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Presley

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Presley. Especial Músicos de Leyenda

A principios de 1985 yo contaba con 13 años recién cumplidos. Tenía dos cintas de casete como toda posesión musical. Una de Los Chunguitos y otra de Madonna (Los Chunguitos me siguen gustando). Fue entonces cuando un vecino algo mayor que yo me presentó a Elvis Presley.

Me sentó en una silla de su habitación y me dijo: «Que sí, que sí, muy buena la Madonna, pero escucha esto». Pinchó algunos de los primeros temas que grabó Elvis para la RCA. Quedé pasmado. Aquel sonido no solo me llegaba tan actual y moderno como el de la diva de moda, sino que me pareció incomparablemente más atractivo.

Cuando me aclaró que eran canciones antiguas y que el intérprete estaba muerto, no daba crédito. ¿Cómo era posible que esas piezas de Rock que parecían haber sido grabadas la semana anterior tuvieran 30 años? ¿Cómo podía estar muerto alguien que cantaba con tanta viveza y energía? ¿Por qué se me habían negado ritmos tan sugerentes mientras me ardían las orejas de tanta Marisol y tanto Torrebruno? Desde entonces hasta ahora la voz de Elvis me ha acompañado casi diariamente.

De inmediato acribillé a preguntas a mi vecino. Me dijo que el tipo había sido grande, que lo mejor de él estaba en su primera época y que había grabado más de 700 canciones. ¡Más de 700! ¡¡Más de 700!! Quedé loco: poseído para siempre, sobrecogido por esa alegría irracional que solo se puede sentir en la adolescencia. Ninguna de mis primeras novias lograron excitarme tanto (todavía te extraño, Violeta Monje Castillo).

Me estaban esperando cientos de canciones interpretadas por aquella voz que había ganado mis entrañas desde la segunda estrofa (en la primera solo acerté a abrir la boca). Mi avidez de conocimiento elvisniano pronto me descubrió que mi vecino mentía: la mejor etapa musical de Elvis fue, de largo, la que transcurrió del año 68 hasta su muerte. Lógico y natural, los años 70’s nos ofrecen a un Artista más maduro y experimentado, con unas cuerdas vocales más robustas y musculadas por la práctica, y unos músicos incomparablemente mejores que los que le acompañaron en los 50’s.

Intentando ser lo más objetivo posible, diré que de esas más de 700 canciones al menos 200 de ellas son una castaña infumable (buena parte de ellas grabadas durante el bochorno peliculero de los 60’s). Unas 400 son correctas, estimulantes o simplemente agradables. Y unas 100 van desde lo magistral hasta lo sublime.

Al mismo tiempo que disfrutaba gozoso por ir descubriendo poco a poco la discografía de Presley, se desarrolló en mi interior una profunda melancolía que nunca me ha abandonado: jamás vería un concierto de mi artista favorito. Jamás sentiría la emoción del directo. He derramado lágrimas de plomo por eso.

Puede que sea un tontolín por ello, pero así ocurrió durante varios años, mi ritual era inamovible. Todos los días, sin excepción, me sentaba delante del televisor para ver el inicio de telediario, esperando la inminente noticia: «Elvis está vivo. Ha vuelto de la isla desierta y está en forma. Va a ofrecer una gira mundial que comenzará en Zaragoza». Mi familia se me descojonaba (menos mi madre que, como toda madre, ya empezaba a infantilizarme dándome la razón en asuntos absurdos) y yo pensaba: ¿cómo pueden estar tan ciegos? ¿Cómo va a estar muerto SuperElvis? ¿Están tontos o qué?

Desistí hacia los 16 años, coincidiendo con mis primeros polvos (las mujeres siempre devolviendo a la cruda realidad a los idioticas soñadores). Fue entonces, entre los 15 y los 16, cuando comencé a «salir». Y allí estaba yo, en los bares de rocketas, con mi tupé de papagayo, vestido de fantoche yanqui de los 60’s, trasegando toneladas de alcohol como si fuera un tipo duro y acompañado por unos amigos tres años mayores que yo. Elvis podía estar orgulloso. ¡Sí! Digo… Yeah!

Fue entonces cuando la música de Elvis, que tanta alegría y entretenimiento me había dado, tuvo que ofrecerme también alivio y consuelo. Una terrible mañana de mayo del 89 perdí mi niñez definitivamente. Toda la inocencia que puede tener ante la vida un adolescente de 16 años se derrumbó por completo al sonido de una frase: «El hermano de tu padre (28 años) ha muerto en un accidente laboral». Estaba escuchando un disco de Elvis cuando me dieron la noticia. Sonaba «For the Good Times».

Querido tío, seguimos esperando que todo haya sido un mal sueño. Seguiremos amándote. Tu acogedora presencia sigue con nosotros.

Elvis Presley se lo gozaba con la muchachada.

Más tarde, a los 18 años, llegó a mi life el amor que da fruto. Conocí a la que sería la madre de mi hija, con la que compartiría 13 años de relación sentimental. Durante todo ese tiempo, puedo asegurar que pasamos más tiempo escuchando a Presley que follando (y follábamos mucho, pero mucho). Recuerdo a mi hija con cuatro o cinco años, dando vueltas a la mesa del cuarto de estar, canturreando una canción de Elvis en un inglés muy superior al de José María Aznar. Me siento muy feliz de haber compartido tanto tiempo con una mujer maravillosa, que recientemente se ha casado con un hombre estupendo al que también quiero mucho.

Cuando llegó el momento de separarnos, me fui de casa con el alma rota y la única posesión material que tenía: una colección de discos y vídeos de Elvis Presley.

Año y medio después, con 34 años, conocí al amor que sobrecoge. Un amor tan profundo que duele solo de pensarlo. Ella tenía 21 años (34-21 = 13. Otra vez el 13) y su grupo favorito era Extremoduro. Apenas sabía de Elvis. Ese rock «alternativo» no pudo aguantar la comparación. A día de hoy, sigue gustándole Extremoduro, pero su artista predilecto es Elvis Presley. Es lo que tiene Elvis: si le das una oportunidad y LO ESCUCHAS SIN PREJUICIOS, te conquista.

Después de pasar juntos 4 años mi amor se fue, llevándose consigo el último pedazo de mi corazón. Un tiempo después recibí este mensaje: «Cuánto te he querido. Cuando escucho a Elvis se me desgarra el alma».

El caso es que, con 38 años, me encontré en la misma situación que cuando tenía 16: desesperado, perdido y confuso. Ahora tengo 40 años. No me importa reconocer que estos dos años han sido los más terribles de mi vida… Elvis y yo lo sabemos.

En fin, he disfrutado mucho escribiendo esto, emocionándome varias veces al hacerlo. Esto es lo que yo puedo contar de Elvis. Las miserias, las anécdotas truculentas sobre su vida y el carrusel de fechas y datos lo dejo para los periodistas que no tienen nada que contar.

Bueno sí, aportaré una anécdota muy poco conocida.

Cuando Elvis murió, el alcalde de Memphis dijo: «Ninguna ciudad ha querido tanto a un artista como Memphis a Elvis». Tenía razones para decirlo. En los últimos años de su vida, docenas de familias de aquella ciudad en situación desesperada acudieron a él como último recurso. Mediante carta o personándose en su casa. Estas familias pidieron auxilio a Elvis Presley, que nunca dijo que no. Después de cerciorarse de que la petición de socorro era legítima, ocurría esto: una llamadita del Rey y el padre de familia tenía un nuevo trabajo para sacar adelante a los suyos. La mañana del 17 de agosto de 1977, Vernon Presley se dirigió a la entrada de Graceland para comprobar si algún vecino se había acercado para mostrar respeto y condolencia ante el cadáver de su hijo… En la puerta estaban esperando 75.000 personas. SETENTA Y CINCO MIL.

Pues nada, aquí termina esta exposición presleriana. Me gustaría seguir escribiendo, pero tengo que encender el televisor… va a empezar el telediario. I love you ELVIS

 

Publicado originalmente en Voluntas nº15

 

 

Comentarios  

 
0 #1 Tiffany 01-02-2017 00:26
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