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Pirineos Sur 2014

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Las revoluciones del Seat León plateado oscilaban tranquilas entre las 3.000 y las 3.500 rpm, cuando una cuestión en la que nadie había reparado hasta entonces sobrevoló los asientos delanteros: “¿Hasta qué hora se podían recoger las acreditaciones?” Nótese que está hecha en pasado, ya que a esas alturas, con la pregunta a medio formular, éramos perfectamente conscientes de que estábamos jodidos.

Nos encontrábamos a mitad de camino entre Zaragoza y Formigal, el pueblo donde se encuentra la oficina de prensa del Pirineos Sur, y llamamos por teléfono como diez veces, pero tampoco recibimos respuesta.

Está bien, este es el plan: sobrevolaremos el resto del trayecto, entraremos en el oscuro sótano del Hotel Nievesol (Formigal) tirando abajo la endeble puerta de contrachapado con un hacha (rollo Jack Nicholson), cogeremos las malditas acreditaciones y orinaremos sobre el enorme cartel que reza “CERRADO, Hijosdeputa”. O eso o vendemos la entrada de Laura, que nos acompañaba en este viaje a Kike y a mí, y entramos como mucho a la verbena, pudiendo así dar buena cuenta de los cuatro litros de calimocho que por entonces se balanceaban en el maletero.

[Lapso de 1 hora. Desesperación catatónica: no habíamos cogido el hacha.]

Entramos en el hotel tratando de parecer profesionales. Seriedad. Rigor periodístico (¿?). Aura de autosuficiencia impostada.

–Hola, somos de prensa. Venimos a por NUESTRAS acreditaciones –logramos decir, sin dejar de apretar los dientes, lanzando un par de sonrisas histriónicas.

–Los de prensa se acaban de ir, lo siento –respondió la recepcionista, que en ese momento estaba mirando en contrapicado a dos panolis que no iban a entrar gratis al festival por llegar tarde.

¿Y si era el tipo que nos habíamos cruzado en el aparcamiento? Porque os juro que al pasar a su lado se me había activado el sentido arácnido (hasta entonces no sabía que lo tenía). Sí, era él maldita sea, y se nos había escapado por dos minutos. De nada servía lamentarse, aunque cagarse en Dios nunca está de más. Ya enfilábamos el humillante camino hasta el coche, desde donde Laura nos miraba expectante con ojos perrunos, cuando en ese momento una voz con acento francés nos llamó: La de prensa acababa de llegar, trayendo consigo una inmerecida segunda oportunidad para nosotros.

–¡¡Me estáis volviendo loca, he tenido que bajar la acreditación de Carlos (nosequé) a Lanuza, ahora venís a buscarla aquí, aquí cada uno viene cuando le sale de los huevos, ahí pone abierto hasta las 19h. y son las 21h., (nosequé)!! –fin de la cita.

Bueno, era un rapapolvo justificado, no lo negaré, pero eso de Carlos nos descolocó. No tuvimos tiempo de explicarnos, porque ya se había vuelto a meter en el hotel. Salió y entró como tres veces antes de que pudiésemos decirle que no, que no éramos Carlos, que éramos de la Revista Voluntas, aunque eso pareció cabrearle aún más. Un chorrazo de vapor a presión salía de cada una de sus orejas, y su cara estaba tomando un color cada vez más cercano al rojo bermellón.

A esas alturas de tarde-noche, no solo nos veíamos sin acreditación, sino que la sombra de una buena hostia planeaba hacía un rato sobre nuestras mejillas. Y entonces llegó Él. Un ángel caído del cielo. ¡El tipo que nos habíamos cruzado por el coche, maldita sea! Bajó a toda prisa al sótano y nos entregó las acreditaciones. Soluciones, rapidez, sencillez, buen rollo.

Gracias. Gracias. Muchas gracias. Y perdón. Y gracias otra vez.

Y así fue, más o menos, como entramos en el Pirineos Sur 2014.

Wunmi empieza su meneo

De primer plato teníamos a la artista Wunmi. Música africana fácil de acompañar con movimientos locos de cadera (lo de bailar ya es otra cosa). Todo iba bien cuando, de pronto, el miedo me recorrió la espalda como una corriente eléctrica al fijarme en el peinado de Wunmi. Para ser sincero, diré que parecía construido por el mismísimo Calatrava, pero era una auténtica pasada (ver foto). Lo que me preocupaba en ese momento era que esa megaconstrucción de pelo tenía la forma perfecta para atraer a los rayos cabrones que durante aquella tarde habían descargado toda su furia sobre el Pirineo.

El tiempo había anunciado tormenta para todo el finde, y permanecer a escasos metros de la cantante nigeriana era sencillamente tentar a la muerte. El cielo ya se había despejado, vale, pero en cualquier momento podían volver las nubes y lanzar uno de esos cabrones al escenario. La gente caería al suelo desorientada y nosotros correríamos su misma suerte. La acreditación no incluía pararrayos, y además yo tampoco llevaba calcero adecuado para tormentas eléctricas.

Pero en fin, ¿qué otra cosa podíamos hacer sino quedarnos allí y bailar y cubrir el concierto? En ese momento éramos la crema de la prensa. Mercenarios, sí, pero currantes al fin y al cabo. Había que asumir el riesgo, que iba aumentando por momentos, llegando a la cúspide cuando Wunmi cruzó la pasarela que une la orilla del pantano de Lanuza con el escenario flotante y se internó entre el público. La amenaza de morir carbonizados ya era en primera persona del plural, y eso ya era demasiado.

Tuvo que venir el Señor Bailongo para relajar mi miedo al muérdago. Era un hombre mayor, de unos cincuentaitantos , y se estaba marcando un baile tan pepino que eclipsó por completo a la artista, quien bailaba a escasos dos metros de él. El cámara que había en el escenario, cuya grabación se emitía en la gran pantalla de detrás de los músicos, le dedicó un primer plano de más de medio minuto, mientras sonreía sabedor de estar recogiendo el momentazo de la noche. Hasta Wunmi se le arrimó para partirlo juntos.

Palabras que me vinieron a la mente: Guateque, discoteque.

Marinah pal público

Y así llegamos al segundo plato de la noche: Marinah, la cantante de Ojos de ‘Chanquel’. El concierto empezó con un poco de guitarra española y una nana, y recuerdo que esto nos trajo como tema de conversación la oportunidad perdida de ver el concierto de Paco de Lucía en aquel mismo escenario, un año antes. Ya sabéis, el síndrome de Michael Jackson. Hasta que no se muere no mola tanto. Reconozco que nunca he sido de pop ni de flamenco, pero la verdad es que ahora daría el huevo izquierdo por ver a cualquiera de los dos en directo.

De este último concierto no tengo mucho más que decir. Como he dicho, no me gusta casi nada el flamenco, así que todo lo que yo diga al respecto sería bastante irrelevante. Solo haré una mención especial al teclista negro que llevaba la banda: además de ser el mejor con mucha diferencia, en cada canción pasaba del teclado a la percusión o a la trompeta, manteniendo un altísimo nivel allá donde pusiese las manos. ¡Hasta cantó un tema! Artista polifacético de quitarse el sombrero.

De lo que sí entiendo más es de verbenas, y la verbena del viernes 25 en el Pirineos Sur estuvo bastante bien. Incluyó algún temazo y no demasiados truños, moviéndose entre varios estilos de música diferentes e igualmente bailables. Tampoco faltó la típica tía que va por ahí ciega y pintando con pintalabios a todo el Cristo (varón). Ni los conocidos que te encuentras como ratas y empiezan con el no menos típico rollo “tío qué haces aquí, qué deputamadre tío pillo un litro”. Y la cosa se lió.

[Faltan anotaciones a partir de este momento de la noche, más o menos]

Aquella noche dormimos en el coche, en el viejo Seat León plateado. Y la mañana del sábado empezó de forma inmejorable: Kike había dejado el CD de Pavement Crooked rain crooked rain sonando bajo toda la noche (jamás sabré cómo lo hizo para que no se le fundiese la batería del coche, quizá se la conectó en las pelotas… no sé, pero aguantó sin problema desde las 6 hasta las 11 de la mañana), y abrí los ojos cuando sonaba Strings of Nashville (instrumental). Las olas del mar batían en la canción bajo las notas de una guitarra sencilla y siniestra, y fuera del coche el pico Foratata se alzaba sobre las aguas del pantano de Lanuza como un Dios arcaico de piedra gris.

Lanuza, espectaculiere

Eso fue para mí la postal del Pirineos Sur. Un festival que año tras año consigue atraparme con la belleza del paisaje y la paz que transmite desde todos sus rincones. Un festival guay, tranquilo, de postal.

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