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Crónica Monegros Desert Festival 2013

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Le Monegre: "Pa' repetí"

Estaba yo en calzoncillos, tirado en el sofá de mi casa, cuando sonó el timbre. El Sr. Millán y Kike Monster Driver hicieron su triunfal aparición, trajeados con el atuendo festivalero por excelencia: gafas de sol gigantes, camiseta molona en plan “miradme todos, soy un tío guay” (reclamo especial para comebolsas y borrachos, nuestro público objetivo), pañuelo de motero, pantalones cortos y zapatillas viejas.

La cuenta atrás estaba llegando a su fin. Tres, dos, uno. El Monegros Desert Festival nos esperaba. Comimos algo de pasta y helado, me di una ducha fría y nos metimos en el Seat León plateado. Enfilamos la avenida Cesáreo Alierta y, parados en un semáforo, nos emparejamos con un Honda Civic rojo en el que iban tres enormes sonrisas.

–Esos tipos van a Le Monegre, seguro –comenté.

Efectivamente, a la altura de Bujaraloz volvió a pasarnos el mismo coche, con las mismas sonrisas en su interior. Junto a ellos, un millar de vehículos transitaban la AP-2 en una misma dirección: Candasnos, la Gran X Incandescente grabada a fuego en nuestras mentes.

Llegamos al parking sobre las 6 de la tarde y fuimos recibidos por un Sol criminal. Bueno, estábamos en el desierto, así que aquello tampoco nos importó demasiado. Ron llamó en ese momento para decirnos que estaba “en la tercera fila de coches” y que acudiésemos allí a beber. Ante nosotros se extendían cientos de metros de explanada desértica hasta arriba de coches y furgonetas de todos los colores. Y aquello solo era el Parking 2, el pequeño de los dos que habilita el festival. ¿La tercera fila empezando por dónde? Ninguno de nosotros tres creemos en los milagros, así que desechamos la idea de encontrarle al momento.

Decidimos dar un paseo, para tomarle el pulso al ambiente, y dos filas de coches más allá de la nuestra apareció Ron. Primer Milagro según San Mateo. Dios te salve María, llena eres de gracia. Arrastramos hasta allí nuestra nevera azul años 80’s y comenzamos con el Vodka-Naranja y el Monster. Amén.

Se acabó la primera bolsa de hielos cuando faltaba media hora para que empezase Dave Clarke, así que tuvimos que meter quinta y dejar de saborear tanto las malditas bebidas. También nos tragamos unos medios bocadillos de paté con salchichón y longaniza, en plan vegano socioconsciente, y nos plantamos en la puerta donde se recogen las acreditaciones de prensa. Nos acabamos el litro, o al menos lo intentamos, y entramos, ahora sí, al Monegros Desert Festival.

El Sr. Millán no iba acreditado esta vez, pero se había cogido una entrada VIP, muy en su estilo. Es un tipo elegante. Nos encontramos con él dentro, dejamos las cosas en la taquilla y nos colocamos en la primera fila del Burn Main Stage.

Clark Kent

–1.000 pavos si le sacas una foto sonriendo a Dave Clarke –le dijimos a Monster Driver.

Se coló en la zona de fotógrafos, entre el escenario y el público, y trató de superar el reto. No hubo milagro esta vez, aunque por otro lado consiguió la atención de un grupo de macizas francesas que, con sus vaqueros medio-culeros y sus escotes más que generosos, estaban compitiendo por calentar al personal con el Sol del atardecer. Al parecer, creían que mi colega era un fotógrafo oficial, y que si enseñaban cacho saldrían en el vídeo promocional del año que viene. Ilusas. España muy loco, fiesta, toros, olé.

Sí, estábamos rodeados de chicas bonitas, por utilizar la jerga al uso, pero al Sr. Millán solo le hablaba una cuarentona de tetas aplastadas y piernas como robustas columnas dóricas. Todo por culpa de su camiseta de Sons of Anarchy, que atraía tanto a gente con criterio como a Uruk-hai de todas las edades.

Dave Clarke seguía a lo suyo, tirando a dar con matracadas bastante guapas, como dicen los eruditos. Recuerdo que Millán dijo:

–Como le meta zapatilla, el resto de DJ’s van a parecer Manolo Escobar.

Por suerte, el británico pareció entender que todavía eran las 8 de la tarde y la sesión fue más bien una bienvenida al festival, aunque siendo fiel a su estilo. Como suele pasar con los grandes artistas, Dave Clarke tenía guardado un as en la manga para el final: un remix de La Marcha Imperial de John Williams (Star Wars Episodio V: El Imperio Contraataca). Nosotros habíamos traído una máscara de Darth Vader, así que nos pareció una alusión directa del destino, pero en ese momento estaba en la mochila que habíamos dejado en las taquillas. Podríamos haber triunfado si la hubiésemos llevado puesta, pero tampoco le dimos más vueltas: aquello acababa de empezar, y teníamos la certeza de que la noche nos daría más oportunidades de victoria.

Le Justicie

Después llegó el turno de Justice, que pincharon en el mismo escenario, así que no tuvimos que andar nada. Los franceses (y francesas) que habían estado compartiendo primera fila con nosotros en Dave Clarke enloquecieron cuando subieron sus compatriotas. Tiraron de bandera tricolor y armaron bastante escándalo, lo cual estuvo bien por un tiempo, pero al final se hizo pesado aguantarlos y nos obligaron a retroceder unos metros. No importa, Justice dio un buen espectáculo mientras anochecía en el desierto y caían unas tímidas gotas de lluvia, y eso nos motivó igual en décima que en primera fila. Además, habíamos cogido ya la máscara de Darth Vader y otra de Batman, lo que te convierte con cierta facilidad en el Puto Amo en según qué situaciones. Aquella era una de esas situaciones.

Posiblemente entre Monster Driver y yo, que nos las íbamos turnando, nos hiciéramos más de cincuenta fotos con desconocidos. Llegaban, bailaban un rato a tu lado y te gritaban algo en un idioma que podría ser perfectamente inventado. Por suerte, la mayoría  acompañaban el grito morlock con el gesto universal de fotografía: cámara invisible al ojo y sutil movimiento con el dedo índice. “Sí, claro” o “Yeah”, respondíamos, aunque ya te encontrabas cogido de los hombros por uno o dos tipos, así que daba un poco igual lo que les dijeses. Al final, chocabas las manos y cada uno seguía con su baile (o lo que fuera aquello). Buen rollo.

Es extraño, pero a veces puedes sentirlo. Dicen que somos una juventud apática, que no tenemos valores ni ideales. Hemos crecido con el pico de la civilización, casi siempre lo hemos tenido casi todo, y ahora no nos queda más que una cuesta abajo de la que no esperamos nada. Pero hay momentos en los que sientes que formas parte de algo, que estás a gusto y tus problemas parecen más insignificantes.

Sí, quizá seamos una generación demasiado superficial, o puede que tan solo necesitemos unas horas para ser libres. A lo mejor lo único que necesitamos es sudar, gritar, saltar, beber y fumar, bailar, destruir el mundo y volar sobre sus ruinas. El desierto se convirtió para nosotros en un lugar en el que disfrutar de nuestra libertad con otros miles de jóvenes acorralados por problemas parecidos en su día a día, viniesen de donde viniesen.

Wonderwall

Esa sensación de buen rollo se amplificó con Underworld, que subieron al Burn Main Stage sobre las 11.30. Su música ambiental y la predisposición del público, entregado desde el primer minuto, dio como resultado un concierto memorable. El calor extremo se había disipado con las escasas gotas que habían caído en Justice, y la suave brisa que fluía por la explanada principal a media noche nos aclaró los pensamientos. Bebimos todo el aire fresco que pudimos y nos preparamos para encarar el resto del festival. También Underworld tuvo un final apoteósico: “Drive boy dog boy, dirty numb angel boy…”. Como era de esperar, la canción Born Slippy (el tema principal de la peli Trainspotting) prendió como la pólvora. No es ni mucho menos su único temazo, como mucha gente piensa, pero sin duda es la piedra angular del grupo británico. Ellos lo saben tanto como nosotros, así que cerraron su espectáculo con ella y amplificaron nuestra sensación de haber vivido algo grande. Nos habíamos perdido a Public Enemy, que habían estado a la misma hora en el San Miguel Tent, pero estábamos satisfechos con el cambio.

Después de esto, necesitábamos un poco de relax, así que decidimos oír a Richie Hawtin desde la zona de prensa. Nos sentamos en unas sillas, fumamos unos cuantos cigarros y bebimos algo. A los quince minutos llegaron un grupo de franceses VIP (muy parecidos a los franceses normales, pero con acceso a champán), y se sentaron con nosotros. Recuerdo estar hablando en inglés con un chico de Toulouse muy simpático, que me invitó a un par de vasos, mientras mis dos compañeros se aplicaban con las cinco chicas del grupo, todo bajo la atenta mirada autista del otro francés que iba con ellos. Reímos y nos divertimos durante un tiempo, pero todo acabó cuando las chicas se enteraron de que no teníamos MDMA. Se levantaron rápidamente y nos dejaron solos con el chico de Toulouse y el autista. Maldijimos a aquellas comebolsas y salimos de allí,  rumbo a la carpa de San Miguel Tent.

Quedaban unos minutos para que empezase Vitalic, y eso se notaba. Era prácticamente imposible acercarse a menos de veinte metros del escenario, y el calor era asfixiante.

Abanico en mano, que previamente habíamos rescatado del suelo, nos hicimos un hueco y esperamos. Los focos comenzaron a lanzar láseres multicolores y los aullidos del público se sumaron a un estridente sonido blanco. Un, dos, tres, flash. El sonido se convirtió en ritmo y la carpa empezó a vibrar. El Sr. Millán había leído nosedónde que el espectáculo de luces que traía Vitalic era increíble, pero eso es quedarse muy corto. Tanta luz te desorientaba, y al mismo tiempo te teletransportaba a una dimensión sideral. La música transmite sentimientos y sensaciones que a menudo es difícil expresar con palabras. Cuando a esa música se le une un juego de luces como aquel, es muy probable que te sientas más cerca del cielo de lo que jamás creíste que llegarías a estar.

A mitad de concierto, cuando el sudor me caía por la cara, una chica con un look rollo Skrillex (gafapasta sin cristales, dilataciones y pelo largo con media cabeza rapada) surgió de entre las sombras para darme aire con su abanico. El nuestro lo llevaba desde hacía media hora Kike Monster Driver, y cualquiera se lo quitaba con las pintas que llevaba entonces: sin camiseta, pelo en pecho, con la máscara de Batman y el rostro desencajado. No parecía importarle que nos estuviésemos cociendo en nuestro propio jugo, pero por suerte allí estaba aquella muchacha pelirroja para abanicarnos. También nos dio de su Red Bull y un hielo para masticar. ¿Se trataba de nuestro ángel de la guarda? En principio no lo descartamos. La actuación de Vitalic llegaba a su fin, y tras un repaso completo a su nuevo álbum, Rave Age, y a sus temas de siempre, cerró repitiendo con Stamina. Que un DJ repita dos veces la misma canción solo porque es la más famosa del momento me parece un poco mierder, pero después del show tan brutal que nos había brindado, nadie podía quejarse. Y tampoco nos vamos a poner tiquismiquis.

V de Vitalic

Serían las 3 de la mañana cuando salimos de aquella carpa infernal y la fresca caricia de la noche nos produjo pequeños orgasmos en cada uno de los poros de nuestra piel empapada en sudor. Durante los cinco minutos que tuvimos de cobertura desde que había empezado el festival, recibimos una llamada de nuestro amigo Ron, que vagabundeaba perdido por allí. Nos dio unas indicaciones más o menos precisas y nos encontramos.

Todavía no habíamos cenado, y el medio bocadillo de paté con salchichón y longaniza que nos habíamos arreado antes de entrar debía de ir por entonces cerca del colon. Dicho de otro modo: teníamos más hambre que el perro del afilador. Nos dirigimos pues al único lugar donde podían satisfacernos en ese menester: el puesto de Telepizza. El mozo que nos atendió era amigo mío del pueblo, así que la suculenta pizza familiar de carbonara nos salió prácticamente por la cara. Segundo Milagro según San Pablo, amén.

Nos sentamos en una mesa que había libre enfrente del escenario principal (Burn Main Stage), y nos comimos la pizza como si se tratase de la cara de un policía y nosotros fuéramos Hannibal Lecter en El Silencio de los Corderos, mientras empezaba la actuación de The Bloody Beetroots. Este grupo no estaba marcado en nuestra lista, pero en seguida fuimos conscientes de nuestro error.

Todo comenzó con unos movimientos incontrolados de rodilla. Sentados dos a cada lado de la mesa, pronto empezamos a mirarnos unos a otros, sin decir gran cosa pero comprendiendo lo que estaba pasando: la música que venía desde el escenario era LO MEJOR que habíamos oído en todo el festival, y eso era decir mucho.

De la pizza carbonara ya no quedaban ni los bordes, así que nos levantamos y fuimos dando saltos hasta la mitad del público congregado en aquella explanada. The Bloody Beetroots, con sus máscaras de Venom, estaban metiendo una matracada de nivel supreme, y el suelo era el de un castillo hinchable donde nadie podía dejar de dar botes. La música jugaba alternando calma con explosiones de adrenalina, notas de piano con gritos salvajes. La percusión del grupo de electrónica era una batería corriente, y el tipo que la manejaba saltaba y hacía amplios movimientos para golpearla furiosamente con sus baquetas. Por su parte, el cantante-DJ no paraba de saltar salvo para tocar el piano, y su siniestra sombra se extendía desde el nombre luminoso que había al fondo del escenario hasta la última fila del público.

Nuestra sensación era de total dependencia, podían hacer lo que quisiesen con nosotros. Y querían que saltásemos más y más alto. Hágase su voluntad, pensé.

Terminó y las caras de satisfacción nos rodeaban. Ron quería salir al parking  para beber con sus amigos, así que decidimos acompañarle. Pero en ese momento, alguien volvió a nublar nuestro autocontrol: The Bloody Beetroots habían vuelto al escenario para tocar unos bises. El sonido nos golpeó en la nuca cuando nos marchábamos, y rápidamente volvimos al barullo dando saltos. Ron quería irse. Hasta luego tío, le dijimos. No nos costó mucho elegir, puesto que la decisión estaba en las manos de los italianos que rompían la noche sobre el escenario. Y su consigna era la misma: saltar.

Y allí estábamos nosotros: el Sr. Millán, Monster Driver y yo, dándolo todo sobre la árida tierra del desierto; soñando que nunca acabaría aquel concierto.

Cuando por fin terminaron (ooooh), los tres estábamos exhaustos. Salimos al parking y nos bebimos un litro de vodka-naranja y unos Monster para recuperar las fuerzas. Más leña al fuego. Echamos unas risas con los colegas de Ron, que nos dijeron que Public Enemy habían estado de pena, y entramos a los últimos tres cuartos de hora de Nero. Estaban ofreciendo un recital asombroso entre velocirraptors amenazantes, peces globo nucleares y sepias psicodélicas. La Fura Dels Baus y las demás compañías de teatro, que llevaban toda la noche coloreando el ambiente, se habían reunido sobre el mar de gente durante la actuación; creando una estampa fantástica ante la que costaba trabajo mantener la boca cerrada. Un enorme dragón y un impresionante caballo cristalino destacaban entre todos los demás monstruos incandescentes.

Disfrutamos del concierto de Nero desde lo alto de la zona VIP, dominando toda la explanada y a sus marcianos habitantes. Con los ojos extasiados por la belleza de lo que teníamos delante, no podía creer que hubiese algo que mejorase aquello, pero lo había: empezó a amanecer en el desierto. Un manto verde cubrió el cielo, volviéndose cada vez más amarillo y luminoso. Tercer Milagro según San Antonio, amén.

Decadencia

Nero bajó ovacionado del Burn Main Stage y subió, ya con el sol despegado del horizonte, Len Faki. Se acabó el preciosismo. Los restos del festival estaban tratando de mantenerse en pie sobre la explanada, y el DJ alemán les atacó sin piedad. Metralleta pura. Más de lo que podíamos tragar después de 12 horas de festival. Queríamos ver a Ben Sims, que pinchaba a las 7.30, pero había que conducir hasta Zaragoza y ya íbamos con la reserva. Aguantamos media hora la zapatilla de Len Faki y salimos de allí.

Llegamos al Seat León plateado y nos hicimos unos bocadillos con lo que quedaba de longaniza y pan, poca cosa. En ese momento descubrimos que algún pataliebre se había estado haciendo unas filas de speed sobre la luna trasera, lo cual nos hizo bastante gracia dada la situación. Pasamos un pañuelo para limpiarlo y pusimos rumbo a casa, satisfechos por la experiencia que nos había brindado el Monegros Desert Festival 2013.

Pero todavía nos quedaba una última metáfora por digerir: tras recorrer unos trescientos metros de camino polvoriento desde el parking del festival, encontramos una liebre atropellada en medio del camino. Estaba siendo devorada sin piedad por un enorme cuervo, que solo soltó a su presa cuando nuestro coche estaba a menos de metro y medio de ambos.

Un animal carroñero desmembrando a otro que había sido asesinado por la fría tecnología del hombre, aquello nos dio mucho en qué pensar. Quizá ese sea el resumen perfecto de aquella noche. Quizá fuera una advertencia del desierto, salvaje e indómito; una metáfora de nuestra propia existencia, un milagro de la naturaleza. O puede que tan solo se tratase de un hecho inusual pero insignificante, leído por unos ojos demasiado cansados y amplificado por un cerebro chamuscado por el altísimo voltaje del festival.

Pocas cosas son ciertas en esta vida, y todas esas elucubraciones se perdieron entre la densa polvareda que levantó el coche al pasar junto al cadáver de la libre. Tomamos la siguiente curva y encaramos un nuevo día. Un precioso domingo soleado inundaba el paisaje, y nosotros solo éramos tres tipos con suerte cruzando el desierto.

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