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"El cerrojo" de Jean-Honoré Fragonard y "Sagrado corazón" de David García (Torlonio)

No sonaba el teléfono. Descolgó varias veces, nerviosa, manteniéndose a la espera hasta escuchar el tono. Necesitaba la dosis. Hoy estaba tardando más que de costumbre, y eso no estaba previsto. Sus dedos manoseaban los bordes de su vestido, esperando una respuesta que podría salvarle la vida otro día más. Había arriesgado demasiado a lo largo de los años. La operación a la que se sometió no era para nada convencional, y sin embargo no dudó ni un segundo. 

Los ahorros de largos periodos de robos y engaños fueron el mejor aval para la extirpación. Unos días más tarde todo volvió a la normalidad. Bueno, todo menos eso. Al principio no sabía cómo tomárselo, pero pronto comprendió que era un gran alivio.

Había pasado otra media hora. El timbre seguía mudo, y la cortina de la ventana iba y venía, mientras sus ojos, ansiosos, no lograban discernir nada entre el paisaje plagado de niebla. Lo esperaba a él. A un hombre alto, algo corpulento, de ojos oscuros y sonrisa tímida. Su pelo lacio bajaba en ondas hasta sus hombros, y sus manos mostraban las muescas del paso del tiempo. Siempre le había resultado algo cómica la forma en la que caminaba, como si los hombros le pesaran y no pudieran sujetar su cuerpo erguido mucho más tiempo.

Ese hombre, y no otro, era el que le había mantenido con vida durante todo este tiempo. Podría decirse que era su guardaespaldas, su protector... y también su mejor camello. Ni un solo día había faltado a la cita. No hubo tormenta capaz de detener al viajero y a su preciado equipaje. Noche tras noche, ella lo esperaba en su ajado sofá, pensando con miedo que quizá llegara un día en el que el mercenario no pudiera llegar. Su desesperación pasaba pronto, puesto que la puntualidad era una de sus mejores cualidades. Hoy, sin embargo, algo no encajaba. 

Tocó con delicadeza la cicatriz de su pecho. Cada año le parecía más y más grande. A pesar del cuidado de los doctores, los tejidos no estaban por la labor de curarse del todo. Quizá el método de reemplazo no era el indicado, pero no podía permitirse algo mejor. Era consciente de que otras personas, mucho más ricas y poderosas que ella, podían hacer y deshacer a su antojo entre las vísceras operadas. Ella, sin embargo, apenas encontraba gasas para eliminar los restos de sangre. Quién lo iba a decir, después de tanto tiempo se vería reducida a eso, a una maraña de huesos torcidos que buscaban cualquier hálito para avanzar hasta el día siguiente.

Andaba compadeciéndose de sí misma, recorriendo todas y cada una de las venas de su brazo con sus uñas, mal cortadas y con el esmalte amarillento, cuando escuchó un ruido junto a la puerta. Se arrastró como pudo hasta que logró alcanzar el grueso picaporte, y abrió los veintidós cerrojos que la mantenían a salvo del mundo exterior. Era él. Más alto de lo que recordaba desde la última visita, veinticuatro horas atrás. Sus ojos brillaban de una forma diferente, y notó que un escalofrío recorría su cuerpo mientras le tendía la mano para saludarle. Al instante, la puerta estaba cerrada de nuevo, y ella tumbada sobre la cama. Notó su respiración, demasiado entrecortada para lo que estaba acostumbrada. Él le tomó la mano de repente, y ella alzó los ojos. ¿Qué le ocurría? El pecho le ardía, y sus ojos se habían humedecido. Se sentía descontrolada, algo dentro de ella latía con fuerza, avisándole. ¿Avisándole de qué? No comprendía nada, estaba aturdida, pero no fue capaz de apartar la vista. Aquél al que había estado esperando, que ahora le parecía alguien mucho más familiar, sacó un bote oscuro de su maletín. -”Helena” -dijo con voz suave- “ha llegado el momento”.

Puso en sus manos el envase, del que salía un olor nauseabundo. Miró al portador de semejante atrocidad y él, sin inmutarse, le señaló el pecho. La cicatriz. Comprendió lo que debía hacer. Mientras trataba de contener las arcadas, acercó sus manos a la herida mal cosida. Introdujo sus dedos, uno a uno, entre los huecos que dejaba el hilo y la carne, y estiró. Hundió sus uñas, escarbando entre capas de piel, hasta que encontró lo que buscaba. Metió la mano, esta vez hasta el fondo, y extrajo el corazón con sumo cuidado, para no rozar ningún otro órgano para el que no tuviera repuesto.

Lo arrojó al suelo, y cogió el amasijo de músculos del interior del bote. Lo empujó como pudo, tapando con rapidez la herida y dando puntadas inciertas hasta que consiguió cerrar el hueco abierto junto a su pecho. Se sentía joven otra vez. Respiró hondo, y sintió cómo sus huesos se recolocaban, chasqueando entre articulación y articulación. Abrió uno de los cajones de la mesilla, y sacó un sobre negro, que entregó al mensajero. Éste se fue sin mediar palabra, aunque ella creyó adivinar una lágrima entre su rostro sombrío. Qué imbécil. No es momento éste para sentimientos. Dejarse llevar por unas lágrimas era para ella un pecado que casi le cuesta la vida una vez. O eso recordaba. Se tumbó de nuevo en la cama, palpándose la cicatriz. Era, sin duda, una gran inversión. Su seguro de vida. Su inmunidad.

 

 

 

 

Publicado originalmente en Voluntas nº 10

 

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