Puntos de distribución
Pepe Colubi "Mientras follas sólo puedes follar, no escuchar música"
¿Qué pasa con PXXR GVNG?
Haria: Instinto de avanzar
Los bocazas
Fist Fuckin Man
Seguid gritando

Diario de un blackmetalhead en el festival Alrumbo (2016)

Compartir en MenéameCompartir en TuentiCompartir en Buzz it!Compartir en FacebookCompartir en Twitter

A P.L.R. y nuestras distancias

Primer círculo (Limbo)

Andaba yo de bajona, escuchando Blut Aus Nord y mirando los perfiles de la peña en el wasap. No me detenía en todos, sólo en los de aquella gente que parece vivir en un verano eterno. Acto seguido cogía mi muñequito y les clavaba un alfiler o pasaba el mechero por sus extremidades. Era lo menos que podía hacer, por todos a los que nos habían robado esas fotos y, como mucho, sólo teníamos un fin de semana de vacaciones en esta estación. Entonces leí un mensaje que reproduzco a continuación:

– (carita con besito) (lengua sacada) Tuuuu feooo no hagas planes pa e find que temos conseguido un pase de prensa pa un festi to wapo (diablito morado) (diablito morado) (gato enamorado)

– D k?

– Sorpresa sorpresa (tipo pálido con turbante)

El Resu había sido la semana pasada, el Inferno Metal en Noruega a finales de Junio. Intenté encontrar por Internet un festival que tuviera lugar esa misma semana e, importante, fuera capaz de darnos una acreditación a unos desgarramantas como nosotros. A ver… así a bote pronto estaba el Rock Fest de Barcelona y el alemán Bang Your Head!!!. Esperaba que no, tenían grupos potentes pero en general ese heavy ochentero no era lo mío. Desorientado, continúe torturando al muñequito; no me deis las gracias.
 

Segundo círculo (Lujuria)

– Loco cuando vengas piyam una napolitana pa desayunar y no te olvides la sombrilla q la vas a necesitar (puño hacia arriba) (gotas de agua).

Una sombrilla decía el cabrón, estaba hecho un trol del copón. Agarré mi cortavientos, lo metí en la mochila y bajé al punto de encuentro ready pa iniciar el viaje. Bosques, tormentas, casas decrépitas… mi imaginación volaba conforme sonaba mi móvil, bien cargado de mierda de Bergen, y daba tregua a mis pintas trve al permitirme llevar una camiseta sin mangas y de colorines, eso sí con calaveras y mostrando unos sobacos bien peludos.

Una vez en marcha vi que pillábamos la dirección hacia Madrid. ‘Mmm, igual vamos a tomar un avión y todo, a ver si me llega la pasta’, pensé desde el asiento trasero, palpando la portada de Los cantos de Maldoror. Mientras tanto dentro del coche retumbaban viejos temas de Wisin & Yandel e iba subiendo de tono una discusión acerca del mejor álbum de Reggaeton de la historia. Dominaba el Rey de Reyes de Don Omar, por saber combinar la crudeza de las raíces del género con unas producciones bien cuidadas y un sonido electrónico vanguardista por aquel entonces, al menos hasta que el electrolatino casposo echara por tierra su nombre. Tres horas así. Y no se me hicieron largas. Éste debía ser un viaje de introspección, de descubrirme a mí mismo, un poco como el de Jack Nicholson en El Resplandor.

Froté mis ojos. Los refroté. Era cierto, estábamos ignorando Madrid y enfilando hacia Córdoba. Sentí esas repentinas ganas de cagar del que se echa un cigarro y un café con hielo a horas intempestivas, del intolerante a la lactosa, de quien se empeña en seguir en directo los resultados electorales de este país.

– Mira co, plantéatelo así, esto va a ser como si al pavo este pirao de Mayhem lo llevaran de vacaciones a Marina d’Or.

Algo dijeron por el estilo, los cabrones tenían la cámara preparada para hacerme fotos a saco, recreándose con mi expresión propia de quien está sufriendo una apoplejía. La cual se mantuvo al ver el cartel de Sevilla. Cádiz. Chipiona. Unas seis horitas de viaje en las que no me moví lo más mínimo, con la boca medio abierta y el ojo izquierdo guiñándose solo. Miento, hubo un momento de esperanza, cuando entramos en el área de “La Luisiana” y tuve el anhelo de que realmente íbamos al festival de Phil Anselmo. Iluso.
 

Tercer círculo (Gula)

Llegamos de noche a diez minutos de que cerraran el Mercadona por el que entrábamos a Puerto Ballena, el enclave entre los pueblos de Rota y Chipiona donde se celebraba el festival. Echando a correr para pillar algo de cenar, y todavía un poco fuera de mí, compré algo así como ginebra, cocacola, espaguetis crudos y palomitas de microondas. Cualquiera lo achacaría a un simple despiste pero yo sabía que en lo más profundo de mi ser quería demostrarme mi dureza, más cuando los hijos de perkins de mis colegas me acababan de comentar que uno de los cabezas de cartel era Macaco. Mi móvil, sin datos, no podía confirmarme la veracidad de la información y a mi alrededor sólo veía domingueros en chancletas diciendo ‘pisha’ y ‘mi arma’. Tragué saliva, apreté el esfínter y para el recinto que nos fuimos.

Allí lo primero que nos llamó la atención fueron las altas medidas de seguridad, más que en cualquier otro festival. Algo que se repetiría a lo largo de los días, reduciendo sorprendentemente los follones entre tipos con pocas horas de descanso y mucha química en el cuerpo. Maldición, sin peleas al amanecer mi componente dionisiaco, mi pulsión de muerte, mi aura luciferina, mi sweet pony, no podía ser saciado. ¿Cómo iba la gente a restaurar el equilibrio cósmico tras el concierto de Macaco? Dejé la pregunta aparcada por el momento, tenía otras preocupaciones. Listos de nosotros, habíamos llegado más tarde de la hora en la que se daban las acreditaciones de prensa y no habíamos avisado de nuestro retraso –el mental iba de suyo juajijo. En fin, que no nos dejaban entrar al camping y tendríamos que dormir al raso hasta el día siguiente. Cojonudo, pensé. Unión espiritual con una luna prácticamente llena a las orillas de ese gran misterio sublime llamado Atlántico.

– En la playa man disho que se podía entrá a la fiesta prefestivá sin tené entrá niná… ¿que no? Pueh cusha ahora me vá dá la hoja de reclamasione.

Mientras esperaba a ver si entrábamos o no tenía lugar a mi lado la surrealista discusión de una autóctona con los chavales del check-in, estos negando la mayor con cara de póker, ¿era posible que la hoja de reclamaciones ya no fuera para los clientes sino para los no clientes?, ¿por qué allí a la gente les costaba entender mi acento de paleto aragonés terminando las palabras en –ico?, ¿el calor estaba produciéndome una falta de riego o era ese lugar en el fin del mundo el que me introducía poco a poco en la locura?

– Venga co, solucionadó lo de las pulsericas, el Tali éste responsable de prensa un buen mozo, sa portao el gacho y nos ha rulao unos pases provisionales. Anda quita sa cara dalelao que te doy un sopapo y tira pa dentro maño.

Entré al recinto cual veterano de Vietnam cuya cotidianidad se transforma en una pesadilla y de su boca sólo salen bramidos del lenguaje de Cthulhu. Y eso sin canutos o pastis todavía.
 

Cuarto círculo (Avaricia y Prodigalidad)

Lanzada la tienda y puesta la mesa, ese círculo de poder que hace que el resto de las tiendas orbiten en torno a ella, tocaba disfrutar de mis macarrones en gin-cola, a los que bauticé como sangre de Leviatán para justificar a mi tripa la compleja digestión que iba a tener en unos minutos. Cojonudo, en las inmediaciones no había rastro de los típicos pesados con las guitarricas, es más, no se prodigaban los tatuajes o la peña excesivamente mazada, tampoco abundaban los selfies. El lugar rezumaba una tranquilidad muy distinta de las pasarelas de moda en la que se han convertido los festivales de metal, a pesar de que los vecinos fueran de todos los colores: Unos militares de Melilla, otros pasados portando camisetas de los Bukaneros, sobre quienes todavía me queda la duda de si llegaron a ir a algún concierto o no, y hasta una rubia a lo Stacy Malibú cuya conversación con su compañera sobre el estado de las letrinas y sus hábitos intestinales guardaré para flagelarme en soledad. Nadie con un corpse paint y marcas en las venas, me lamenté amargamente.

Tras caer por enésima vez en la trampa de ilusionarme por una conversación ajena al oír hablar de Satán y referirse al seitan vegano, me agarraron y me condujeron a la fiesta de inauguración del festival. Ésta tenía lugar dentro del recinto de acampada y no en la de los escenarios, sonando una música EDM que no parecía molestar a la peña charlando tranquilamente con sus litros, algo así como una versión chic de las fiestas del barrio. La verdad es que el garito estaba bien montado, muchas barras y puestos de comida, incluso un supermercado. Mi componente burgués estaba satisfecho. Más cuando clausuramos la velada en la oscuridad de la playa, apuñalada desde arriba por cientos de estrellas y desde abajo por conversaciones sobre un futuro mejor, retrotrayéndome a ese tipo de adolescencia que nunca tuve. Eso explicaría muchas cosas.
 

Quinto círculo (Ira y Pereza)

Las ocho y pico, las nueve de la mañana a lo sumo, y ya no se podía respirar dentro de la tienda. ‘Bah, esto hoy porque voy bien de sueño, en cuanto esté más cansado dormiré aquí las horas que hagan falta’, me mentí como sólo un católico puede hacer, este viaje estaba revelando muchas facetas desconocidas de mi personalidad.

– Co loco vamos pa la playa nos echamos unas birricas y a ver si encontramos algún chiringo pa cargar los móviles que aquí el precio es una puta estafa. Que sí hostias que corre prisa porque esta noche tenemos una entrevista con el Costa y no se nos vaya a joder la grabación por falta de batería co, no jodas. Ah, y eshate crema payo que te vá ashisharrá.

‘La crema es para parguelas’, respondí furiosamente. A continuación eché un ojo a la camiseta de The Body que tenía preparada para la noche, reflexioné y me unté la cara y los brazos. Tenían que estar más blancos que el culo de Vladimir Putin si no quería ver comprometida mi palidez aristocrática. Acto seguido echamos a andar y comprendí claramente la desdicha que se avecinaba, algo atroz, apocalíptico, rajoyesco; si los conciertos comenzaban a partir de las siete de la tarde, ¿qué hacer hasta entonces? Tres opciones se abrían ante nosotros, tirarnos bajo la escasa sombra de los pocos árboles que había en la zona, moviéndonos conforme la tierra se desplazaba y el ángulo de la sombra variaba; tumbarme en la playa, acurrucado en una posición inhumana bajo la diminuta sombra que proyectaba la sombrilla o encontrar un bar en el que morir. Esta vez exploramos las dos últimas opciones.

En la playa como tal no estuvimos mucho rato, preocupados por encontrar antros que tuvieran enchufes, curiosamente escasos en estas latitudes –se los habrían llevado todos Chaves y Griñán, ¿eh?, ¿eh?, ¿lo pillas?, sí, la insolación era poderosa en mí. En los tres garitos que probamos hasta dar con nuestra fuente de energía se confirmaron dos tesis universales. La primera, que la comida de los restaurantes de los hoteles de playa es generalmente, como decirlo… una puta mierda; a pesar de que el cocinero con la cara desganada de un Ron Perlman salido directamente de Sons of Anarchy daba mucha seguridad Michelín. La segunda, la hospitalidad sureña es cierta. Ya fuera un saturado chiringuito de playa o un bar minúsculo y oscuro a la entrada de un centro comercial, únicamente transitado para ir a visitar a Nicolas Cage, pasamos del timo del primer día a sacarnos bebida y comida a saco por un precio irrisorio el último, compadreando los dueños con un norteño huraño y tosco como yo. Vale que tampoco daba una sensación demasiado seria; en bañador, con gorra y chancletas parecía un youtuber que utiliza palabras como ‘salseo’, ‘cool’ o ‘willyrex’ pero que en el fondo no es más que un secreta pasado de edad a lo Infiltrados en clase. Quizás por eso el dueño del chiringo, andaluz cincuentón repeinado y bruñido, me diese el apelativo chunguero gaditano de Eminem y no Vag Vikernes. Eso tenía un pase, pero que en un garito lleno de familias de clase media sonase a toda hostia Violadores del Verso, 50 Cent y Mobb Deep era raro, muy raro. Volvió a invadirme esa sensación de irrealidad y no era la cerveza, no, pues conforme la bebía ésta se diluía en sudor.
 

Sexto círculo (Herejía)

De vuelta al camping. Cagándome en no haber cagado antes y tener que enfrentarme a esas letrinas doraditas por el lindo sol, en las que nada más abrir la puerta podías admirar el foso séptico lleno de regalos de todos los colores y texturas gracias al variado coctel de alimentación insana, alcohol y química. Unas duchas saturadas, en algunas de las cuales si esperabas a que cayera la noche y se despejase el flujo de gente, únicamente caían hilillos de agua. Y unos grifos que serían arrancados al segundo día. Alguna mente lúcida dijo, ‘tío estamos pagando por vivir como refugiados y encima tan a gusto, como se enteren los poderosos estamos bien jodidos’. Por desgracia creo que ya están muy al tanto.

– Venga huevón que a las diez es Soziedad Alkoholika, a ver si nos da tiempo de verlos antes de entrevistar a Costa. Nada, a Julian Marley no llegamos, imposible, mira que empieza tarde el festival pero lo pongan a la hora que lo pongan hay una barrera metafísica que hace que los primeros grupos sean los padres.

Joder muy bien, dentro de lo que cabe no me esperaba un grupo así aquí. Con el ánimo henchido nos lanzamos a los interminables controles de seguridad que antes que buscar droga intentaban pillarnos el alcohol, pues es lo que les jodía el negocio de dentro. Los seguratas a las puertas de cada campings bien, estaban justificados y los chavales se lo curraban, pero aquí no engañaban a nadie las excusas acerca de la seguridad de los asistentes. Véase dos días después, durante el inicio de The Prodigy, la avalancha hizo completamente ineficaz barreras, vallas y una guardia civil con cara de pocos amigos. Tampoco estaban para controlar el tema de drogas, dentro se vivía otro verano del amor, como mucho vi pillarle a alguna jovencita algún porro ya liado y rompérselo delante de sus narices, algo que no ocurrió en el caso de pavos de barba ya cerrada, dejándoles pasar ante su cara de ‘te voy a montar un pollo que no te merece la pena’.

Ya dentro, y como en Inception o con el fallo de Matrix, por el rabillo del ojo capté uno de esos detalles que te hacen pensar que algo no va bien. Juraría que Julian Marley todavía estaba en el escenario principal. Sin pensarlo dos veces fuimos directos hacia S.A. y, joder, qué cambiados estaban. Ya está. Me había dado el cuelgue final; el calor, el gazpacho y Macaco en el horizonte me habían jodido definitivamente la vida.

– Que estos son La Trueke, van con una horilla de retraso.

Eso no lo escuché hasta minutos después, tras conducirme medio desmayado a campo abierto y palpar firmemente un litro de sangre aria. Por suerte no tardó mucho en llenarse de un rojo infierno el escenario Thunder Bitch mientras regurgitaba la melodía de Ennio Morricone para Hasta que llegó su hora. En esas hogueras me sentía más cómodo, riendo a carcajadas malévolas mientras la gente corría hacia el escenario Cruzcampo a escuchar los últimos temas de La Trueke. Pregunté por el grupo al que le tocaba actuar, 091 respondió alguien. Interesante. Hace unos meses tocaron en Zaragoza y tenía un recuerdo brumoso de que alguien que venía de otra comunidad autónoma de propio a verlos me los había recomendado. Buena puesta en escena. Buen sonido. Toques hard rock resultones, uso inteligente de la armónica… Pero sonaban a mis padres, a una época en la que todavía no había nacido y el mundo no era un lugar tan malo. En comparación con mi amado black metal eran una navaja de barrio frente a una pipa sostenida por un menor en un gueto brasileño, una Mahou ante una Ámbar, Mamoncín respecto a Sid Vicious.

Tampoco es que se estuviera mal sentado en el césped pero los grooveros vascos iban a comenzar en el otro escenario, tocaba moverse. Justo en ese instante, y sobrevolando por nuestras cabezas la ley de ese emisario del innombrable llamado Murphy, el (road) manager de Costa nos avisó de que estaban en camerinos, que nos pasáramos. Y aquí empieza otra historia que da para un artículo aparte, en donde se narran diversos avatares que involucran distintas jerarquías de seguratas, cada vez más delirantes, desde el porrero que lleva currando catorce horas seguidas al pavo que se cree que está protegiendo la vida del presidente de los States. Resumamos. Tras tirar de jeta e intentar negociar con distintos cargos de la organización no nos dejaron entrar en la última zona donde estaba el MC madrileño, separado de nosotros por tan sólo una telilla. A él tampoco le debía apetecer hacer una entrevista antes de su bolo, o quizás, su manager no se fiaba de las preguntas que les podíamos hacer unos tipos con camisetas que versaban “No One Deserves Happiness”. A saber, el caso es que acabamos quedando en que ya haríamos la entrevista por mail. Eso sí, a nadie parecía importarle los paseos de mujeres despampanantes por los alrededores, notablemente fuera de lugar. Spanish Glama.

De vuelta a la arena comenzaba el carrusel de conciertos. S.A., pues eso, qué decir, un directo pulidísimo, tirando de grandes éxitos, con un sonido absolutamente compacto y demoledor donde destacaba una batería reproduciendo los sonidos de mi cabeza tras darle la noche anterior al whisky del Día. De allí nos fuimos al concierto del Langui, una de esas personas a las que quiere incluso un misántropo como el menda, además el cabrón subió al escenario a Fyahbwoy sólo para marcarse un tema. Cómo conseguir que la organización le pague un viaje únicamente para eso es algo digno de admiración, como cuando en un Zaragoza Ciudad tiempo atrás nos estafó vendiendo camisetas. Que aprendan los traperos. Sin terminar el concierto, y debido al caos organizativo del primer día, fuimos para Costa. A estas alturas, con mi carne oliendo a una mezcla entre parrilla y azufre, ya me la sudaban los fallos en Matrix –más teniendo en cuenta que nos encontrábamos en un festival tan ecléctico–, pero que para calentar al público pusieran a Rapsusklei tenía la misma coherencia como que al día siguiente pincharan G-Funk antes de De La Soul. Oye, pero qué se sabe alguien que escucha música de gente que deja que se pudra su ropa para poder experimentar el hedor de la muerte antes de entrar al estudio de grabación. Respecto a su bolo, si bien empezó con problemas de sonido y nunca hubo un buen balance entre las voces y los platos, éste fue el primer concierto del festival en el que el respetable se lanzó a botar frenéticamente. Hecho que demuestra que el éxito del combo con Ikki no depende tanto de su perfil hip hop callejero como del componente de fiesta electrónica. Funcionó entonces a mayor escala lo que ha estado funcionando en su gira por las ciudades del Estado, esto es, Ikki soltando breakdowns y Costa como maestro de ceremonias animando el cotarro bajándose al público a repartir alcohol. Yo meneaba los pies como si me apuntasen con un revolver, claro, pero una lagrimilla recorría mi rostro al no verle con la cara pintada gritando “Alma sucia”.

– Te quejarás co, dos grupos blasfemos que tas jamao así de buena mañana.

‘Sí, sí’, respondí tímidamente. Llegaba el momento fatídico. Macaco. Y qué queréis que os diga, a la hora de escribir estas líneas sólo recuerdo oírle soltar interminables monólogos sobre la paz mundial mientras comíamos pizza en los garitos del fondo. Mecanismos defensivos del cerebro. Joder. Yo quería sufrir, ser el Sacher-Masoch de Alrumbo, pero no, una vez más no di la talla, perdiendo diez puntos en mi carnet trve. Por suerte Hamlet estaba a punto de empezar en el escenario Cruzcampo. Ya sabía lo que tenía entre manos, un directo sin fallos, con un Molly moviendo a las masas a su antojo cual Jim Jones, capaz de desplegar un amplísimo rango de voz en vivo. Sin embargo, como si el mal karma que acumulo adrede les afectara a ellos, iba a presenciar muy a mi pesar el peor concierto de los que viví durante el festival: Un frontman visiblemente molesto por el horario y la escasa afluencia, un público que no respondía en absoluto por mucho que se le provocase, una banda desconectada, dando lugar a momentos muertos y un mal sonido lleno de acoples –¿casualidad que los mayores problemas se dieran durante “Denuncio a dios”? Yo sólo diré una cosa, ‘Lionel Messi’. Fijaros cómo estaba el tema que decidimos irnos al concierto de Mojinos Escozíos, los cuales hemos visto varias veces en las fiestas del barrio sospechando que tocaban a cambio de un bocata de mortadela. Y entonces llegó la sorpresa, sí, otra más, no hay descanso en este viaje al corazón de las tinieblas. Estaba a reventar de peña toda loca cantando los temas, haciendo de éste el concierto estrella de la velada; es más, ni en Violadores del Verso vi a la gente tan entregada. La cuestión era discernir entre aquellos conscientes de la parodia y quienes se lo tomaban de otra manera. Dejando para otro momento responder a la pregunta retórica acerca del grado de sainete involuntario sobre lo que es Andalucía o España, lo que más me marcó fueron los cinco o seis tipos que teníamos al lado, de una vestimenta impoluta que desentonaba con el resto de los presentes, y con esa fealdad de quien parece compartir el mismo árbol genealógico entrecruzándose a lo largo de los siglos. Coreaban y se movían con el mismo garbo que Fraga bailaría la versión salsa del himno del PP. El paisaje lynchiano tuvo su clímax cuando hizo acto de presencia “No vales pa ná” con ese riff de Status Quo y detrás de mí un pavo totalmente entregado dijo ‘esto es de Pignoise tío’. Ya no tenía excusa, me entregué completamente a la bacanal…

– ¡POR EL CULO, OEE! ¡POR EL CULO, OEE! ¡POR EL CULO OEE! ¡POR EL CULO OE OEEE!

Apoteósico. Flotando a través del sueño de la razón de Goya y los lindos animales de Fuseli caímos en El canijo de Jerez. Mala elección eso de poner pegado un show semiacústico con el desembarco de Normandía que estaba teniendo lugar en Modestep. Sin que el resto se enterase, pasito a pasito me deslicé hacia allá hasta llegar a un páramo deshumanizado, un Hell On Earth en donde los asistentes nos convertíamos en máquinas, provocando en cada caída la ruptura de los mecanismos electrónicos del cuerpo. Música que recogía todo mi cansancio y usaba mi muerte cerebral para sacudir al esqueleto. Metalcore 2.0. El concierto más criminal del festival. Amén hermano.

De vuelta al Canijo y su aclamada despedida –aunque se oyó algún que otro comentario acerca de la idoneidad de su setlist– disfruté de uno de los pocos follones que presencié en toda mi estancia en el sur. Ansioso de más Modestep pal body me puse en medio esperando los golpes, pero como suele ser habitual este tipo de escenas no son sino coitus interruptus de Wall of Death. Reproduciré aquí el conocido proceso:

Empujones repentinos – Alejamiento preventivo cada uno en su rincón – Gritos desde la lejanía – Acercamiento manteniendo las cabezas en paralelo – Amigo pesado hermanándose con un tercero – Comida de oreja – Amago de reinicio – Calma – Aparición del amigo exaltado – Repetición azarosa de alguno de los pasos anteriores – Miradas violentas furtivas – Llegada de los seguratas.
Al menos sirvió de entretenimiento hasta que comenzó Trashtucada, grupo del que había oído varias alabanzas y que, por el nombre, pensaba que formaba parte de los Big Three californianos. Las trompetillas enfermas de ska prometían fiebre pero, acabados de nosotros, nos dolía un volumen descompensado en las filas del fondo y necesitábamos ir a pillar fuel al camping para lo que nos esperaba a última hora, fingiendo que todavía éramos jóvenes molones. Que alguna vez lo fuimos.
 

Séptimo círculo (Violencia)

A estas alturas ya habíamos comenzado a sufrir los estragos del punto más flaco del festival, una programación mejorable. Concediéndoles el empezar los conciertos a una hora relativamente tarde debido al calor, dejando que la gente no vampírica disfrutase de la playa, resultaba matador que debido a la voluntad de no solapar las diferentes propuestas musicales el público que quería disfrutar de la electrónica tuviera un parón de tres horas rumberas que sólo parecía beneficiar a los camellos de la zona, ávidos de negociar con el cansancio de los presentes. ‘Pues te jodes que este festival no es de electrónica’. Pues vale tronco, Hail Satan, pero creo que si hubiesen puesto primero a los... ‘Ei pringao, que a un festival no se va a dormir’. Ya ya, ya me callo ya, hala, otros diez puntos menos en mi carnet de trve.

Borgore fue precisamente lo que esperas de alguien así, temas muy comerciales que duran unos segundos, a la espera de ser sustituidos por otros temas famosos, donde no hay un arte de los breakdowns, siendo estos clónicos, funcionales. Lo más destacable, algún doble bombo que hacía retumbar la escasa noche remanente. Lo peor, las transiciones preparando a la peña para el subidón en lugar de ir a cuchillo. El black metal no tiene parones, que lo sepas Borgore. Zomboy apareció junto a los primeros rayos de sol y un sonido horrorcore, pintando un paraje mucho más ravero en el que los raritos nos sentíamos definitivamente más a gusto. Algún pogo con las ganas de un no-muerto, algún salto que tenía más de jotero que de hardstyle y varias zancadas rápidas hacia la tienda antes de que la luz nos derritiese.

Entre ese sprint y el levantarme de la tienda debido al ambiente irrespirable pasó algo así como menos de una hora. Aproximadamente. Eso sí, me encontré con una grata sorpresa, mis pies y tobillos, quemados por el sol del día anterior, se habían hinchado en una combinación letal con picaduras de los mosquitos/arañas que campaban por la zona. El acudir a la cruz roja y que un doctor argentino me frotase con un ungüento los pies mientras golpeaba mis orejas con su sensual acento, fue la experiencia más excitante de todo el viaje. Él se despidió de mí abroncándome por mi descuido solar a lo que yo le contesté con un ‘pero ché, creí que inflamado quería decir flameado’. Delicioso, por fin estaba experimentando el verdadero dolor. Lleno de amor hacia mis compañeros de viaje marchamos a la playa.

Soñé que había entrado en el cuerpo de un puerco, que no me era fácil salir, y que enlodaba mis cerdas en los pantanos más fangosos.

[la sombrilla salió volando a causa del viento, dejé mi lectura y corrí tras ella]

Soñé que había entrado en el cuerpo de un puerco, que no me era fácil salir, y que enlodaba mis cerdas en los pantanos más fangosos. ¿Era ello como una recompensa?

[la sombrilla salió volando a causa del viento, otra vez]
que no me era fácil salir, y que enlodaba mis cerdas en los pantanos más fangosos. ¿Era ello como una recompensa? Objeto de mis deseos: ¡no pertenecía más a la humanidad!

[sentí un alivio al recoger por enésima vez la sombrilla y comprobar que las varillas estaban dobladas y el regulador de la altura roto, la miré por unos segundos y, tranquilamente, la golpeé contra la arena y la lancé hacia el viento de Levante]
 

Sin protección y vagando de sombra en sombra, las horas pasaron lentas. Yo paladeaba un profundo sentimiento de odio hacia el universo.
 

Octavo círculo (Fraude)

Duchado y cagado la vida se veía con un prisma distinto. Tanto que me adelanté al ritmo de mis colegas, todavía en ese punto en que ni se cena ni se bebe ni todo lo contrario, y decidí acercarme a ver a De La Soul por mi cuenta y riesgo. Ya que estaba me pasé a ver cómo era el lugar destinado a prensa sin sospechar, inocente de mí, que estaba a punto de toparme con el mindfuck más jodido de todas mis vacaciones. Subido en una plataforma en un lateral del escenario Alrumbo me apoyé en la barandilla para disfrutar del concierto. Hasta ahí bien. Lo extraño fue cuando en vez de encontrarme negros neoyorkinos allí había una banda y un pavo con rastas cantando reggae. Mire a mi alrededor, intentando constatar si a nadie más le parecía raro. Una pareja hablando al fondo, una fotógrafa cargando su cámara y sentado al lado mío un tipo con gafas de intelectual concentrado en sus profundas meditaciones cartesianas.

– Oye perdona, sí, ey, sí, aquí, perdón, ¿ha habido un cambio en el programa verdad?

– No.

– Pero si este pavo… pero… yo juraría que es Alborosie… o no sé, alguien parecido…

Para entonces el intelectual ya había girado con desdén su cara, no sin antes echar un vistazo aburrido a mi pulsera de prensa, como poniendo en tela de juicio que me mereciera la acreditación. Lo que más me turbaba es que bajo todas esas capas de desprecio en su tono no había detectado sarcasmo alguno. Esa fue la gota que colmó el vaso. Perdí finalmente el contacto con la realidad, la vida me daba vueltas y por más redbulles que me echara no lograba encontrar mi línea de flotación, veía blancos con rastas recitando la misa del gallo y negros hablando como Los Moranco. Lo siguiente que sé es que me recogieron en el infravalorado Dub Corner echando espuma por la boca. O eso cuenta la leyenda.

– Co co cucha que ar finá san intercambiao Alborosie po De La Soúl ¿sabo nó maaaño?

Os juro que como me entere que el periolisto ese recibía algún tipo de sueldo por su ‘trabajo’ mientras decenas de legiones del mal no hemos visto en la vida un puto duro por escribir, en las elecciones de dentro de un par de meses voto a VOX. Avisados estáis.

Como terapia de choque para reanimarme, la siguiente hora y pico la empleamos en debatir acerca de la clásica paradoja de Zenón de Elea que dice lo siguiente, ‘¿qué preferirías, que te diese sexo oral Jordi Hurtado mientras ves un streaptease de Scarlett Johansson o viceversa?’. Discusión que en ese momento tenía mucho sentido, muy acorde por otra parte con nuestras pintas de mendigo que nos diferenciaban del resto de los asistentes, los cuales, si hace unas escasas horas eran unos tirados más ahora avanzaban con aspecto aseado, repartiendo frescor. Tras semejante momento de epifanía nos pasamos por los minutos finales de Arce y Vetusta Morla, estos últimos con la pinta de haber realizado un show digno de esas estrellas que llenan estadios. Y hablando de llena estadios, a lo largo de la velada me quité varias veces el sombrero ante Violadores del Verso, auténticos genios del mal, archivillanos que hicieron palidecer a Hannibal Lecter y al Doctor Mabuse juntos. Los marqueses de Sade del rap salieron a escena en un anticlímax, sin presentaciones ni hostias, para qué, soltando “La cúpula” a modo de advertencia ante lo que nos venía por delante: un setlist bastante trolaco con desigual atención a su discografía, poca interacción verbal con el público, cambios de bases no muy acertados, cinco minutos de un “Repartiendo arte” que pareció eterno y  un Hate algo tibio –a pesar de que fue el único artista que entre tanto mensaje abstracto de paz y unidad para lectores de la superpop se posicionó firmemente con una frase que involucraba un partido político, sus bocas y cierto componente escatológico. Para la gente de Zaragoza que ronda la treintena, teniéndolos vistos hasta en la sopa, el concierto fue algo así como una reunión navideña de la Familia Adams, con sus gruñidos y reconciliaciones en torno a lo macabro, sin embargo, para la enorme cantidad de gente que los veían por primera vez los sentimientos fueron encontrados. Al menos de acuerdo a los sondeos que hicimos al terminar el show, fiables como cualquier encuesta electoral.

Lo siguiente fue un desdoblamiento de personalidad entre De La Soul –ahora sí que sí– y Balkan Beat Box. Los primeros salieron a escena junto a sus mochilas y un sonido gordísimo que me descubrió un componente rompecuellos ausente en mis escuchas al calor del hogar. Si bien la propuesta de los neoyorkinos nos invitaba a echarnos unos litros tranquilamente, los segundos buscaban barro gracias a un frontman galardonado como el saltimbanqui por excelencia de todo Alrumbo y una música que al introducirse en terrenos dub-electrónicos-folk nos sacaban del espacio-tiempo presente para fantasear en vastos mundos. Eso sin estar moñas eh. Forever black. Lo último que recuerdo es que con tantas idas y venidas decidí pasar un momento por el campamento base antes de la tralla final.
 

Noveno círculo (Traición)

Una chirigota que combinaba la mejor acidez de Canal Sur con los más finos mensajes sobre venta de eme y hachís me despertó suavemente. El sol compadreaba en lo alto, indolente, y sin embargo sentía una clarividencia mental, como si hubiera encontrado la paz en este viaje al interior de la locura. Pero no hay paz para los malvados. Lo que realmente había sucedido es que de camino a la tienda me senté un momento en el césped a descansar y… vaya si descansé, seis horazas. El resto del día me lo pasé dando excusas de dónde había estado, fingiendo que las tres últimas horas de electrónica habían estado fetén, eso sí, muy blanditas para el menda. Y así hasta dirigirnos a Ayax y Prok y por el camino desviarnos hacia Nneka. El cielo nublado, una leve brisa, su voz, haber dormido más de dos horas… uno de los mejores conciertos del festival.

No era mi querida Chelsea Wolfe pero me valía igualmente. Una experiencia mística. Tanto que estuve volando hasta aterrizar en The Prodigy al lado de un supuesto productor musical que repartía cubatas llenos de alegría para mantenerse arriba y obligarme a bailar pues no le bastaba con mis violentos headbangings, él quería enseñarme el Valhalla. Yo le dije que éste era un viaje irreverente por la mitología cristiana pero él no me hizo caso, me encogí de hombros y bailé al estilo robot. El concierto, qué decir, una puesta en escena apabullante, una colección de descargas eléctricas sin respiro y un público entregadísimo a pesar de que su música se encuentre más cercana de Ministry o Death Grips que de Martin Garrix –supongo, igual la noche anterior había estado pinchando grindcore. Lo de la popularidad de los ingleses es algo que me sigue asombrando, su sonido industrial y tosco es propio de una época muy concreta, siendo incluso a priori más inaccesible que otras superbandas underground de los noventas como podrían ser Pantera. Poco importaba, tras todas las penurias en mi particular Hellraiser había encontrado el placer del dolor.

Quedó tiempo para una visita fugaz a Sharif a quien le había programado el horario el peor de sus enemigos. Acoplándose casi en su totalidad con el de The Prodigy al menos tuvo la certeza de que quienes vieron su show eran gente incondicional, algo de agradecer en un festival de este tipo. Lamentablemente, temas como “Apolo y Dafne” quedaron algo empañados al no tener el MC zaragozano la mejor de sus voces. Pero si existió un gran villano, el eje del mal, el trio de las Azores de Alrumbo, fue quien decidió poner a Muchachito tras The Prodigy. Y aquí sí hubo un juicio global unánime acerca del inadecuado orden en las actuaciones, pareciendo más acertado situar a un grupo más calmado entre ambas propuestas musicales. El catalán debió pensar lo mismo, dando un recital correcto aunque meramente para cumplir la papeleta. El resto de la velada o, mejor dicho, de mi velada, es decir, Kiril Djaikovski feat TK Wonder, Noisia y Stanton Warriors, fueron como una sesión continua. Para aquel entonces el césped era polvo en nuestros pulmones, los mosh pits paseos de la mano debido a nuestras quemaduras de segundo grado, los cambios de ritmo dulces arritmias cardiacas. Mientras danzaba desnudo intentaba evitar pensar en las largas horas de coche que me esperaban al día siguiente, de camino hacia el purgatorio.

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

Encuentranos en Facebook
Follow Us