos, por lo que deduje que eso no eran hortalizas. Tampoco sabía de frutas que tuvieran ojos. Cuando comprendí de qué se trataba, era demasiado tarde para dar media vuelta, y mi patético intento de frenar en seco terminó con un tropezón que me hizo saborear la aridez de la tierra. 

—Señorita, ¿está bien? Un chirrido que resultó ser la voz de la mujer me sacó de mi ensoñación. Volví a ver las cabezas, y mi gesto debió advertir al matrimonio.

—Oh, no se preocupe, ya no valían —comentó el hombre con una débil sonrisa. No podía moverme. El miedo (y el golpe contra el suelo) me había dejado paralizada. Oí pasos, y me asomé a comprobar qué era. Dos chiquillos salieron de la casa y corrieron hacia donde estábamos mientras se empujaban para llegar primero. Sus cabezas habían sido burdamente sustituidas por dos calabazas de dimensiones desproporcionadas.

—Niños, sed educados con nuestra invitada. Id a preparar algo de comer mientras la ayudamos. —La obediencia a su madre me sorprendió, y apenas percibí cómo el granjero me tomaba de los hombros y me enderezaba— No se alarme. Es la mejor forma de que no piensen. —Le miré incrédula, y continuó andando como si nada. —Lo hemos intentado todo, señorita —afirmó la mujer— y nada ha funcionado. Ni la prensa, ni la radio, ni mucho menos la televisión han conseguido que dejen de tener ideas propias. Estábamos desesperados, pero al final no han quedado tan mal.

Balbuceé un par de palabras sin sentido mientras seguía caminando hacia la puerta. El hombre se giró para corroborar las palabras de su mujer mientras me invitaba a pasar. —Es una solución rápida que nos evitará problemas en el futuro. Es importante que podamos manejarlos, porque con sus ideales y sus ansias de aprender no permiten que sigamos manteniendo el mundo tal y como lo conocemos.

Cuando quise darme cuenta, ya estaba dentro de la casa. La familia se había acomodado en el sofá, parecían felices de recibir visitas. No pude escapar. Tampoco mis pies me respondieron cuando divisé otra enorme calabaza en la mesita del comedor. Ni siquiera logré incorporarme cuando vi mi nombre escrito en ella. De todas formas, ya no importa. No sabéis lo bien que me sienta el naranja.

 

 

 

Publicado originalmente en Voluntas nº7

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