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"La conciencia del instinto animal" de Dandiarok Amini y "La muerte de César" de Vincenzo Camuccini

Estaba realmente hambriento. Sus músculos estaban algo entumecidos, y demandaban con impaciencia su dosis diaria de alimento. ¿Qué sería esta vez? En realidad, poco le importaba. Hacía mucho tiempo que había dejado de cazar. Ya no era él el que atemorizaba a sus presas. Podría decirse que la situación había cambiado tanto que eran sus propias víctimas las que se acercaban hasta su plato.

El no tener que molestarse en conseguir víveres le dejaba mucho tiempo para pensar. Plantearse su existencia fue uno de los primeros pasos. Desistió pronto. Sólo sabía que necesitaba comer, al menos una vez al día. La máscara que se adhería a la piel de su rostro le permitía ver, aunque la oscuridad en la que estaba sumido no dejaba mucho a la imaginación. Alguien (o algo) le proporcionaba su alimento, pero no lograba adivinar si era por la mañana o por la noche. Hacía mucho tiempo que no echaba de menos su viejo reloj.

Parecía que había algo que no recordaba. Una ligera amnesia plagaba de lagunas su mente y todos sus sentidos. Y ahí estaba, completamente desnudo, esperando su festín. A veces los olores de la comida le resultaban familiares. Aromas y perfumes le daban un sentido diferente a cada alimento, pero esto no ocurría siempre. A veces el sabor era demasiado amargo, aunque otras se quedaba con ganas de más.

De nuevo se encontraba en el punto en el que volvía a plantearse su situación, pero era en vano. Comenzó a impacientarse. Parecía que hoy la comida tardaba más que nunca. Recorrió su cuerpo con las manos. No había marcas ni cicatrices, la piel era lisa y sin imperfecciones al tacto. Tenía todos los dedos se sus manos, y también los de sus pies. El resto de sus órganos estaban en su sitio. Subió las manos, acariciando la máscara que le cubría la cara. No logró encontrar ni una sola abertura. ¿Estaría cosida?

Oyó un pequeño ruido, y se mantuvo agachado, a la espera. Falsa alarma. Su hambre voraz le había jugado una mala pasada. Sin embargo, no deberían tardar mucho. Joder, se estaban retrasando. No sabía quiénes eran, ni tampoco por qué le alimentaban, pero nunca habían faltado a una cita. Volvió a escuchar otro ruido, esta vez más cerca. Ahora sí. Era su cena. O su comida, o quizá el desayuno. Comida, al fin y al cabo. 

Una pequeña luz iluminó la estancia. Era un haz que dejó a la vista un rastro de suciedad y mugre que parecía proceder de él mismo. ¿Estaba viviendo entre sus propias heces? ¿Cómo no se había dado cuenta antes? No le dio tiempo a alarmarse, puesto que un chasquido metálico le recordó que ya podía acercarse a la puerta. 

Olisqueó un poco, y parecía conforme hasta que escuchó algo más. Trató de limitarse a comer, pero el bullicio crecía y crecía. ¿De dónde venía ese ruido? Sabía que estaba solo, al menos dentro de la habitación. La puerta de metal por la que le proporcionaban la comida estaba cerrada. No había más accesos. Trató de hablar, o emitir algún sonido, pero no funcionó. Llevaba demasiado tiempo sin usar la garganta, y sus cuerdas vocales se negaban a responder.

Trató de comer, y fue entonces cuando descubrió el origen de ese murmullo incesante. Provenía del plato. De su bandeja de comida. Se acercó un poco más, y pudo escuchar cientos de voces. Gritos, chillidos desesperados. ¿Qué era eso? Reconoció palabras sueltas, todas ellas pidiendo auxilio. No entendía cuál era el problema, ni qué los amenazaba para que se alteraran de esa manera. Recorrió la habitación con la mirada, aunque todo seguía igual de oscuro.

Se estaba poniendo nervioso. Estaba seguro de que había algún peligro, pero no lograba encontrarlo. Sus manos recorrieron la pared donde estaba la puerta metálica. Palpó con suavidad los bordes, y dio con la pequeña manivela. Trató de abrir sin éxito. Comenzó a golpear la puerta, una y otra vez. No cesó hasta que un líquido espeso y caliente despertó su olfato de nuevo. Su propia sangre

¿Qué le ocurría? Necesitaba salir de ahí, sacar a los dueños de esas voces y escapar. La puerta no parecía ceder, pero tenía que seguir intentándolo. Golpeó la chapa con su hombro derecho. Lo intentó con la cabeza. Algo se desencajó, lo estaba logrando. Volvió a insistir, y terminó sacando la puerta del gozne. Arrojó la chapa al suelo, y trató de acostumbrarse a la luz. Ese haz que parecía inofensivo era ahora una luminiscencia que le desgarraba las pupilas.

Miró hacia el interior de su habitación, y se asqueó al contemplar que había estado rodeado de suciedad todo este tiempo. Cerró los ojos para evitar que la luz le cegara, y volvió a abrirlos en busca del origen de los gritos. Golpeó el plato de la comida con la mano, y entonces volvió el murmullo. No podía ser. Miró dentro de la fuente, y notó que el vómito le subía a la garganta. Eran personas. Una docena de hombres y mujeres diminutos acurrucados en una bandeja metálica.

¿Por qué eran tan pequeños? Contempló sus manos, agrietadas y pálidas. Trató de ponerse en pie, y apenas pudo mantener el equilibrio. Era enorme. Gigante. Una auténtica abominación. El osario que formaban los restos de sus anteriores festines le provocó otra arcada. Había estado comiendo personas. Ese canibalismo le habría causado las deformidades que ahora contemplaba en todo su cuerpo. Se dio asco, y sintió lástima, aunque no le quedó muy claro si era por él o por sus víctimas.

Alzó la mano, abriendo la palma y extendiendo los dedos. Cogió un puñado del plato, y se lo llevó a la boca. Masticó cada hueso, cada cartílago. Supervivencia. Qué más le importaba, él seguía vivo. Era el más grande. Y, además, le servían la comida. Sólo tenía que pedirla un poco más hecha la próxima vez.

 

 

 

Publicado originalmente en Voluntas nº 11

 

 

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