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Hoy, ayer o mañana

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Galatea de las esferas, 1952

Galatea de las esferas era para Dalí la “unidad del universo”. De cerca es un universo fragmentado. El primer plano, una circunferencia perfecta, un pedazo de color. De lejos una intuición de mujer, en sí misma su perfección. El alzheimer descompone y compone un universo paralelo. De lejos es el recuerdo de quien fue. De cerca es una composición inconexa de confusiones.

Salgo de casa con la mirada fija al final de la calle, nada queda atrás. Las preocupaciones se desdoblan y confunden. Ya no hay nada reconocible. No sé a donde voy. No sé qué calle es esta ni qué hago aquí. Ando con la lentitud de un anciano pero con recuerdos del ayer. Llego a una avenida. ¿Será por la mañana? Le preguntaría a ese niño, pero hace tiempo que las palabras no me hacen caso. No dicen lo que quiero, no las encuentro.

Quizá quería ir por ahí o puede que viniera de ahí. Hace frío pero me siento en primavera. Cara pintada y labios rojos. Preciosa juventud. Sigo andando.

Llego a una plaza. No sé su nombre, ni si siempre estuvo aquí. Yo estoy aquí, no sé por qué, pero estoy aquí. Mañana vuelve él, le esperaré aquí. Acurrucada en este banco.

No ha venido, quizá vino ayer.

Mis uñas relucen esmaltadas entre unas manos arrugadas. Un muchacho corretea a mi alrededor, me molesta. Me molestan casi todos.

Sigo hasta el final de la carretera. No hay nada que me inspire en este lugar. Canto, grito y me río. Ellos solo me miran. Ellos están ahí, miran y balbucean. Se acercan, hacen y deshacen, pero no permanecen. Duran unos minutos.

Los minutos se me hacen eternos y juguetean entre ellos para engañarme. Ahora ya no sé si llevo aquí una hora, siempre hacen de las suyas. No me gusta esta chaqueta, pica y es fea. La dejo en el suelo. Alguien me mira, la coge y me la da. Le miro, la cojo y la tiro. Ellos siempre se empeñan en hacer las cosas a su manera. Me voy dejándole con su cara de idiota y se lo digo. Todos deberíamos saberlo cuando la tenemos.

Me monto en un columpio, me gustan los columpios porque vas y vuelves, vas y vuelves, vas y vuelves. Tocas el cielo y lo dejas.

Sigo la calle. Dos mujeres cacarean en medio del paseo. Gritan y se ríen. Una de ellas lleva una barra de pan. Tengo hambre. Volveré a casa para comer, puede que sea la hora de la comida. Él seguro ya habrá llegado. Corro, corro, corro. Demasiadas cosas que hacer en poco tiempo. Preparar la comida, eso es lo que tengo que hacer.

Me gusta mirar el paisaje, a los perros y a los árboles. Me gusta mirar sin decir nada. Contemplar y detener el tiempo.

Vuelvo, hay un parque. Alguien ha tirado una chaqueta. Tengo frío. Me la pongo, pica un poco pero me queda bien. Ya lo han hecho de nuevo. Ya me han cambiado las calles. Puede que sea esa, no es la otra o quizá fue la pasada o la de más allá. Ellos pasan y pasan. No se detienen, no me miran. Parecen vivir en un tiempo paralelo al mío. Diferente.

Permanecer quieta, alerta desde este banco convertido en refugio, será lo más sensato. Dejar que todo evolucione a mi alrededor. Mirar sin actuar, contemplar sin ver.

Alguien me grita un nombre para hacerlo mío, y se acerca. Me besa en la mejilla y me retira el pelo. Me hace sentir bien. Me agarra del brazo y me acompaña hasta una casa. Coge una llave de mi bolsillo y abre la puerta. Parece ir siempre por delante de mis propios pensamientos. Él no ha vuelto o quizá, hace tiempo que se fue.

No para de hablar de cosas que no conozco. Habla de nosotros y de ellos. Yo le escucho pero no comparto sus historias.

Me hace sentirme bien porque me mira como si me conociera. Aunque yo no le recuerdo.

 

 

 

Publicado originalmente en Voluntas nº6

 

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