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¿Qué pasa con Pxxr Gvng?

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¿Pero entonces los purgan son el nuevo punk?

Sí tío, escúchate la intro de los pobres y te darás cuenta lo haré de nuevo, respeto a quien habla, no hay nada de lo que tenga que sospechar.

Creía que lo que se le criticaba al rap en castellano era su herencia punk guarra.

– Hombre claro, esto es distinto, postpunk.

– Ah… ¿No fue el postpunk un fenómeno intelectualizado cuya etiqueta musical hay que cogerla con pinzas?

– Pero es que el Yung Beef es muy inteligente eh, le da mucho al coco –no sólo valoro el criterio musical de este otro, seguramente sabe más que yo.

– Y también han salvado al hip hop…

– Además de revitalizar el movimiento Dogma 95, eh.

Más allá las férreas alabanzas a Pxxr Gvng desde distintos sectores que no suelen ponerse de acuerdo en sus opiniones, lo verdaderamente sorprendente es que se hayan convertido en todo lo que uno quiere que sean. Sin entrar en tecnicismos chungos de psicología que no controlo, vendrían a ser como una casilla vacía en la que proyectar nuestros deseos, lo que ya de por sí es digno de elogio en unos tiempos/país donde lo único que se suele proyectar son largos ríos de bilis. Aunque quizás, al menos desde el punto de vista de la crítica musical, esto simplemente se deba a las mutaciones socioeconómicas que estamos sufriendo, las cuales parecen obligar, por un lado, a mantener buenas relaciones con los diferentes focos de poder con el fin de tener las espaldas a salvo y evitar baches laborales y, por otro, ahora que ésta debe diferenciarse del intrusismo laboral de los haters que navegan la red, a valorar la novedad como criterio en sí mismo, corriendo todos a afirmar las bondades de ésta con el fin de colgarse la medalla si se convierte en un éxito –véase el caso del reciente álbum de Bring Me the Horizon, si hace unos años eran defenestrados por ese sonido tan accesible por público ajeno a la escena, aunque musicalmente fueran más que interesantes, ahora, por el contrario, se están llevando la aclamación de la prensa especializada por lo mismo que antes se llevarían palos, un giro descarado hacia el pop; sin embargo, nadie parece reparar que más allá de criterios extramusicales el disco roza lo mediocre, no porque no sea metal o porque se hayan vendido, sino porque dentro de la liga en la que se inscribe su actual música, existen ejemplos de mayor calidad, con estructuras más trabajadas y trucos más complejos, eso sí, no constituyen una novedad en su cambio de sonido, claro. En similar línea, el mismo Yung Beef comentó avispadamente en una entrevista que la siguiente moda por llegar era la de los raperos arrepentidos de sus pecados, reconvertidos a la fe cristiana, no descartando la posibilidad de adelantarse a ellos. Zanjar el tema afirmando cínicamente que estos movimientos en las tendencias que se quedan con lo superficial de un tema independientemente de su contenido son propios del capitalismo, omite una investigación más detallada de sus implicaciones, sus posos, sus ritmos, velocidades y lugares nada inocentes hacia donde apuntan.

En cualquier caso, y enlazando con la conversación inicial, es sintomático que todas las cuestiones sobre las supuestas filiaciones de Pxxr Gvng se congelen al preguntar, ‘¿entonces Miley Cyrus qué es?’. Aparte de visualizar la incapacidad o la indiferencia por parte de la intelligentsia de trazar una reflexión en condiciones sobre los límites y divergencias de la cultura popular más allá de repetir clichés institucionalizados, lo que nos importa ahora es la visibilización de ciertas luchas que se están llevando a cabo en una mentalidad estatal que choca contra los modelos de producción exportados por Estados Unidos, para el cual no tiene sentido las diferencias entre lo meramente espectacular, y por ello prefabricado, y lo real; entre la excentricidad de los ricos y la subversión de los pobres… divisiones unidas por el dólar.

Y en mitad de este embolado se encuentra Pxxr Gvng. No nos llevemos a engaño, sus proclamas acerca de romper con un rap patrio que no les representa, introduciendo sonidos club inéditos por estas tierras, es algo que ya hemos oído cientos de veces. Ya no sólo con los recientemente revalorados Gp Boyz; si recordáis, hace no tanto irrumpieron nuevos sonidos alrededor de la capital que iban desde Primer Dan a Yako Muñoz y Madrid Pimpso todos esos artistas abanderados por Dj Jooz en su programa ‘Soulsation Radio Show’. Si bien no llegaron a dar el salto al gran público, fueron el reflejo de unas restructuraciones, coincidentes con el comienzo de la crisis mundial, que trascendían la mera calle. Por el contrario, los que sí que se consagraron definitivamente desde distintos espectros del sonido negro fueron Timbaland y J Dilla, (re)introduciendo la electrónica en el rap junto con el asentimiento de un Reggaeton en aquella época casi vanguardista –si es que esto significa algo–, provisto de unas producciones y una frescura que no han sido repetidas dentro de su género.

Oasis que, en un desierto poblado de rancio pop rock español allá donde fueras, terminó en espejismo. Visto retrospectivamente, me escuece el ano, la boca, los oídos y cualquier cavidad donde nos la metieron doblada unas cuantas veces, con retintín encima. Ahora pongas una emisora de sonidos dance o una destinada al público masivo, vayas a un bar del centro o a un after,te vas a encontrar con un alto grado de probabilidad un tema de esos de R&B electrónicosimplones. ¿Casualidad? Más bien ejemplo de la penetración del mercado yanqui en nuestras fronteras como resultado de su renovada actitud beligerante fruto del régimen post-11S, auténtica bendición para sus grandes empresarios que llevaban años criticando las cortapisas que las naciones europeas les ponían a la hora de lucrarse sin escrúpulos –de la misma manera, se debería leer todo este artículo con la cuestión del TTIP sobrevolando de fondo.

Pero no saquéis los puñales todavía que no estoy diciendo que Steve Lean sea miembro del Club Bilderberg, esta digresión sirve para echar luz a cómo puede ser que un mismo discurso que habla de ruptura con lo establecido y posee una estética de gueto americano, que hasta el momento no había calado, ahora lo haga entre el gran público de una manera relativamente fácil y rápida. También es cierto que entre los distintos factores que han hecho esto posible, uno de los principales tiene que ver directamente con el paupérrimo estado del Hip Hop patrio. La ausencia de una corriente con la suficiente fuerza para frenar la aceptación de otros sonidos permite que entre con más ruido cualquier novedad; a mayor vacío más eco, si no hay nadie en el trono es muy sencillo tomarlo.

Obviamente, sería injusto quedarnos en esta apreciación, como si la culpa se debiese simplemente a una incapacidad de renovar la tradición –ya se han citado algunos ejemplos de gente que estaban apostado por sonidos diferentes– o debido a un público analfabeto –recurso fácil y agradecido. Con la irrupción del mercado estadounidense en la radio y en los bares y, sobre todo, con la llegada de un Internet rápido y asequible, la facilidad que de repente tuvimos para acceder a los sonidos más perfeccionados de la industria más potente del planeta provocó en gran medida que simplemente no necesitásemos volver la mirada hacia lo que se hacía aquí, para qué, si ya teníamos lo mejor. Para quienes se sienten más a gusto criticando la falta de genio individual que intentando comprender los procesos socioeconómicos o, en latín, para quien crea que ésta es una hipótesis descabellada, le recomiendo que eche un ojo a la historia del cine y a lo que ha sucedido en repetidas ocasiones cuando un mercado nacional ha cedido ante Hollywood –si durante el siglo pasado se aprovechó de la guerra, éste ha aprendido de las crisis y, como diría Naomi Klein, del shock. Además, con esta referencia en mente nos podemos replantear si realmente la música estadounidense es mejor o simplemente estamos acostumbrados a sus convenciones al estar continuamente sometidos a su influjo –¿acaso es mejor una película de Spielberg que una de Eisenstein o Godard? Apelar al gusto personal no elude esta cuestión; lo dice alguien que, a ojo de buen cubero, el 80% de la música que escucha es anglosajona (dato inventado).

Sea como fuere, y retomando la cuestión del famélico panorama de los últimos años, me atrevería a decir que desde hace un tiempo gran parte de los raperos ya no escuchan rap o, al menos, no lo aparentan. Frente al mítico heavy de barrio que camina impertérrito con su camiseta de los Iron Maiden mientras desde la otra acera unos chavales le miran con desaprobación, piratas y calcetines altos o con el pelo planchado y dilataciones o quizás rapados y llenos de tatuajes desperdigados, el Hip Hop, como cultura urbana en evolución que se respiraba, pongamos, en el primer Zaragoza Ciudad, está desaparecido del mapa; en los conciertos que voy observo cómo, salvo honrosas excepciones o disfraces para la ocasión, nos hemos refugiado en otro tipo de propuestas, del reggae viñarockero o los guateques Soul cuando peinan canas, al punk más ravero, el chandalero de parque o en mi caso –uno de los últimos en vestir ropa ancha en el barrio con mayor inmigración de la ciudad, lo cual no ha sido sinónimo de resistencia, acaso todo lo contrario–, el metal más garrulo.

Y esto no sucede solamente con el público, también es el caso de los mismos músicos. Hace ya varios años en una desaparecida revista del gremio se hacían eco del hecho de que Toscano no vistiera como un rapero; hoy en día la noticia sería que lo hiciese. Suite Soprano, S Curro, C Tangana, H Roto… pero también Jarfaiter,El Coleta oEskejes Herejes, por citar otras aproximaciones. Ninguno de ellos tiene mucho que ver con ese rap canónico contra el que todo el mundo parece tirar pero que nadie sabe muy bien si realmente existe. En este sentido, las críticas y las negativas de los pobres a colaborar con ningún ‘rapero español’ son muy espectaculares pero no llegan a pinchar en hueso, pues como tal ya no existe semejante etiqueta; tenemos un corpúsculo que forma del establishment del citado pop rock –hecho que no significa que sean ricos sino que o bien se han apoltronado o se les inserta dentro de un panorama musical mayor, ajeno a la cultura urbana que dicen formar parte–, un panorama underground o, si se prefiere, cvlt, ahora que el anterior término está mal visto, al cual se la suda y mucho lo que suceda en los medios de comunicación y quizás un puñado en un punto intermedio, que bastante tienen con sobrevivir como para aguantar tontadas.

Podréis pensar que estoy reduciendo todo un fenómeno complejo a la mera estética y que, para eso, mejor me dedique a escribir mierda frívola en Vogue. Bueno, allí no aceptan mis artículos, además, esta superficialidad funciona como síntoma que marca el estado de salud del género. El factor estético es un elemento clave a la hora de llamar la atención y captar gente, crear movimientos, y eso los poor lo saben a la perfección –contar con una estética reconocible y un enemigo borroso es algo que históricamente ha sido muy útil, sobran los ejemplos. Es más, si nos fijamos en las escasas novedades que han conseguido asomar la cabeza en los últimos años, sirviendo a modo de fluffers de una escena impotente a partir de la mencionada invasión americana –sin llegar a un boom que iguale éxitos de emcees con más solera–, muchos de ellos se arremolinan alrededor de la marca de ropa Grimey –la cual apareció precisamente en el 2006; compañía que no sólo no ha naufragado en estos años de brotes verdes y niñas de presidentessino que dio el salto a sello discográfico en el 2014.

De hecho, durante los últimos años me ha sorprendido la gran cantidad de chicas adolescentes vistiendo Grimey, siendo incluso mayoría. La sorpresa no proviene de una apreciación sexista o juicio de valor, más tiene de carcajada en la cara de muchos machitos y, al mismo tiempo, de sensor de los movimientos sísmicos que se producen socialmente. Ellas contribuyeron a mantener a flote un Hip Hop estatal que ha sufrido mutaciones importantes en los gustos letrísticos, incrementándose el número de temas que hacen referencia al sexo y los desamores de una manera cruda, no exenta de cierta melancolía que lo separan de corrientes de pensamiento mucho más materialistas, acercándose de esta manera a algo así como un romanticismo sucio. Como si en Costa o Waor, por nombrar un par de los más populares y malhablados, se dieran la mano Henry Miller y Stendhal –y esto lo digo por tirarme una referencia modo culto o hípster o qué sé yo. No me atreveré a afirmar que precisamente haya sido el público de genitalidad XX –por no mentar al género femenino, denominación equívoca en tanto conozco mujeres mucho más viriles que yo y cientos de combinaciones más entre géneros, sexos y sexualidades– el principal valedor de estas temáticas que muchos y muchas moralistas han atacado, pero sería un punto interesante a investigar y reflexionar.

Claro, lo estarás pensando hace rato, ‘macho, todo esto te lo estás sacando de la manga, no son más que conjeturas y opiniones personales’. Por supuesto, estas apreciaciones se basan en lo que llevo tiempo observando pero que pueden, y deben, ser criticadas. Iré más lejos; estoy hablando desde la perspectiva de alguien que vive en Zaragoza, con su legado hardcore, sus fiestas club Face Down Ass Up, sus marcas en las personalidades… y sobre todo su configuración espacial. De manera análoga a los estudios de los urbanistas sociales que han recalcado el hecho de que los mal afamados projects no fracasaron en sí mismos sino al ser asociados a los barrios marginales, gozando de buena salud cuando en los mismos bloques vivían desde el médico reputado, al obrero y el inmigrante –Berlín o Moscú contra París y Chicago–, las ciudades actuales y sus relaciones con la inmigración y la pobreza varían de acuerdo a cómo se plantean. Zaragoza, a pesar de ser una de las poblaciones con mayor número de habitantes del país, siempre se ha dicho que tiene cierta mentalidad pueblerina, afirmación que se debe en parte a que esta ciudad es, dentro de lo que cabe, una ciudad compacta que no se ha expandido tanto como sus vecinas, creciendo de puertas hacia dentro. Por si sola esta estrategia no evita los problemas y las desigualdades sociales pero obliga a mezclarse y convivir –o, al menos, a verse– distintos estratos y corporalidades.

Coyuntura que dificulta la comprensión de la experiencia de los guetos del extrarradio de las grandes metrópolis, así como la interpretación de manera global y unificadora del concierto de Pxxr Gvng al que fui en Mayo –cuando ya estaba en boca de todos que iban al Sónar. El que a allí acudiera gente tuneada de clase media-alta y, sobre todo, el equivalente generacional de mis colegas y yo de clase media-baja –ahora mucho más empobrecida–, contrasta con la prácticamente inexistencia de público inmigrante –o hijo de. ¿No les interesa ese sonido?, ¿no se enteraron?, ¿no van a pagar por ello? O quizás tenga que ver con el hecho de que se situara dentro de un prometedor formato de fiesta que, bajo el precio del éxito, se ha convertido en un referente del nuevo pop blanco que a través del sonido aglutinador del EDM y de una estética y unos cánones de belleza imperialistas que pretenden servir tanto para el metal, el hip hop o lo alternativo, expulsa a todos aquellos que no encajan con sus requisitos.

Sin poder hablar sobre las razones de los ausentes, cabría entonces preguntarse por el status que los pobres ostentaban dentro de los asistentes al concierto. Alguien ajeno a toda esta historia podría pensar que era una broma: Sobre el escenario se arrastraban unos tipos perjudicadísimos, mirando al móvil u olvidándose de su frases, tanto daba, pues el tema sonaba con voces enlatadas y ellos sólo añadían berreos por el micro, unas veces a ritmo de Trap, otras de Reggaeton e incluso de 4x4 –porque sí, ellos también lo tienen. Sin embargo el respetable, completamente entregado, no se lo tomaba a broma, alejándonos del terreno en que se mueve Lory Money, el cual, con unas producciones, la calle y un fluir que ya lo querrían la mayoría de los músicos, no se queda en una caricatura del rapero que, como toda parodia gruesa, no es especialmente divertida, sino que invierte esa dinámica y acaba burlándose de quien intenta hacerle mofa; véase la famosa cadena de restaurantes low-cost que, queriendo hacer la gracia, acabó con Lory riéndose de ellos y nosotros con él –verle soltar el susodicho tema a modo de bis en un concierto medio-en-playback-medio-no, fue impagable, surrealista y tuvo más de resignificación situacionista que de nuevo límite del mundo publicitario.

Pero si los purgan se ríen y se aprovechan del sistema no parece que lo hagan desde estas coordenadas o, al menos, los que los escuchan no parecen entenderlo así. De nuevo, habrá quienes zanjen el debate sobre la clave de su éxito alegando que son mera moda; algo de razón tienen, desde hace un tiempo veíamos venir que tras el auge del patrón Dubstep/Djent ahora le tocaba al Trap como sonido unificador pop –como en breves sucederá con la estructura Black. Pero considerando lo dicho hasta el momento, desde este punto de vista no hay ninguna razón para aupar a un grupo así teniendo a mano la música de procedencia yanqui. Las letras en castellano, importantes en la representatividad, tampoco son fundamentales en este caso, pues este sonido tiene más de la tradición expresiva del Blues y sus hollers que del ingenio en los punchlines y juegos de palabras propios de la costa este. Además, al escupir su realidad la banda no se ha quedado dentro de los circuitos locales de Madrid o Barcelona, como tantos otros grupos anteriores, sino que por mucho que el resto de las ciudades sean distintas hay algo que ha podido conectar con la mayoría. ¿El qué?

Ellos dicen que por primera vez los pobres tienen una voz con la que expresarse, la triste realidad es que siempre han tenido canales, otra cosa es que esa mayoría tuviera interés en escucharles. Ahora, con el triunfo del neoliberalismo –también denominado ‘crisis’, estrategia que le da un matiz pasajero con el fin de desactivar las defensas, esperando que se arregle por si sola– parece que algo ha cambiado; no significa que la mayoría de la población viva tal cual lo describe el mundo de los pobres, pero sí han aumentado el número de puentes entre las vidas solventes y las marginadas –lo que se ha venido llamando cuerpos precarios. Y aquí es donde se inscribe la importancia de Pxxr Gvng como detector de ruptura de fallas y edificios derrumbados, articulando una doble dimensión sobreimpresa y llena de claroscuros.

Por un lado, la banda se emplaza en un territorio más cercano al clásico Gangsta Rap que al Trap tal como aparece ‘en el club’, pues explicita lo desagradable antes que la fiesta. Y eso desagradable no es otra cosa que nuestros cuerpos renqueantes en unas ciudades marca en la que molestamos de cara al turismo –en Zaragoza, gran parte de los comentarios sobre el asentamiento de gitanos rumanos que hubo hasta hace poco en frente de la estación de las Delicias, no se dirigían hacia la denuncia de las condiciones en las que estos vivían o, en su reverso, la proclama de discursos racistas partiendo de esa piel de cordero llamada ‘crítica a la multiculturalidad’; nada de eso, la preocupación era mucho más racional, alegando que esta sobre-exposición de lo repelente era una mala carta de presentación para la ciudad, como también lo era el hecho de que residieran en los albergues del interior de la ciudad. Sin embargo, esta dilatación de la lógica cristiana del ‘qué pensarán mi vecinos’ convertida en negocio ya no se presenta como deseo de (re)conversión sino, más acorde con los tiempos de lo instantáneo, con el de desaparición, desvanecimiento. Pensamiento que una vez instaurado en la colectividad comienza con el juego de lo extrapolable hacia otros sectores de la población. De ahí la sensación de desasosiego, más que de amenaza, que representan los pobres a nivel estético en su elogio de la fealdad frente a los cuerpos de gimnasio, de los dientes maltratados que no quieren blanqueadores y los tatuajes cutres y erráticos en contraposición a las piezas gigantes y clónicas que se hacen de una tacada.

Pero también se inscriben en otro nivel económico más explícito. Si hace unos años la clase media hablaba del hastío y el rechazo a trabajar tantas horas para comprar cosas que no necesitaban, ahora eso de currar es un epifenómeno. La incapacidad de acceder a aquello denominado ‘vida laboral’ convierte la otra vida en un paseo por el barrio bajo una adolescencia eterna. Y esto encaja tanto para quienes fueron estudiantes de última fila como para los de la primera –excepción hecha para la gente con contactos, que a veces a modo de chiste se denominan emprendedores, y mentes privilegiadas, sobre todo a la hora de saber elegir aquellos conocimientos demandados por los países norteños. Ésta puede ser una de las razones por las que hoy llaman tanto la atención chavales como estos, más allá de un sonido que ya teníamos por otros medios, de unas existencias magulladas que ya existían antes; da un poco igual que seas universitario o ni-ni –injustamente perseguidos, siendo probablemente los más avispados y resistentes a las mentiras de los saca-cuartos y demás sanguijuelas–, el futuro, el presente por tanto, es similar.

En este contexto los pobres son un ejemplo privilegiado, pero hay muchos más. Si triunfó tanto una serie como Breaking Bad, narrativa y estructuralmente deficiente en comparación con otros ejemplos contemporáneos, se debió, además de por su buen ojo en la introducción del humor y la capacidad para crear iconos, tanto a la fantasía del hombre blanco medio por formar parte del juego prohibido de las minorías como al hecho de que, de alguna manera, ya se encuentra dentro de éste. Claro, de la misma manera que las andanzas de Walter White y compañía no impugnan la dinámica capitalista y, lejos de buscar una crítica social se agarra a lo familiar, algo paralelo puede suceder con la nueva ola de rap estatal. Por eso hay que poner siempre entre paréntesis las afirmaciones acerca de la representatividad de un determinado fenómeno. Ésta no se reduce a las relaciones especulares entre distintos conjuntos o a la activación de conductos antes obturados por donde el deseo puede finalmente fluir de un lado a otro. La representación se crea, es producida por diferentes agentes no siempre inocentes.

Es pertinente la sospecha cuando la gigante Sony, y no cualquier marca de ropa relativamente marginal, les llama a la puerta. ‘Tu coño es mi droga’, sueltan los chavales burlaos al volver de fiesta en el bus que me lleva a casa tras salir de currar un fin de semana las 7 y pico de la mañana en un trabajo precario a media jornada que nada tiene que ver con mis estudios. ¿Nos hemos vuelto locos ante este elogio de tolerancia por parte de las multinacionales?, ¿nadie se escandaliza? De la misma manera que los community managers son unos cachondos en las redes sociales y los viejos partidos políticos fichan caras jóvenes, Alaska invita a Pxxr Gvng a un programa televisivo como si de tiempos de la movida se tratasen. Pero eso ha acabado, y –que me perdone Itziar Ziga por esto–, por mucho que la cantante haya luchado en favor de las minorías sexuales, algo a ser alabado, después de algún toquecito recibido por sus salidas de tono, en su faceta mediática encuentro una sierva del régimen del 78 que intenta mantener su alto ritmo de vida. Un ejemplo más del pop como arma para convertir en extravagante, pintoresco, tolerable, apaciguado, aquello con riesgo de escaparse del status quo –resulta no-tan-curioso la resignificación que está sufriendo Harmony Korine, teórico director de cabecera de Yung Beef, por parte del mundo pop tras su malinterpretada Spring Breakers, apropiándose como literal una gamberrada en la que el director buscaba la transgresión en el terreno de lo estético, y no de lo moral, al imitar el gesto de las vanguardias del siglo pasado e intentar hacernos creer que un capítulo comercial de Disney puede ser considerado como algo más.

Ecos de Saturday Night Fever aparte, no parece que de la noche a la mañana nos hayamos vuelto unos demócratas ejemplares, por mucho que la ley mordaza nos obligue a afirmarlo, o si no, ¿por qué no sólo se permite sino que se aúpa este tipo de conducta pero son inmediatamente perseguidas otras manifestaciones musicales?, ¿por qué Pablo Hasél va a la cárcel y recibe un linchamiento mediático?, ¿por qué se cancelan conciertos de S.A. y se usa el fantasma del terrorismo para intentar prohibir un concierto Anti-OTAN utilizando como cabeza de turco a un grupo comoBerri Txarrak simplemente por cantar en euskera? Sin necesidad de ser conspiranóicos y hablar de caballos de Troya, como poco cabe la sospecha de que las reestructuraciones capitalistas se sienten muy cómodas con estos fenómenos propiciados por una condiciones de vida causadas por ellas mismas. Hace un tiempo, un sociólogo conservador sostenía que el declive de la clase media blanca estadounidense se debía a su deseo por devenir negro, con sus tibios valores morales, abandonando el espíritu protestante y trabajador. La poca demanda de mano de obra y el empobrecimiento de sus condiciones requiere invertir el orden causal, convirtiendo la raíz económica en decisión individual. No hay ningún problema en transigir e incluso difundir un sistema basado en guetos donde poder encerrar y controlar al excedente de mano de obra innecesaria. Por supuesto, esto no termina con la explotación capitalista sino que la transforma. Ahora se pasa del modo de producción de la fábrica, basado en la granja, al de la caza; además del filón de los realitys y demás productos sensacionalistas, se deja hacer a quienes viven en la jungla hasta que se observa algo de valor en ella, entonces se captura sin necesidad de haber realizado una inversión previa; táctica mucho más rentable que la fallida institución educativa.

Esta suerte de anarcoliberalismo –el sueño húmedo yanqui, por otra parte– mantiene las bases del american dream y, como todo orden social, plantea oportunidades, resistencias e incluso beneficios; a priori, el estar libre en el barrio, pudiendo abastecerte de los restos producidos por el sistema capitalista y teniendo acceso a toda la cultura a través de Internet es mejor que pegarse toda la vida esclavizado en una fábrica. Como contrapunto, además de las clásicas críticas desde el estado de bienestar acerca de la falta de un sistema sanitario y otros derechos básicos, existe un sentimiento de abandono acrecentado por el acceso constante a lo que sucede en el mundo real del que uno no forma parte, y en el cual no será aceptado más que, acaso, como freak –vuelta, ahora sí, a los problemas que le interesaban al Korine trash y no pop, a Gus Van Sant, a Larry Clark y a tantos otros que ya lo venían intuyendo. De ahí que uno de los cambios principales respecto de los movimientos vanguardistas de agitación y escándalo es que ya no exista tal revuelo. Pero esto no se debe meramente a la tan recurrente asimilación capitalista que permite explicar la desactivación de todo fenómeno novedoso, por el contrario, que las grandes corporaciones fichen y promocionen a determinada incorreción política –en la época de lo extremadamente correcto– sin necesidad de un más o menos alargado proceso de digestión se debe, entre otras razones, al hecho de que se ha roto esa hipotética igualdad que existía entre los diferentes miembros de una sociedad. Aunque entre unos y otros nos mirásemos con asco y desconfianza, existía cierta transitividad o espacios comunes –ya fueran tangibles o imaginarios. En el modelo Pxxr Gvng, todo aquello dejado de lado no es considerado como algo humano y por lo tanto, se le permite cualquier expresión indecente dentro de su zoo particular –en este sentido, la referencia a la negritud es paradigmática, recordándonos los tiempos en los que en el cine se podía exhibir cuerpos negros desnudos pero no blancos; no hace falta que os diga por qué.

Independientemente de los logros y los méritos de los purgan, y dejando de lado a aquellos plumillas que se masturban hablando de salvación, de héroes y salvapatrias, lo que está en juego aquí es una batalla cultural, política y deseante que involucra numerosos actores. Ahí radica parte de su éxito, en esa incertidumbre que permite englobar tanto a quienes de alguna manera se sienten representados por su música, ya sea porque comparten vivencias, reaccionan a lo antiguo o les une cierto horizonte de futuro; aquellos que pueden escucharlos precisamente porque no se sienten en absoluto representados; quienes no aceptan que la resistencia al neoliberalismo pase por los antiguos y repulsivos modelos del bienestar; también los que ven una oportunidad para sacar tajada o una buena forma de introducir mediante el deseo aquello que no entra con sangre; o simplemente aquellos que desean que les dejen en paz y no les taladren con soplapolleces como ésta.

Conviene entonces estar alerta de quien termina apropiándose de este movimiento para que lo que puede ser una oportunidad, otra más, no acabe con nosotros de rodillas y votando a Ciudadanos.

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