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Contracrónica Le Monegre

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¿Cómo acabó mi tortuga bailando country la mañana del domingo? Como en las grandes historias de bar contadas por los amantes del carajillo, empecemos por el final.

Volvimos del Monegros Desert Festival cansados y satisfechos a partes iguales. Tras muchas horas de desfase al más puro estilo videoclip-molón (con macizas por todas partes, saltos a cámara lenta, disfraces bizarros, zapatillas machacando el polvo, etc.), y con varias metáforas y rollos autocomplacientes rondándonos la cabeza, llegamos a Zaragoza. Radio Soulwax zumbaba desde los inofensivos altavoces del Seat León plateado, amplificando nuestra satisfacción y arrinconando al cansancio. Serían las 9 y pico de la mañana cuando dejamos al Sr. Millán en casa y nos fuimos a mi terraza, Monster Driver y yo, para analizar la situación.

¿Todo bien? Sí, aunque solo se trata una suposición, claro. La temperatura rondaba los 26 grados y soplaba una ligera brisa rejuvenecedora, así que nuestros pensamientos comenzaron a ordenarse un poco.  Lo suficiente al menos como para entablar una conversación relativamente “equilibrada”. O lo que la gente entiende por “equilibrado”, ya saben: “Bla bla bla (risas de lata) y ¿te acuerdas de cuando bla bla bla? (más risas)”. Como suele pasar, cada tema del que hablábamos se acababa convirtiendo en un eslabón más de la imprevisible cadena discursiva que llevábamos entre manos. Si te esfuerzas lo suficiente, puedes desenmarañar el hilo argumental de los últimos diez minutos, pero es imposible saber dónde acabará llegando esa cadena. El siguiente podría ser un eslabón profundo o una auténtica gilipollez.

Nosotros acabamos buscando en Google imágenes de Willie Nelson con Julio Iglesias (que al parecer eran colegas como Michael Jackson y E.T., aunque cuando los ves juntos nunca sabes cuál de los dos está de coña). También encontramos un vídeo en Youtube en el que estos dos personajes comparten escenario para cantar To all the girls I’ve loved before, cada uno en su estilo. ¿Profundidad o mamarrachada? Juzguen ustedes mismos. El caso es que nos pareció muy gracioso.

La cosa no acabó ahí. Con la voz seductora de Julio, de la que por cierto era fan declarado Sadam Husein, y el ritmo country de W. Nelson; mi tortuga enloqueció por completo. Quizá llevase un tiempo chapoteando en plan esquizofrénico, pero el caso es que nos dimos cuenta entonces. Y claro, nos pareció sumamente gracioso. Seguramente a mis vecinos no. Pero ¿qué sabrán ellos de epic feats musicales? Ellos solo entienden de taladros mañaneros, así que deseché la idea de que fuésemos molestia alguna para nadie.

Con el diafragma todavía dolorido, entramos en mi casa y nos dispusimos a viciarnos a la Play Station 2, concretamente a uno de derby de demolición para rednecks: Driven to Destruction. Country del demonio, pensé.

En ese momento sonó el timbre. Se nos paró el corazón. La amenaza paterna hizo su aparición en la escena, bañada en sudores fríos entre un montón de basura desordenada y las ruinas de lo que un día fue un hogar del Primer Mundo. Por suerte, Dios creyó que merecíamos una segunda oportunidad y se materializó allí para echarnos una mano: “Buenos días, estamos organizando una asamblea para los vecinos en el Príncipe Felipe, ¿puede abrirme?”. Incapaz de pensar claro, pulsé el botón y le abrí la puerta de abajo a la voz. Me asomé al descansillo y, sencillamente, flipé.

Frente a mí apareció un hombre rollizo con corbata y camiseta de manga corta, cogido de la mano con una preciosa niñita rubia de unos dos años que no parecía ser su hija (¿Secuestro Express? ¿Haberle abierto la puerta me convertía en cómplice del crimen?).

-Hola, vengo a traerte La Verdad. Vamos a hacer unas asambleas en el Príncipe Felipe del 26 al 28 de julio.

La niña me acuchilla con una sonrisa de portafotos y el gordo con corbata me extiende un folleto, plagado de fotos del Altísimo bajo el título: “La palabra de Dios es la verdad”. Toma rollo espiritual a las 12 de la mañana de un domingo.

Conseguí articular un puñado de palabras sin mucho sentido, algo así como: “No, yo es que no, que hoy, el propietario de la casa…”; mientras interponía mi puerta entre lo que quedaba de mi alma y la mirada de la niña. Una criatura que en mi mente había pasado poco a poco de víctima a secuestradora encubierta.

Volvimos al Driven to Destruction. Una hora y media después, con las retinas chamuscadas, decidimos poner el canal Aragón HD para tratar de dormir un rato. Estaban echando el documental Camino del Ebro. Imágenes aéreas de parajes naturales. Todo parecía indicar que nuestro merecido descanso después de un día entero de Festival y mañaneo iba a llegar por fin.

Nada más lejos de la realidad. Tuvo que aparecer Juan Bolea con un pelazo noventero y una voz tan profunda como la de Mufasa para narrar el documental, con el Ebro a sus espaldas. Las lágrimas de tanto reír brotaron y rehidrataron nuestros ojos. Un final perfecto para una de las noches más locas de mi vida. Ya estábamos listos para dormir.

Mañana contaremos cómo acabamos así. Qué fue de nosotros en el Monegros Desert Festival. Pero, como en las grandes historias de los amantes del carajillo, creíamos que era importante contar primero el final.

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