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Poesía recién exprimida

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#voluntaspoesía

 

«La portada será amarilla». Es lo único que dije al entrar a la editorial aquella mañana. Me refugié entre las líneas rectas de la persiana de mi despacho, para releer de nuevo el ejemplar que me había negado el sueño. Cada verso me parecía mejor que el anterior, puro, sin tapujos ni contaminación. Este fue el lema para la campaña. Papel satinado, a dos tintas y en letras grandes Celia Centén.

Aunque inepta conceptualmente (y ‘proposicionalmente’) se sentía en su elemento con el lenguaje poético, y era además, de un modo sorprendente y conmovedor, una especie de poeta natural, ‘primitiva’". Rebeca, capítulo 21 (extraído del libro El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, de Oliver Sacks).

«Un cortado con hielo, por favor. Con dos de azúcar». La esperaba en un bar cercano a la oficina mientras repasaba otro original infumable. Con una corrección casi completa conseguiría hacerlo pasar por un libro inteligente. Me besó en la cara antes de que me diera cuenta de su presencia. Era rubia con el pelo rizado por encima de los hombros, llevaba un vestido a rayas azules y blancas. No era especialmente guapa pero su cara reflejaba una alegría avispada, por la que sentí una curiosidad incontrolable. Calculé que tenía más o menos mi edad. Su cuerpo se intuía bajo el vestido. Ella revoloteaba en la silla mientras hablaba. Le vi las bragas varias veces, actuaba como si su cuerpo no fuera con ella. Le expliqué las condiciones del negocio, aunque parecía más interesada en saber cosas de mi vida y hacer papiroflexia con las servilletas.

«El 17 de junio es perfecto». Ya tenía preparada una lista de eventos donde se le tenía que ver, gente a la que tenía que conocer, presentaciones que debíamos organizar y medios de comunicación desde donde podríamos bombardear. Escribí discursos enrevesados sobre literatura, que ella aprendió con trabajo en forma de canción, y que recitaba cada vez que tenía oportunidad. Su voz entrecortada y tímida le convirtió en la estrella de los recitales poéticos. Recurrí al baile, la música borraba su torpeza al andar, y añadí actuaciones casi performance en los poemas de menor calidad. El público sonreía embobado ante las luces brillantes que cegaban sus ojos. La transformé en la sensación de las letras con detalles vacíos. Incluso le compré una cinta con una pluma para darle a su aspecto ese punto esperpéntico que tiene cualquier artista que se precie. Ella se mecía entre mis decisiones.

«Me encantan tus tetas». Respondía a mis signos de cariño, pero parecía no entender mis señales. Llevaba un vestido blanco y sus pezones sobresalían de la tela lisa. Jugaba con mi pelo mientras yo intentaba explicarle la planificación del nuevo libro. La besé sin preguntarle y se quedó paralizada. La desnudé con ansia después de días soñando con su cuerpo. Se dejó hacer en silencio, tímida y alerta, cómo si no entendiese muy bien lo que estaba pasando pero sí lo sintiese.

«Me encanta estar contigo». Era pertida y rebosaba felicidad. Todo era entretenido para ella, toda la gente era buena y no se deprimía intentando resolver las cuestiones trascendentales del mundo. Siempre decía lo que pensaba, aunque no fuera el momento ni el lugar. No llegamos a hacer grandes cosas juntas, pero rompió mi rutina de melancolía. Construía mundos de imaginación para mí, era diferente.

«La poesía de la inocencia», los periódicos titulaban con su nombre las hojas de cultura. Su mirada tímida pero risueña, su atractiva figura y su personalidad frágil e inquieta fueron la carroña de todos los críticos. Fabricábamos versos continuamente, reutilizamos muchos e inclusos hicimos pasar otros por suyos, el tiempo apremiaba. Nuestra empresa fabricaba cultura con una rentabilidad asombrosa.

«¡Deja de llorar!». La espontaneidad pronto se convirtió en rebeldía, egoísmo y caprichos. Era irracional, se enfada por tonterías. Lo quería todo a su modo y sus lágrimas ya me quemaban. Sus comentarios me ponían en ridículo ante los ojos de demasiada gente y no parecía ser consciente. Su incultura me aburría. Su torpeza al andar, que antes dibujaba en mí una sonrisa, ahora no encajaba. Me sacaba de quicio. El límite de mi enfado era su inocencia.

«La entrevista saldrá publicada el domingo». Lo que parecía un nuevo reclamo mediático para la poeta de moda fue nuestra tumba cavada con sus uñas. El examen psicológico se disfrazó de entrevista. La sucia palabrería que busca devolver a las profundidades a los que han intentado salir a flote, hundió su cabeza en el barro. La increíble poetisa era en realidad una mujer deficiente con una edad mental de 12 años. Las malas lenguas me escupieron en la cara. Ella se convirtió en una pobre retrasada que juntaba palabras para parecer inteligente y yo, un vicioso desalmado. La estupidez hizo que los listos la adoraran y querían hacérmelo pagar. El negocio se descompuso y solo los suicidas se atrevían a publicar algo conmigo. «Adiós». Recuerdo el día que vinieron a buscarla, lloraba y pataleaba en el suelo. Rompió varios platos y desordenó toda la casa. Se aferraba a mí como si alrededor nuestro sólo hubiera muerte.

Los sollozos cortaban su respiración y todo su cuerpo temblaba. Solo un pinchazo y el tiempo se paró. Sus músculos se durmieron, sus ojos se conformaron y su boca se paralizó. Me suplicó que no la dejara. Me convencí de que era lo mejor para ella, aunque solo buscaba lo mejor para mí. La volví a ver tras el mostrador de una tienda. Han apagado su mirada, ya no reluce agitada. La encontré anciana. Habían estandarizado su apariencia. Ella no me reconoció y yo tampoco. Sus labios ya no tienen versos para mí.

 

 

 

 
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Publicado originalmente en Voluntas nº 11
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