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La vieja

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Sobre los párpados soporta el peso de sus arrugas. Y la gravedad hunde los párpados y el espejo lo muestra sin demasiado pudor. Las arrugas se asustan y retroceden ante los minutos que las acechan. Y ella disminuye, despierta frágil, desorientada. Sorbe el oxígeno de la mañana con poco convencimiento.  

De los detalles de su apariencia las lecturas se consuman con sencillez, en un vistazo. Que la resignación la vive pero no sabría definirla, no la reconocería ni escrita ni narrada ni en pintura porque se ahorra el esfuerzo de moverse entre categorías. Nunca le reportó ningún beneficio; ahora, menos. Que la culpa de su ligereza existencial no es suya, por supuesto, que quizás ni siquiera es justo atribuirle ninguna posesión mental o responsable. Que la materialidad se queda en la anécdota de lo caduco. Que es una vieja, vaya.

La vieja se acicala para recibir a las horas que transcurre en soledad, para mirar desde detrás de la ventana, donde nadie repara en ella. Renueva mensualmente su fe en la peluquería, única religión que ha sobrevivido al devenir de los años. Por lo demás, la calle fluye a un par de metros que observa como una distancia insuperable. Quizás por la pierna cóncava que se articula con filigranas de contorsionista, quizás por los achaques que duelen dentro de ella y a su alrededor.

La vieja atrae lágrimas imantadas, monopoliza la discordia, crea focos de sonidos estridentes de frustración, bramidos de bestia. El ser humano es un animal social y se queda en animal si se encuentra fuera de contexto. La vieja bebe una época, procesa una realidad, narra una subjetividad. La historia narra una vieja, crea una vieja, se reproduce en una vieja. La cotidianeidad, no obstante, concede poco a las sutilezas, al matiz del origen; es un conglomerado de relaciones. Cuando las relaciones colisionan sus supuestos se desprenden.  La supervivencia es un instinto animal; la defensa una actitud natural, comprensible. Nadie contempla su comportamiento instintivo desde su propia conciencia pero pocas cosas hay más llamativas a la vista que la estridencia ajena.

La agenda de la vieja ilustra el concepto de sencillez. Teje figuras de ganchillo para sus seres queridos, teje figuras de ganchillo para personas de su entorno, teje figuras de ganchillo para desconocidos. Se enfrenta a la televisión en un diálogo de posturas fijas: no se entienden, no se escuchan, pero se aprecian. Espera el ruido del teléfono, espera su nombre, espera alguna noticia remarcable. Atiende impaciente al pitido que cuelga las llamadas e inicia de nuevo sus esperas.

La imagen de la vieja recuerda a la de cualquier otra vieja. Su belleza anodina y apática ha viajado a través del tiempo para establecer relaciones entre épocas distantes, entre mundos distintos. La vieja refleja la realidad que cambia y se inserta en nuevas realidades, desafía a la memoria y a la fuerza de los recuerdos, estremece más allá de las retinas. No será si no es una vieja, como cualquier cosa que encuentra su alternativa en no ser. La vieja es una vieja, afortunadamente.

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