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Tortuga

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¿Conoces esa sensación que te pellizca la nuca cuando estás a punto de golpearte el dedo meñique de tu pie descalzo contra un mueble escondido en la oscuridad de la noche? Pues esa fue, precisamente, la sensación que tuvo Frank aquel día al despertar.

Era un día de primavera y, tras desperezarse y frotarse sus hinchados ojos, decidió comprarse una tortuga. Frank era un hombre de unos 45 años. Soltero amargado, homosexual y adicto a los antidepresivos. ¿Te haces una idea? Perfecto, pero no te lo imagines calvo y gordo, ¿vale? Lo cierto es que se parecía bastante a Jesucristo, ya sabes: pelo castaño y largo, delgado y con gesto serio. Aunque sin llagas en pies y manos, claro.

Aquel caluroso día de la primavera de 1997 Frank se vistió tan rápido como pudo y salió de su casa en dirección a la tienda de mascotas que había tres manzanas más allá de su calle. Allí, se entretuvo mirando los peces, con sus interminables persecuciones y besos, y sus llamativos colores. Pasó junto a unas vitrinas llenas de cachorros de perro, que saltaban y lloriqueaban desesperados por llamar su atención, como si fueran un puñado de estudiantes de periodismo recién salidos de la facultad. También se detuvo a mirar un enorme bicho verde que le observaba inmóvil desde una rama, dentro de un terrario. Frank interpretó que se trataba de un ser de otro planeta que había capturado la NASA tras un asalto armado a la estación espacial Mir, con el objetivo de robar vodka, papel higiénico y seres extraterrestres enjaulados por los soviéticos.

Estaba claro, eso explicaría el misterioso incendio de la Mir en febrero de aquel año, pensó.

Frank llegó hasta el mostrador y estuvo 57 segundos mirando sin pestañear al vendedor. Este, desconcertado y un tanto intimidado, miraba sonriente en todas las direcciones. Pero Frank no apartaba la vista de sus ojos. El vendedor repitió una docena de veces:

–¿Puedo ayudarle en algo? –al parecer, cuando aprendió su oficio solo tuvo que memorizar esta pregunta y el índice de mortalidad por mordedura de pez de colores (que por aquel entonces, a finales de los años 90, era bastante bajo).
Pero Frank seguía mirándole fijamente, con el rostro serio. Transcurrido el tiempo antes mencionado, sus labios esbozaron una media sonrisa y articularon una sola palabra:

–Tortuga.

–¿Quiere una tortuga? –dedujo el vendedor, tras una inteligentísima reflexión, puesto que esta pregunta no la había memorizado en la universidad, cuando estudió la carrera de Venta y Maltrato de Mascotas. No, en el temario solo entraba “¿puedo ayudarle en algo?”, junto con el índice antes mencionado y un par de cosas más.

Frank asintió.

–¿Cómo la quiere? –dijo el dependiente.

–Tortuga –se limitó a responder Frank.

–Em…sí, claro. Una tortuga… ¿de agua o de tierra? –palabras como “acuática” o “terrestre” quedaban muy lejos del argot de los licenciados en Venta y Maltrato de Mascotas, como ya habrás deducido. Bien hecho. Sigamos.

–Tortuga –insistió Frank. Y no es que no supiese decir otra palabra, sino que la emoción de estar comprando una mascota (¡Él, una mascota!), unida al fuerte olor a excrementos que había en aquella tienda y a la dosis habitual de antidepresivos que había tomado para poder levantarse de la cama, hacía que estuviese más atontado que de costumbre. Además, Frank no podía dejar de imaginarse a sí mismo siendo penetrado por el apuesto vendedor, bajo la atenta e indiferente mirada del ser extraterrestre capturado por los soviéticos. Y claro, todas aquellas turbadoras sensaciones se le agolpaban en la garganta, impidiéndole mostrar sus dotes de interlocutor sociable.

Por su parte, el vendedor estaba cansado de obtener siempre la misma respuesta, fría y concisa, así que decidió elegir el animal él mismo. Se acercó al acuario donde las tortugas nadaban y se apiñaban y escogió una al azar, con la misma expresión depredadora que probablemente pone Dios cuando señala a una persona para que cumpla su voluntad. Metió al animal en una bolsa de plástico con una minúscula cantidad de agua y se la entregó a su nuevo dueño. Este sacó su dinero, se lo entregó y finalizó así la transacción. Frank abandonó la tienda de mascotas con una tortuga embolsada, una sonrisa de oreja a oreja y su virginidad anal intacta.

Ya en la calle, Frank estaba tan emocionado que decidió ponerse a silbar. Buscó entre su repertorio de canciones silbadas, pero enseguida descubrió que éste era muy reducido.

Sabía silbar el Réquiem de Mozart, aunque no creas que porque tuviese algún tipo de cultura musical. No, Frank recordaba la melodía por un anuncio televisivo de crema para las hemorroides. “Aplíquese Hemo-Red en su zona íntima y disfrute de la vida más que el propio Mozart”. Por desgracia, este anuncio originó numerosos casos de personas que se habían aplicado el ungüento en los genitales. Vaginas secas e irritadas. Penes flácidos de por vida. Sí, a la empresa Hemo-Red le costó una fortuna pagar a los abogados para hacer frente a las demandas. Acabaron ganando todos y cada uno de los juicios y no compensaron de ningún modo a los doloridos demandantes, los cuales tenían por entonces un serio problema para caminar con dignidad o para tener relaciones sexuales, sumado a su anterior y persistente problema de hemorroides. La única consecuencia para la empresa fue la obligación de concretar la localización de la “zona íntima” en su posterior publicidad.

Por todo ello, Frank decidió que la Misa de Réquiem no era la canción idónea para expresar su alegría, no fuera a encontrarse con algún damnificado por la crema patrocinada por el compositor austriaco.

Finalmente, decidió silbar la insoportable música de un anuncio de teléfonos móviles. Eso sí que era música, pensó Frank para sus adentros. Además, aquella compañía telefónica no había sido demandada por daños y perjuicios contra los genitales de sus clientes. Al parecer, el origen de los tumores cerebrales causados por las antenas instaladas por esta empresa era más difícil de descubrir que el origen de la sequedad vaginal de las clientas de Hemo-Red. ¿Te lo puedes creer? Sí, que Dios bendiga a la comisión para la responsabilidad publicitaria.

Frank subió las escaleras de su casa y entró en su “dulce dulce hogar” (qué gran idea había sido comprar un felpudo con una frase tan original como esa, pensó el “dulce dulce protagonista” de esta historia). Se dirigió a la cocina y puso a su nueva mascota en un recipiente de plástico transparente con agua, no muy amplio, pero acogedor. El animal empezó a nadar y a buscar la salida, lo cual volvió a Frank loco de alegría. Se sentía como un padre cuando ve a su bebé por primera vez.

Pasó media hora embelesado con su mascota, mientras las lágrimas de pura felicidad corrían por su cara y caían sobre el caparazón de la tortuga. Transcurrido el momento de emoción inicial, Frank decidió darle de comer a su nueva y única amiga.  La comida que había comprado para ella era especial para tortugas, y consistía en camarones secos y pequeñas bolitas de pienso.

Al ver los pequeños camarones, Frank pensó que se trataba de larvas de escarabajo pelotero. Estos escarabajos hacen bolas con los excrementos de otros animales y depositan en ellas a sus crías. ¿No sientes cierta empatía por ellos? No sé, a veces me siento como una larva de escarabajo pelotero. Siento que mis padres me depositaron en esta enorme bola de mierda llamada Tierra, obligándome a comer los excrementos de individuos más fuertes que yo, e intentando ingerir más cantidad de mierda que mis congéneres para llegar más lejos en la vida. Así es como Frank se sentía, más o menos.

Dos meses después, la tortuga (a la que su dueño había decidido llamar Tortuga) había aumentado considerablemente de tamaño, y Frank había reducido su dosis diaria de antidepresivos. Tortuga era una verdadera terapia para él. Le hacía sentir ganas de vivir, le daba un sentido a su triste y hasta entonces solitaria vida. Era genial.

Tortuga vivía entonces libre por la casa, y le encantaba esconderse bajo el sofá. Comía casi un bote de camarones diario, además de otros caprichos culinarios que le daba su atento dueño.

Sí, Frank cocinaba para ella. Pollo asado, chuletas de cerdo, pato a la naranja… el tamaño del animal aumentaba día tras día, gracias a la ingente cantidad de alimento que ingería.

Al poco tiempo, ni siquiera cabía bajo el sofá. Medía cerca de un metro de largo, y Frank casi había superado su adicción. Dado su espectacular crecimiento, la casa se le estaba quedando pequeña, así que Frank pensó que debía sacarla a pasear por el parque. Allí, la gente se quedaba atónita al ver a un galápago de tal envergadura paseando junto a un hombre tan extraño. No sé qué era más desconcertante: una tortuga enorme paseando por un parque o la expresión facial de Frank, cuya mandíbula prácticamente estaba desencajada en una siniestra mueca de felicidad.

En el parque, los niños se divertían montando sobre el animal, al tiempo que gritaban y agitaban sus brazos como si fuesen cowboys. Pero en un descuido de uno de ellos, Tortuga le mordió la mano, arrancándole dos dedos de un solo bocado. El muchacho chilló de dolor y salió corriendo, aterrorizado, mientras su mutilada mano sangraba. Los demás niños salieron detrás de él, temiendo correr su misma suerte.

Todo había sucedido tan deprisa que Frank se quedó petrificado. Pero reaccionó rápido, guiado por el miedo a que llegase la policía y le quitase a su mascota. La cogió, no sin cierta dificultad por su imponente peso, y corrió como pudo hasta casa. Allí estarían a salvo. Una vez en el piso, Frank no podía dejar de reír. Era una risa histérica. ¡Su amada Tortuga estaba probando dietas alternativas!

Nuestro dulce dulce protagonista estaba tan excitado por lo ocurrido que comenzó a masturbarse en el salón, mientras miraba a su mascota. En el momento de eyacular, dirigió sin querer su semen hacia el animal y, para su sorpresa, Tortuga abrió la boca y se tragó el fluido de su dueño.

Aquella noche Frank casi no pudo dormir. Era tan feliz…

Al día siguiente, Tortuga había crecido tanto que incluso Frank quedó sorprendido. Fue entonces cuando un pensamiento surgió en su desquiciada mente para quedarse: la carne humana y el semen eran dos alimentos tremendamente nutritivos, por lo que a partir de entonces serían la única dieta de su mascota.

Esa calurosa mañana de agosto, Frank bajó al supermercado a comprar comida para él. Pan, huevos, patatas, etc. Allí se sentía muy incómodo, como cada vez que se alejaba de su querida Tortuga. Al volver a casa, se encontró a un vecino en el portal. Se trataba del Hermano James, el vecino del sexto, quien saludó con timidez a Frank mientras se montaban juntos en el ascensor. El ambiente estaba cargado. Hacía semanas que Frank no se duchaba (no había tenido tiempo) y el calor veraniego se les pegaba como un caramelo chupado por un viejo desdentado. El ruido de los mecanismos del ascensor y el zumbido del fluorescente que parpadeaba sobre sus cabezas se amplificaban en la mente de Frank, formando un bucle que iba y venía, cada vez más fuerte. Cada vez más insoportable. Y en el centro de esa espiral de locura dos palabras: carne humana.

Sus bolsas de la compra cayeron al suelo y con un rápido movimiento, que por supuesto pilló por sorpresa al Hermano James, Frank se abalanzó sobre su vecino y comenzó a golpearle con gran violencia. Hundió sus puños en la cara del aterrorizado hombre una y otra vez, mientras mordía los brazos que le intentaban detener desesperadamente. Una vez que lo tuvo en el suelo, lo pateó con fuerza hasta que dejó de gritar. Tras dejarlo inconsciente, Frank lo asfixió con violencia, saboreando su victoria. La sangre corría por sus manos, y manchaba el espejo y las cuatro paredes del ascensor. Había sangre en los botones y en el suelo. Entonces Frank miró su reflejo. Estaba sonriendo. Tortuga estaría contenta por lo que él había hecho.

Arrastró el cadáver del Hermano James fuera del ascensor y lo condujo hasta su dulce dulce hogar. Abrió la puerta y avanzó por el pasillo estirando de la camisa de su víctima. Tortuga asomaba ya la cabeza por la puerta del salón (¡qué olfato tiene!, pensó Frank). Una vez en la sala, dejó el cuerpo en el suelo y se sentó en su sillón para disfrutar del espectáculo, al tiempo que Tortuga estiraba su largo cuello y abría sus poderosas fauces. En menos de tres bocados había desfigurado por completo la magullada cara del hombre, y valiéndose de sus fuertes garras fue despedazando el resto de la cabeza.

¡Cómo estaba disfrutando Frank con todo aquello! Era tal el placer que sentía viendo aquella carnicería que no pudo evitar desnudarse y comenzar a tocarse. Se acariciaba suavemente, sin perder de vista los violentos movimientos de su amiga. El animal despedazaba músculos, tendones y huesos con facilidad, y tenía el caparazón cubierto de vísceras y sangre.

Frank aumentó la intensidad de sus sacudidas, ya estaba muy cerca. Tortuga estaba tratando de tragarse un pulmón entero cuando Frank eyaculó, salpicando lo que quedaba de cadáver con su semen. Con el pulmón ya en su estómago, el galápago empezó a lamer con delicadeza el dulce dulce postre que su amo le había dejado, y Frank lloró como un chiquillo. Si existe Dios, pensó, esto tiene que ser obra suya.

Por la noche no podía dormir. Daba y daba vueltas en la cama, empapado en un sudor agrio y espeso. Eran las 3 a.m. cuando, en uno de sus desesperados movimientos por encontrar una postura que le permitiese huir del calor asfixiante, quedó de frente a la puerta del dormitorio. Con un ligero chirrido, ésta se abrió.

Era Tortuga: su amor, su razón para vivir. ¿Venía a darle las gracias por el festín? La cabeza del animal estaba erguida, y sus ojos brillaban más que nunca a la luz de la luna. Se acercó a la cama y Frank alargó el brazo para acariciarla, pero en menos de un segundo su mano se hallaba atrapada por las fuertes mandíbulas del animal. Sin embargo, no le hacía daño, no era un mordisco mal intencionado. Sencillamente le tenía sujeto. Comenzó a estirar de él y lo tiró de la cama. Una vez en el suelo, una de sus garras se clavó en la espalda de su dueño, aplastándolo contra la moqueta.

Frank estaba perplejo. Tenía miedo, pero el amor que sentía le hacía dar gracias al cielo por estar tan cerca de ella. Tortuga se subió encima de él y sus fauces soltaron la mano que hasta entonces le había dado de comer para sujetarle esta vez por la nuca. Frank notó entonces cómo iba deslizándose el pene del animal entre sus nalgas, rasgando su pijama. Era un miembro grande, duro y viscoso, y se estaba abriendo camino por el interior de su ano, arañando las paredes de su recto.

Las embestidas eran cada vez más fuertes y dolorosas, mientras Frank gritaba de placer. Su cabeza seguía sujeta por las mandíbulas de su horrible creación, y la presión de estas aumentaba por momentos. Sus pensamientos comenzaban a nublarse. Notaba la sangre corriendo entre sus piernas y sus gritos retumbaban entre las paredes del dormitorio, formando un frenético torbellino alimentado por su demencia. Dolor. Placer. Pavor. Éxtasis. Angustia. Sexo. Sí, amor. Un zumbido insoportable crecía en su cabeza aplastada por Tortuga. Todo había terminado para él. Estaba ciego. Ya no podía sentir el tacto de la moqueta, ni oler el nauseabundo olor de su sudor, ni oír siquiera sus propios gemidos.

El pitido se perdió en el eco de sus pensamientos cuando sus ojos miraban al infinito. Había sangre por todas partes. Frank estaba solo, sentado en el suelo, apoyado contra la pared. Hacía semanas que no comía, que no veía la luz del sol. Hacía demasiado tiempo que no miraba conscientemente a su alrededor.

Parpadeó. Estaba desorientado y desnutrido. Sus ojos se pasearon como en un sueño por su habitación y se detuvieron en una pequeña piedra puntiaguda que estaba a medio metro de sus pies.

Con sus últimas fuerzas, alargó su huesuda mano y la cogió. Pero para su sorpresa no se trataba de una piedra, sino de un pequeño caparazón de tortuga. Estaba repleto de sangre. No podía creerlo. No quería ver todo aquello.

Esta vez sus ojos no le estaban engañando: era una tortuga muerta, putrefacta. Sus manos sin uñas acariciaron con ternura el rugoso caparazón, y dos lágrimas brotaron de sus enrojecidos ojos y resbalaron por su cara llena de cortes. De las venas de sus brazos todavía brotaba un hilo de sangre. Estaban seccionadas, y la mayoría de sus dientes yacían esparcidos por el suelo.

Aquel caparazón le había protegido de la realidad, había vivido feliz allí. Pero era hora de volver a lo que algunos se atreven a llamar vida, y ningún caparazón de tortuga puede salvarte de la cruda cruda realidad. Cerró los ojos, tratando de buscar la mirada brillante y curiosa de su amiga. Separó los labios por última vez y emitió un leve lamento, un susurro suave cargado de amor:

–Tortuga.

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