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Crónica SLAP! 2015

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Bueno, creo que ya ha pasado el suficiente tiempo como para haber digerido el SLAP! (suena a excusa y lo es), y ahora toca soltarlo todo aquí, de carrerilla y sin pensar demasiado, ayudado únicamente por una maltrecha libreta llena de garabatos y jeroglíficos etílicos.

Lo primero que hay que decir del SLAP! es que, sin lugar a dudas, se ha consagrado como uno de esos eventos marcados en rojo en el calendario de todos los aficionados a la buena música de ambos lados del Ebro.

Sé que no es el momento de ponernos auto-complacientes y todo eso, porque todavía queda mucho por lo que seguir peleando y aún falta mucha gente entre el público, pero realmente pienso que el SLAP! es un claro síntoma de que estamos viviendo un buen momento musical en Zaragoza.

Tanto por la calidad de los artistas como por la variedad de estilos que presenta (todos ellos perfectamente engranados entre sí, con la música negra como hilo conductor), el SLAP! es un festival de primera división. Un verdadero lujo al alcance de cualquiera.

Pero, como digo, falta todavía mucho público. Y no me refiero a una masa de personas que van a festivales o conciertos solo para decir que han ido, porque ahora es lo que está de moda; sino a gente que lo apreciaría de verdad, pero que, ya sea por prejuicios inducidos o porque sus enormes cejas no les dejan ver lo que está ocurriendo delante de sus propias narices, están totalmente al margen de la escena musical actual. Y este año sí se ha notado un descenso de público con respecto al año pasado.

Por otra parte, el número tampoco es lo más importante. No puede medirse un festival solo por la cantidad de gente que asiste, o sea de forma cuantitativa. También hay que valorar el tipo de público, su fidelidad, su actitud, su interés por el menú que se le está ofreciendo... Y en todo esto el SLAP! le saca una o dos cabezas a muchos de los festivales que hemos cubierto.

Y dicho esto, pasemos sin más dilación a una exposición rápida de los hechos acontecidos entre el sábado 4 y el domingo 5 de julio en el Camping de Zaragoza, situado a las afueras de la ciudad, concretamente donde Jesucristo perdió las alpargatas.

SÁBADO 4 DE JULIO

Cargar hasta el camping con tiendas y sacos y esterillas y sillas. Entrar y, tras un breve vistazo del panorama, elegir un sitio bien situado (sic). Montar las tiendas. Ir a comprar comida/bebida. Y, por fin, zambullirse en la piscina. Notar cómo entra el agua en los oídos, cómo desciende la temperatura corporal y cómo los pezoncillos estilizan tu figura. Cortinilla de estrellas y partidica de futbolín.

El primer grupo que aparece apuntado en mi libreta es Picore. No es la mejor música para hacer la digestión, pensé entonces. Pero tampoco un baño inmediato en la piscina lo es, al menos según mi madre, así que de lost to the river. El trance-rock de la banda maña empezó cortando en juliana el ambiente relajado que hasta entonces habíamos disfrutado, y por ello de primeras me dio una pereza enorme prestar atención a la música que venía del escenario de la piscina. Sin embargo, poco a poco me fui metiendo en su rollo, cabeceando en el agua de vez en cuando los ritmos que marcaba el batería y los estridentes riffs de guitarra que nos lanzaban, y cuatro o cinco canciones después de su irrupción en nuestra calma, Picore fue atrapándome. La tarde pintaba bien.

Ya en la toalla, se unió a nuestra tarde de cerveza y olivas Luke Winslow, el artista estadounidense que actuaba a las 22 h en el escenario principal. No sé muy bien cómo ocurrió, pero en un abrir y cerrar de ojos apareció sentado a mi lado, y con un “hi guys, can I sit with you?” comenzamos una conversación ‘in inglis’ sobre el menú musical del SLAP! 2015, muy del gusto de todos los allí presentes. Valoré especialmente su forma de entrar en contacto con el ambiente que se respiraba en el festival, de tomarle el pulso al público que iba a recibirle aquella noche. Buen tipo este Luke, dice mi libreta.

Mientras, el sol de las 7 de la tarde había decidido no concedernos ni un respiro, así que todos los caminos posibles volvían a conducirnos al agua. Desde allí, con los codos apoyados en el bordillo y pataleando suavemente cual viejas en piscina municipal, disfrutamos del sensual concierto de Astrid Jones & The Blue Flaps. En él, bajo y guitarra acompañaban a un saxo que evocaba la banda sonora de una peli porno años 80 (de las buenas, no tipo organillo Casio). Y si a esto le añadimos la dulzura con que cantaba la guapísima vocalista negra… uno podría pensar que aquello era como hacer el amor en sueños.

Con el lento descenso del sol fue llegando una suave brisa, lo que maximizó notablemente nuestra sensación de placer cutáneo. Terminó Astrid Jones y nos dirigimos a las toallas para fumarnos el pitillo de después.

Nuestro plan entonces consistía básicamente en estar allí tirados y dejar que los acontecimientos se fuesen desarrollando a nuestro alrededor, pero un cabronazo de Florida con cuadrilla vascuence tenía planes muy distintos para nosotros. Matt Horan y compañía se habían propuesto impedir a toda costa nuestro apalanque vespertino, y en cuestión de minutos nos encontrábamos bailando country frente al escenario de la piscina, entre pacas de paja y tractores John Deere. Dead Bronco empezó arrollándonos con un sonido sureño bastante cañero, de esos que le hacen a uno perder la cabeza y sacar a bailar a su prima.

Entre su repertorio se coló una versión acertadísima del “Mind your own business” de Hank Williams, tocada con un frenesí cercano al punk y gritado con pura rabia hardcore, y varias canciones en las que, si cerrabas los ojos, podías imaginarte atropellando ciervos a la luz de la luna llena en el Cañonero de Los Simpsons. Sí señor, Dead Bronco dejó el listón muy alto cuando terminó su endemoniada actuación, y con el regusto de su música todavía dando vueltas en nuestro paladar decidimos mover a las tiendas para quitarnos el bañador y comer algo.

El menú de cena giró en torno al concepto “dieta mediterránea”: patatas fritas de bolsa, olivas rellenas de jalapeños y bocadillos de chorizo de Pamplona y queso en lonchas. Bueno, una reinterpretación más o menos fiel de la dieta. No todo va a ser aceite de oliva y verduras frescas. Mientras, debían de ser las nueve y media o así, nos llegaba un eco entre soul y funk del grupo que estaba sonando en el escenario Enlace Funk. Creo que alguien sugirió que moviésemos nuestros huesudos traseros hasta allí, pero la idea fue desechada con rapidez y sin miramientos.

Solo el folk amable de nuestro colegui Luke Winslow logró sacarnos de ese montón inmundo de basura y esterillas al que ya habíamos comenzado a llamar “hogar”. Cortinilla de estrellas y ya nos tienes entre el público moviendo los tobillos.

Además de cantar y tocar la guitarra, Mr. Winslow también le metía a la armónica de vez en cuando, pero a pesar de sus esfuerzos y del buen hacer de su banda, el público congregado para oírles era más bien escaso. No obstante, en su favor hay que apuntar que fue esta banda la que consiguió que se empezase a llenar el escenario principal, frente al cual la gente iba asentándose lentamente.

Recogió el testigo Irregular Roots, un grupo de reggae que irradiaba buen rollo desde la primera hasta la última canción que tocaron. Fue este el momento escogido por la tropa para pasar de las cervezas a los litros de cubata. Pura economía de guerra. Y dejo constancia de este hecho porque lo considero fundamental para explicar dos de mis anotaciones sobre Irregular Roots. Una buena y una mala. La buena es que su música tranquila nos aportó la calma que necesitábamos para no acabar como el año pasado (véase: esnucados en el césped antes de hora). La mala, que con el monster-ron y el vodka-redbull mi particular repertorio de bailes reggae (véase: flexión de rodillas al compás y asentir con la cabeza mientras suelto humo por la boca) se me empezó a quedar limitado a las tres canciones, lo que comenzó a generarme cierta ansiedad por escuchar algo más bailable.

Y mis plegarias fueron escuchadas, alabado sea el Señor. Llegaron los Faith Keepers como una volada de cierzo huracanado, irrumpiendo de forma explosiva en el escenario principal y arrastrando consigo al público que se amontonaba en el césped. Era evidente que jugaban en casa, y que la gente estaba familiarizada con gran parte de su repertorio, porque ya desde que anunciaron el nombre de la banda la gente cogió aire y comenzó a bailar.

Ojo a esta reflexión: los Faith Keepers son uno de esos grupos que cada vez que ves notas que han dado un pequeño salto adelante. Como si estuvieses jugando con ellos al “Un, dos, tres, chocolate inglés”, los Keepers siguen avanzando imparables. ¡PUM! Sesos desparramados por el césped del camping de Zaragoza. Sigamos.

Como todos los grupazos, desde el primero hasta el último de sus integrantes son, sencillamente, cojonudos. Sin embargo, si tuviese que destacar a dos en este concierto que dieron en el SLAP! 2015, señalaría a Borja y Pons. El primero, por su increíble voz y su actitud entregada al 100%, canta siempre como si le fuese la vida en ello. Como si cada vez fuese La Última Vez. Una especie de Roger Daltrey, un animal salvaje totalmente poseído por la música, nacido para gritarle a un micrófono y mover a la gente. El segundo, por parecer un saxofonista salido de una de esas orquestas de Chicago que tocaban en los años 60’s en los primeros clubs Playboy. Pura genialidad al saxo, también se atrevió con la flauta travesera. ¿Se puede pedir más, Señor? Claro, otro litro, por favor.

Una enorme ovación despidió a los Faith Keepers y, sin tiempo para pensar en el siguiente paso, comenzaron Sonny Knight & The Lakers. La palabra que quizá podría definir este concierto es “lujo”. Realmente me sentí afortunado de estar allí, presenciando aquello. En medio del escenario, como caído del cielo, un negro de la quinta de mi abuela estaba cantando el mejor rhythm and blues que he oído jamás en directo. Detrás, una orquesta de blancos trajeados le encumbraba a la cima del festival. Homenaje de vientos, bajo palpitante, guitarra y batería omnipresentes y teclado altamente molón (tocado por el doble de Joaquín Reyes, según mi recién llegado amigo Aitor, quien además me sugirió que dejase constancia en la crónica del paquete que se marca el cantante moreno… A ver, yo qué sé, los pantalones de pinzas subidos a las caderas también ayudaban, pero sea como sea aquí dejo su valiosa aportación).

Resumiendo, una puta pasada de banda. Un concierto de diez, a la altura de los gofres que proyectaba la iluminación del festival sobre las copas de los pinos del camping. ¡Y, para despedir, va el trompeta y se arranca a cantar con una voz de puta madre…! Quiero decir con una voz profunda, que a veces me emociono.

Quedaba un grupo más: Fanga. Pero antes quiero hacer mención a la música de los intermedios. Tal y como ocurrió el año pasado, las canciones que suenan en los descansos entre grupos, mientras los operarios montan y desmontan a una velocidad endemoniada, son el hilo conductor perfecto. En este intermedio en concreto, tengo apuntadas “Shaft”, de Isaac Hayes, y “Hurricane”, de Bob Dylan, pero a lo largo del festival también apunté “A Horse With No Name” (America), “54-46 That's My Number” (Toots & The Maytals), “Chain Of Fools” (Aretha Franklin)… Todo temazos, como dijo aquel.

Se me ocurre que en el SLAP!, las bandas traen la frescura del directo, el verdadero espectáculo, pero son los intermedios los que sintetizan la esencia musical del festival, haciendo sonar temas enlatados con etiqueta premium.

Y ahora sí, vamos con Fanga. Seré breve: no me gusta el afrobeat. Demasiada percusión. Lo cual no me impide reconocer que el grupo estuvo bastante guay y todo eso, pero lo cierto es que tenía ganas de que terminase para poder sintonizar al Pendejo y bailar con la cuadrilla hasta las mil. Pero resultó que, tras finalizar el concierto de Fanga, me encontré con una deserción en masa que ni el ejército francés en sus buenos tiempos, así que me quedé mano a mano con mi colega Aitor. A esas alturas de noche, serían las cuatro y pico, ya nos bailábamos hasta la música del telediario, de modo que tampoco nos importó demasiado la ausencia del resto. Y lo cierto es que, echando un vistazo a nuestro alrededor, el ambiente resultaba bastante acogedor para dos sonados como nosotros.

Cortinilla de estrellas y comienza a amanecer entre los pinos. La mayoría de los restos humanos, por utilizar palabras amables, que aún quedaban por allí reptaron hacia sus madrigueras, y nosotros decidimos que había llegado el momento de pillar las sillas plegables y la garrafa de agua y las patatas fritas. Aún quedaba un buen rato hasta que abriese el bar de la piscina, así que tratamos de no pensar demasiado en ello y nos pusimos en modo “saludarribazos”. O sea, que estuvimos de palique con todo aquel transeúnte reptiliano que pasara cerca de nuestro puesto de vigilancia. Una chica que necesitaba que le aconsejásemos acerca de un dilema relacionado con el exnovio de su amiga (al final le dimos un condón), un colgado que se sentía ultrajado porque, según él, “aquí de toda puta vida ha habido un puesto de salchichassss”… Vamos, lo típico. Una lectura cruda de esta nuestra sociedad.

DOMINGO 5 DE JULIO

Por fin abrió el bar, y el Aitor y yo trotamos alegremente hacia él cual zombies en The Walking Dead. En mi mente, que sonaba como un router averiado, solo había dos palabras: Ca-Fé.

Pasado un buen rato, comenzó a llenarse la terraza de la piscina, y entre esa masa de gente despeinada distinguimos al resto de nuestra cuadrilla. Bueno, a todos menos a Kike, que permanecería en su tienda encerrado hasta bien entrado el mediodía, soportando temperaturas superiores a los 85 grados y con una humedad cercana al 95%. Luego, por la tarde, se comió un pirulo tropical, pero eso ya es otra historia.

Con los dos u tres cafés con hielo basculando mansamente en nuestro interior, nos zambullimos en la piscina y permanecimos sumergidos en el agua hasta la hora del rancho.

Aquí me voy a poner serio: no sé a quién demonios se le ocurrió la idea de preparar un rancho popular (a 1€ el plato), pero si algún día me lo encuentro por la calle le voy a clavar un morreo que va a sonar como una pedrada en una puerta de chapa. Mira que me encantó la música del SLAP! 2015, pero es que con ese rancho no hay quien compita. Me quito el sombrero y aplaudo con las orejas.

Y ya habíamos empezado a divagar acerca de lo perfecto que parecía el universo desde la perspectiva que nos ofrecía aquella sobremesa (con un rancho gourmet llenando nuestros estómagos, una cerveza fría en la mano y un continuo respirar de humo), cuando subió al escenario de la piscina The Fractal Sound, un grupo zaragozano que toca una mezcla electrizante de post-rock psicodélico. Toda una experiencia extrasensorial. Literalmente (bueno, todo lo literal que podría ser esto), estábamos saltando de planeta en planeta mientras le veíamos las pelotas al mismísimo Dios por debajo de la túnica, y todo esto con los ojos cerrados. Un verdadero broche de oro para un festival de diez. Solo podíamos dar las gracias por la oportunidad de vivir algo así tan cerca de casa.

La tarde no acabó ahí, pero yo sí quisiera acabar esta crónica con este sabor a peta zetas que nos dejó The Fractal Sound (otro acierto más en el haber de la organización, tanto por el grupo como por la hora en que actuó). Otro día, si tenéis tiempo, os contaré cómo nos jalamos un whopper mientras la momia de Bob Dylan actuaba en el Príncipe Felipe (según me contaron, el concierto estuvo fetén, y yo que me alegro).

REFLEXIÓN FINAL

Llega ya el momento de la típica pregunta post-festivalera: ¿Con qué grupo te quedas? El año pasado, en el SLAP! Festival 2014, lo tuve claro por distintos motivos: Guadalupe Plata fue el nombre que se me quedó grabado a fuego entre las cejas y el flequillo. Sin embargo, este año creo que lo justo sería nombrar a cuatro grupos, en base a lo anteriormente expuesto, ya que cada uno de ellos, en mi opinión, hizo cumbre en diferentes cimas.

Atendiendo a motivos puramente artísticos, es decir por su calidad musical, mi candidato para recoger el maillot amarillo sería Sonny Knight & The Lakers.

El mejor concierto, es decir el que más me emocionó y me desinhibió de problemas y rollos, fue el de los Faith Keepers.

El que más me sorprendió, y con el que más adrenalina solté de golpe, fue Dead Bronco. Puro hierro rusiente marcando nuestros achicharrados lomos vacunos.

Y, por último, el concierto que más disfruté, como buen bolinga dominguero-piscinero que soy, fue The Fractal Sound, porque sintetizó todo lo que había ido a buscar al SLAP! 2015: sol, piscina, buena música, charla entre amigos y, sobre todo, la refrescante calma que tanto necesitaba. Sí, un merecido relax para todo aquel que, después de haber tragado mierda a paladas durante los últimos meses, hubiese decidido sacudirse las malas vibraciones durante la noche del sábado a base de bailes desencajados, para poder tumbarse a la sombra el domingo y, simplemente, respirar aire limpio. Todo esto, y alguna cosa más que seguramente se me olvida ahora, fue para mí el SLAP! 2015. Solo espero que nuestros caminos vuelvan a coincidir pronto, y que todo siga siendo como la primera vez que nos encontramos.{jcomments on}

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