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Hoy estás preciosa

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"La fragua de Vulcano" de Diego Velázquez  & "El nacimiento de Venus" de Sandro Botticelli

Sonaba a metal oxidado. Era estridente, molesto. Y también era su despertador personal. Un montacargas. Se levantó de la cama. Revisó ligeramente el estado de su melena, aunque realmente nadie se fijaría en ella. Aun así, pasó los restos de un peine por sus ondas pelirrojas, tratando de domar a un imposible. Los pedazos desordenados de varios espejos le devolvían una imagen mutilada e imperfecta. En realidad, era el reflejo más fiel de sí misma.

Mientras ponía un pie en el desvencijado ascensor, se desprendió de la sábana que cubría su cuerpo. Pulsó el botón, y esperó. Eran unos segundos eternos, pero siempre terminaba en el mismo piso. Por las rendijas de madera se filtraba un olor a sudor que anunciaba el inicio de una jornada eterna y vacía.

Abrió la puerta, y se hizo el silencio. Varios pares de ojos se posaron en ella. Las miradas ansiosas devoraban sus pechos y su sexo a varios metros de distancia. Alguno deslizó fugazmente la mano bajo su mono de trabajo mientras seguía penetrándola mentalmente. Con el paso del tiempo, había aprendido a evadirse durante esos minutos interminables. Viajaba de nuevo a la soledad de su celda, donde seguía repudiando su cuerpo al abrigo de la oscuridad absoluta.

Reparó entonces en un rostro que no había visto antes. Aunque ahora la miraba, parecía ser la primera vez, ya que su cuerpo seguía orientado hacia su mesa de trabajo. Debía ser aquella la tímida cabellera que siempre asomaba entre los hombros de sus compañeros. Jamás había reparado en él, y se sorprendió de que nunca antes hubiese mostrado interés en su aparición, no como el resto de los trabajadores. Hoy, sin embargo, parecía distinto. Su mirada se encontró con unos ojos que la acariciaban con suavidad, en lugar de violarla en sueños.

Casi sin querer, esbozó una ligera sonrisa. Fue entonces cuando se escuchó un «hoy estás preciosa» que retumbó en toda la sala. No podía creerlo. Nadie pareció darse cuenta, excepto ella. Furiosa, miró al joven y frunció el ceño. Sonó la alarma, dando por finalizada su lasciva exposición diaria. Caminó de nuevo hacia el montacargas, cerrando la puerta tras ella con un ruido algo más impetuoso de lo acostumbrado.

Obviamente, debía de tratarse de una broma. Y de muy mal gusto. Se estaba burlando de ella. Era la primera vez en años de trabajo que alguien le faltaba al respeto de esa manera. Salió apresurada hacia su celda. Tropezó varias veces, y se acostó en su catre. Cubrió su cuerpo con la sábana, dejándose llevar por la ira y el sueño, mientras repasaba una y otra vez lo acontecido varios minutos antes.

Siete horas más tarde, abrió los ojos, aunque lo hizo mucho antes del estruendo que anunciaba su entrada al trabajo. Se lanzó hacia el ascensor, esperando ansiosa la mirada que había osado traspasar su alma. Cuando llegó al oscuro almacén, él ya no estaba. No encontró siquiera su cabellera lacia, discreta y tímida, como otras veces. La calidez de su voz parecía ser un lujo a olvidar, así que se dejó caer en la rutina. Despreció de nuevo su cuerpo desnudo, apaciguando con lágrimas invisibles su ilusión infantil que había camuflado entre el odio y el miedo. Tras la alarma, regresó al montacargas. 

 

Publicado originalmente en Voluntas nº 12

 

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